Cuadernillo Teóricos

 

 

 

 

 

 

Cuadernillo para Teóricos :

El análisis narratológico

 

La narración de ficción construye un modelo análogo del universo real, esto permite, como en todos los modelos, conocer la estructura

y los procesos internos de la realidad y manipularla cognitivamente.

 

 

 

 

 

 

 

“El cuento, como el poema, representa una experiencia única e irrepetible. El escritor de cuentos contemporáneos no narra sólo el placer de encadenar hechos de una manera más o menos casual, sino para revelar qué hay detrás de ellos; lo significativo no es lo que sucede, sino la manera de sentir, pensar, vivir esos hechos, es decir, su interpretación. El narrador de cuentos está en posesión de una clase de verdad que cobra forma significativa y estética a través de lo narrado. Mientras la novela transcurre en el tiempo, el cuento profundiza en él, o lo inmoviliza, lo suspende para penetrarlo. La función de un relato es agotar, por intensidad, una situación. La de la novela, desarrollar varias situaciones que, al yuxtaponerse, provocan la ilusión del tiempo sucesivo.

                        Horacio Quiroga,  “La retórica del cuento“

 

 

“ (…)  la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que en una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.  Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento.

Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa “apertura” a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

                “ (…) Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chéjov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada. Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema.”

 

“ (…) A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros”. 

 

“ (…)  ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más basta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él

un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.”

 

“ (…) Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbalmente y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. 

 

                                                                            Julio, Cortázar, Algunos aspectos del cuento

 

 

* Leer en la página de la materia el texto: La metamorfosis del cuento de Cristina Peri Rossi.

                                                                             

 

 

 

Indice

 

I- Material Teórico

* Sobre Teoría y Narración: Teoría narrativa, A. Pimentel

* Sobre Historia:

“R. Barthes y el análisis del relato literario”, Rafael Nuñez Ramos

Análisis estructural del relato, R. Barthes  ( en la página de la materia)

 

* Sobre el análisis del relato desde la narratología:

“Cómo se analiza una novela”, I y II , Carolina Molina Fernández   ( en la página)

La escritura y la voz en la narración literaria, María Isabel Filinich

 

      II Cuentos

 

Berlin, L., Bonetes azules

Borges, J.L., El etnógrafo

El sur

La forma de la espada

Carver, R., Tres rosas amarillas

Chejov, El billete de lotería

Chejov, Una bromita

Dagerman, S.,  Matar un niño

García Márquez, La siesta del martes

Hemingway, E., El fin de algo

Joyce, J., Evelyn

O´Connor, Flannery, El geranio

Keegan, C., Hombres y mujeres  

Keegan, C., Nombre raro para un niño

Poissant , D., Lo que quiere el lobo

                        El hombre lagarto

                        El cielo de los animales

(todos estos en fotocopia)

Quiroga H. ,  La gallina degollada

Salinger. J.D., Un día perfecto para el pez banana

 

 

 

 

Material Teórico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La escritura y la voz en la narración literaria María Isabel Filinich

 

Como todo ejercicio de discurso, el relato literario está sostenido por una voz, un sujeto de la enunciación, cuya perspectiva configura la historia y, a la vez, modela una instancia equivalente en posición de oyente de su voz a la cual el sujeto dirige la narración.

El análisis de la representación de la situación comunicativa en el relato literario, cuyos interlocutores son narrador y narratario (Genette, 1972), remite, como toda situación ficcional de enunciación, al proceso «real» de enunciación cuyos realizadores son autor y lector.116

—204→

Este doble proceso de enunciación hace necesario distinguir las figuras implicadas en cada situación comunicativa.

Comencemos por el proceso real de enunciación, aquél que pone en escena a autor y lector.

 

  1. La enunciación literaria: autor y lector

La enunciación literaria comporta ciertas características que la distancian tanto de las enunciaciones coloquiales como de otras situaciones comunicativas escritas. Una de tales características, la más general, es que se trata de una enunciación en la cual no hay, estrictamente hablando, comunicación. Autor y lector no se comunican mediante el texto literario, la relación es más compleja y mediatizada. Martínez Bonati (1972), refiriéndose al carácter específico de las frases imaginarias que conforman la obra literaria, afirma que el autor no se comunica por medio del lenguaje, sino que nos comunica lenguaje. La relación del autor con su obra es diversa de la relación del hablante con sus frases: la obra no expresa al autor.

¿Cuál es, entonces, la relación del autor con la obra y con el lector? Evidentemente el autor es responsable del conjunto de la obra, y cada elección, temática y formal, cada decisión, sobre el destino de los personajes, sobre el curso de los acontecimientos, sobre la disposición gráfica de lo escrito, cada innovación o aceptación de las convenciones literarias, incluso cada giro expresivo, cada palabra, son atribuibles, en tanto manifestaciones de la escritura literaria, al autor. El autor, diríamos, no se expresa en la obra en tanto subjetividad, sino que se manifiesta en tanto escritor.

Aquello que hace de una individualidad polifacética algo específico como es ser, entre otras cosas, un autor, sólo puede ser la obra que se le atribuye, y lo que es pertinente asociar a un nombre propio de   —205→   autor se sustenta en el conjunto de rasgos de su escritura (Foucault, 1984).

En este sentido, la noción de autor no designa algo que va del interior del discurso al exterior de quien lo produce, pero tampoco se consuma en el interior de una obra. El autor es al mismo tiempo una exterioridad y una interioridad, se sitúa en la intersección entre hombre y obra, constituyéndose, autor y obra, de manera recíproca. Concebimos al autor, entonces, como una función, como una articulación entre dos términos (hombre-obra) que posibilita la emergencia de un tercero (autor).

La obra, sabemos, constituye un universo dotado de autonomía, un mundo con sus leyes propias, del cual quedan excluidos autor y lector, quienes no pueden interferir en el curso de los sucesos que configuran la obra. Esto no quiere decir, sin embargo, que la obra no presente manifestaciones de uno y otro. ¿De qué manera puede manifestarse el autor en la obra? ¿Cuáles son las posibilidades de hacer aparecer su figura en el universo creado?

Las manifestaciones del autor en la obra pueden ser de diversa naturaleza, ya sea que se trate de una manifestación explícita, implícita oficcionalizada.

Entendemos por manifestación explícita toda intervención mediante la cual el autor habla en su propio nombre, en tanto creador de un universo de ficción que reflexiona acerca del mismo. Diremos que son manifestaciones explícitas las dedicatorias, los prólogos, las notas al texto, los comentarios insertos en la obra que aluden a ésta como mundo ficcional, con un estatuto de existencia diferente a aquél en que vive su creador y que se refieren a los personajes como entes de ficción no como entidades reales.

Así por ejemplo, al abrir las páginas de la vigésima edición de El mundo es ancho y ajeno (Alegría, 1968 [1961]), encontramos un prólogo en el cual se vierten frases tales como:

La intención de llevar el indio a la novela, pese a las obras que ya tenía publicadas, me hacía confrontar dos problemas difíciles. El primero: mostrar el espíritu indígena, lo que implicaba un tratamiento novelístico de personajes. El segundo, según el tema que me había propuesto: presentar a un pueblo entero sin que se debilitaran los personajes.

Es claro que estas frases, en tanto enunciados metatextuales referidos al proceso de creación de la novela, no pueden sino ser proferidas  —206→   por el propio autor, quien hace explícitas sus intenciones y preocupaciones a la hora de bosquejar un relato literario. El autor, en este tipo de textos, habla de su propio quehacer, reflexiona sobre su práctica.

La segunda forma de manifestación del autor en la obra es la que hemos llamado manifestación implícita, adaptando el concepto de «autor implícito» de Booth (1983: 70 y ss.). Entendemos por manifestación implícita el conjunto de rasgos de la escritura, presentes en la configuración general de todos los textos: las elecciones estilísticas,117 el destino de los personajes, la disposición gráfica (las marcas de finalización y comienzo de capítulos, encabezados, numeración de partes, títulos, puntuación), las convenciones del género, en fin, todo aquello que dé cuenta de las estrategias de composición de la obra constituyen el autor implícito.

Este conjunto de rasgos de autor interiorizados en la obra, esta versión de sí que el autor ofrece, varía de una a otra obra dependiendo del propósito y necesidades específicas de cada obra. Booth se refiere a las diversas versiones del autor implícito como las «diferentes combinaciones ideales de normas» (1983: 71).

Una tercera forma de representación del autor es la que hemos denominado manifestación ficcionalizada. El autor puede introducirse en el universo por él creado a condición de asumir el mismo estatuto de existencia que los demás entes que pueblan ese universo. Así, el autor puedeficcionalizarse como narrador, como personaje o como narratario. Al asumir alguno de estos papeles podrá realizar las acciones propias de cada entidad ficcional: narrar (si se representa como narrador), dialogar con los demás personajes y efectuar otras acciones propias de su papel en tanto personaje-autor (si se ficcionaliza como personaje), o escuchar la historia que un narrador le cuenta (si se presenta como narratario).

Estas apariciones del nombre propio del autor atribuido a un narrador, a un personaje o a un narratario, no pueden confundirse ni con la figura del autor explícito ni con la del autor implícito. La ficcionalización del autor tiene la función de borrar las fronteras entre enunciación real o literaria, en la cual están implicados autor y lector, y enunciación ficticia, cuyos protagonistas son narrador y narratario. Como otros procesos de ficcionalización de entidades reales (piénsese en la mención de ciudades reales o de personas históricas en el interior de   —207→   un relato literario), el nombre propio del autor no tiene simplemente una función designativa sino que articula aquellos significados emanados del conocimiento previo que el lector posee del autor a través de otras obras.118

Así, por ejemplo, sucede frecuentemente en los textos de Borges, en los cuales Borges es receptor de una historia que él se limita a transcribir. Al final de «La forma de la espada» (Borges, 1989 [1944]), Vincent Moon, narrador de su propia historia, dice: «Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio.» Este Borges a quien Moon le cuenta la historia no puede ser confundido con el propio Borges, quien en tanto entidad perteneciente a un universo real no puede entablar un diálogo con sus personajes, los cuales pertenecen a otro universo, el de la ficción. Pero tampoco puede ser confundido con el autor implícito pues se le atribuyen frases y acciones que escapan a su competencia, tales como el encuentro con Moon, la conversación de sobremesa entablada con el Inglés de La Colorada, las preguntas formuladas. Aquí, el autor (o, mejor dicho su nombre) aparece ficcionalizado en la figura de un narratario, y en tanto tal es comprensible que dialogue con Moon y efectúe las acciones propias de un ente de ficción.

Estas tres posibles manifestaciones del autor en la obra, explícita, implícita y ficcionalizada, se diferencian también por otros rasgos.

Tanto en la forma de representación explícita como la ficcionalizada, el autor se expresa mediante una voz: en el primer caso, por ser un hablante que produce «frases auténticas reales», en el sentido que Martínez Bonati (1972) le atribuye, esto es, se trata de un hablante que realiza una comunicación efectiva; y en el segundo caso, por ser un ente de ficción, el cual sólo puede hacerse presente en el espacio narrativo mediante una voz propia.

—208→

En cambio, en la forma de representación implícita, el autor no habla sino que escribe: son los rasgos de la escritura los que acusan la presencia de una inteligencia narrativa que dispone las partes de una obra, realiza elecciones estilísticas, selecciona estrategias narrativas, compone la obra entera.

El autor explícito y el autor implícito no intervienen en el mundo ficcional creado. Incluso cuando el autor explícito produce un comentario en el interior de un relato, su voz quiebra el universo de ficción, por no estar inmerso en él y ser una voz intrusa. Tampoco el autor implícito puede interferir en el mundo ficcional, puesto que la escritura es un nivel textual diferente, subyacente a lo largo de toda la obra, que no se confunde con las voces que configuran la historia.

En cambio, el autor ficcionalizado, en tanto ha asumido las características de un ente de ficción, interviene en el universo ficcional a la par de las otras entidades.

Por otra parte, pueden darse casos híbridos, esto es, que la figura del autor se manifieste mediante dos formas a la vez. Es lo que sucede, por ejemplo, en El Periquillo Sarmiento (Fernández de Lizardi, 1972 [1832]), al comienzo del segundo tomo, el cual se inicia con un «Prólogo en traje de cuento». El título que encabeza estas paginas ya enuncia la hibridez del texto: se trata de un prólogo (por lo tanto, está sostenido por la voz del autor explícito), pero revestido de una forma literaria, el cuento (por lo tanto, la voz del autor se ficcionalizará mediante voces de personajes).

Leemos al comienzo de este Prólogo:

Ha de estar Usted para saber, señor lector, y saber para contar, que estando yo la otra noche solo en casa, con la pluma en la mano anotando los cuadernos de esta obrilla, entró un amigo mío de los pocos que merecen este nombre, llamado Conocimiento…

El diálogo que a partir de aquí se desarrolla pone tanto en boca del autor como del Conocimiento, afirmaciones sobre los lectores, los problemas de edición, el estilo, las críticas de la obra, que manifiestan la actitud del autor explícito hacia su propia obra. Son una especie de enunciados metatextuales (en tanto se trata de un tipo de texto como es un prólogo referido a otro tipo de texto, la novela), reflexiones del autor acerca de su propio quehacer, presentadas, como aclara el título, «en traje de cuento». Como si fuera consciente el autor de que la presentación de sus propias preocupaciones, sin ningún ropaje literario, quiebran   —209→   demasiado la continuidad del universo de ficción y entonces necesita disfrazar su voz de autor con la máscara de la voz de los dos personajes del prólogo, el autor y el Conocimiento, desdoblamiento de una misma figura: el autor explícito. Éste, al asumir características de personaje, adopta el carácter híbrido de ser un autor explícito ficcionalizado.

Estas tres modalidades de manifestación del autor, explícita, implícita y ficcionalizada, nos permiten concebir, de manera análoga, la figura del lector.

Sin embargo, es necesario señalar que estas dos figuras no son simétricas. El autor siempre tendrá una posición en cierto modo privilegiada frente al lector, en el sentido que es él quien puede realizar operaciones de manipulación sobre el lector, y no a la inversa. El lector ocupará un lugar previsto por otro de antemano en el texto, y el rol que cumpla será aquél que le sea asignado. El autor, diríamos, adopta el lugar de sujeto, y en tanto tal, su posición, en términos de Benveniste (1978 [1971]), es trascendente con respecto al otro. En este sentido general, el lector siempre será un lector implícito, puesto que cualquiera sea la forma de manifestación que adopte el autor (explícita, implícita o ficcionalizada) siempre convocará al lector en tanto destinatario del texto literario por él creado.

Ahora bien, teniendo en cuenta que, en un sentido profundo, la presencia del lector es siempre implícita, podemos, sin embargo, considerar que hay diferentes modos de apelación, por parte del autor, de esa presencia.

Si el autor hace explícita su presencia en el texto (sea en la dedicatoria, el prólogo, las notas o los comentarios) las apelaciones al lector instaurarán una figura también explícita, y así como el autor, en estas intervenciones, habla en su propio nombre y se refiere a la historia como un universo de ficción, así también el lector es nombrado para explicitar el rol que se pretende que asuma en la lectura del texto.

Diferente es la presencia del lector supuesta por el autor implícito. El autor implícito postula un lector implícito, sin aludir explícitamente a él, en tanto modela un destinatario de sus estrategias de enunciación y composición.

Si el autor implícito ofrece una versión de sí y, con ella, una perspectiva desde la cual observa el mundo narrado, instaura un punto de mira que no sólo es el suyo sino también el del lector previsto por el texto (Iser, 1978).

—210→

El lector implícito es, decíamos, el destinatario de las estrategias enunciativas del autor implícito, una competencia supuesta para descifrar los significados posibles del texto, un cómplice del autor implícito en la exhibición de discursos y perspectivas ajenas.

Y de manera análoga, así como el autor puede ficcionalizarse en el texto como narrador, personaje o narratario, así también el lector puede adquirir un carácter ficcional y asumir frente a un autor-narrador el papel de un lector-narratario, o bien, frente a un autor-personaje el papel de un lector-personaje.

En la novela de Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío (1991 [1959]), el autor aparece ficcionalizado como narrador y asume las funciones de éste último, situándose a la vez como autor del libro y como narrador testigo de la historia que narra. En su carácter de autor-narrador instala frente a sí a un lector-narratario, al cual dirige tanto el texto literario creado como la historia que narra. Veamos algunos pasajes:

De las fatigas, viajes y trabajos de tan apreciables publicistas, nos aprovechamos para dar a concer a los lectores el rancho de Santa María de la Ladrillera y la familia que lo habitaba; porque es muy posible que tengamos que volver, después de algunos años, a esta propiedad, que acontecimientos imprevistos hicieron hasta cierto punto célebre.
Mientras duermen, se levantan, se desayunan y don Espiridión va a la villa a buscar al canónigo, daremos a conocer al lector a las brujas, con las cuales, antes que don Espiridión, teníamos las mejores y más cordiales relaciones.
A las nueve de la mañana todo el mundo podía verla, dos o tres días por semana -y muchos de los que lean este libro la recordarán-, sentada junto al poste […].

 

Estas apelaciones al lector son proferidas por un autor-narrador que tanto alude a su narración como universo de ficción («daremos a conocer al lector», «familias enteras de personajes») que como historia de la cual ha sido testigo tanto él mismo como posiblemente el lector («las brujas, […] con las cuales teníamos las mejores y más cordiales relaciones», «y muchos de los que lean este libro la recordarán»). Al lector aquí aludido se le atribuye no sólo el papel de destinatario de la novela sino también de oyente de una historia de la cual pudo haber sido testigo.

Este autor-narrador se expresa mediante la forma pronominal de primera persona plural, involucrando en ella al destinatario de sus frases,  —211→   el cual, mediante la figura del itinerario recorrido bajo la guía del autor-narrador, es apelado para cumplir una doble función: realizar, por una parte, el recorrido de la lectura del texto, y, por otra, el recorrido ficcional, espacial y temporal, («… porque es muy posible que tengamos que volver, después de algunos años, a esta propiedad») en el interior de la historia.

El lector, entonces, si bien se define como una presencia implícita, puede ser objeto de apelaciones explícitas, implícitas o ficcionalizadas.

 

  1. La enunciación ficcional: narrador y narratario

La enunciación narrativa o el acto de narrar por el cual el narrador asume la posición de sujeto de la enunciación para dirigirse a otro, al narratario, determina la configuración del universo ficticio. Esta representación de la situación narrativa pone en escena a dos figuras: narrador y narratario.

Ambas figuras actualizan la relación polarizada de las personas gramaticales: la relación yo-tú, expresión lingüística de la subjetividad (Benveniste, 1978 [1971]). Para el narrador, como para todo hablante, sólo es posible hablar en primera persona: el ejercicio discursivo instala al hablante en el lugar del sujeto de la enunciacion y, como tal, es el que sostiene, mediante un Yo digo que…, todo discurso. El narrador, en tanto figura del sujeto de la enunciación, se reconoce, entonces, por ser quien asume el yo subyacente a todo enunciado, así como el narratario se reconoce por ser quien asume el  al cual se dirige implícitamente todo enunciado. En el nivel de la narración o enunciación ficcional sólo dos personas gramaticales entran en juego: yo, narrador, y , narratario. El nivel de la historia está ocupado por la tercera persona gramatical (él), la no-persona, el objeto del discurso. En el nivel del relato, en tanto discurso narrativo, virtualmente todas las personas gramaticales pueden aparecer; con todo, el relato canónico, por estar centrado en los acontecimientos, en la historia, ha privilegiado la tercera persona, de ahí que la aparición de la primera y de la segunda persona en el relato sean percibidas como variantes de la tercera personal.119

—212→

La distribución canónica de las personas en el relato reserva el yo para el narrador, el él para aquello de lo que se habla y el  para el destinatario de la narración. Sobre la base de este modelo el discurso narrativo literario realiza todo tipo de torsiones que hacen que el lugar de la tercera persona, inherente al relato tradicional, sea ocupado por la primera o la segunda, remitiendo así a otros tipos de texto en los cuales este modo de referir es dominante (la carta, el diario, la conversación íntima, el monólogo).

El yo de la enunciación ficcional no se confunde con el yo (explícito o implícito) de la enunciación literaria. El narrador adopta el lugar del sujeto de la enunciación en el interior del universo de ficción, por fuera queda la función-autor cuya manifestación en el texto pertenece a otro dominio de estudios.

Considerada en sí misma, la instancia narrativa puede realizar su función de narrar asumiendo diferentes grados de presencia en el relato, presencia marcada por aquellas huellas en su discurso que lo develan o lo ocultan. En este sentido, el narrador puede aparecer de maneraexplícita, implícita o virtual.

Para reconocer las diferencias entre estos tres modos de presencia nos basamos en dos rasgos que a nuestro juicio caracterizan la figura del narrador: la destinación (o función narrativa de dirigir a otro su discurso) y la verbalización (o voz). De estos dos rasgos, el primero es inalienable, permanece fijo asegurando la estructura narrativa de un texto; el segundo, en cambio, puede desplazarse, y entonces, la verbalización puede correr por cuenta del personaje.

Así, la presencia explícita del narrador se catacterizaría por dos rasgos: el primero, inherente a su estatuto de narrador, es el desempeño de su función de destinar a otro su discurso, y el segundo, la realización de tal función mediante una voz plena, identificable, distinta de las voces de los personajes. Por lo general, los relatos en tercera persona en los cuales el pronombre refiere de manera transparente a un tercero distinto de narrador y narratario, permiten distinguir claramente entre el discurso del narrador y el discurso de los personajes. Los segmentos pertenecientes a la voz del narrador manifiestan su estilo, su perspectiva, el grado de información. En la novela Los de abajo, de Mariano Azuela (1969 [1960]), por ejemplo, podemos observar claramente la distinción de voces:

—213→

– Señá Remigia, emprésteme unos blanquillos, mi gallina amaneció echada. Allí tengo unos siñores que queren almorzar.

Por el cambio de la viva luz del sol a la penumbra del jacalucho, más turbia todavía por la densa humareda que se alzaba del fogón, los ojos de la vecina se ensancharon. Pero al cabo de breves segundos comenzó a percibir distintamente el contorno de los objetos y la camilla del herido en un rincón, tocando por su cabecera el cobertizo tiznado y brilloso.

El estilo cuidado del narrador contrasta con las formas coloquiales del habla del personaje. Ambas voces se diferencian también por las marcas gráficas que separan los discursos: la voz del personaje, presentada en estilo directo, es introducida por el guión de diálogo, la voz del narrador, separada por un blanco de la del personaje, muestra su distancia y su independencia del discurso de este último. Cada vez que el narrador cede la voz al personaje hay marcas gráficas que señalan este tránsito. Los relatos que realizan el modelo canónico presentan una distinción clara entre las voces pues el narrador se muestra de manera explícita en su función de narrar.

La presencia implícita del narrador se caracteriza, por una parte, por desempeñar la función de destinar a otro su discurso, y por otra, por tener una voz ambivalente que tanto puede mezclarse con la del personaje como representar la supuesta voz del narratario. Una de las formas de narrador implícito es el llamado discurso indirecto libre, en el cual se funden las voces de narrador y personaje de tal suerte que no se puede señalar puntualmente dónde termina una y comienza la otra. El discurso del narrador se contagia de las formas expresivas del personaje, asume su perspectiva temporal y espacial (el aquí y el ahora del personaje) pero mantiene la tercera persona gramatical como marca de su distancia. Así, en Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa (1983 [1969]), frecuentemente la voz del narrador se funde con la de algún personaje, como en el pasaje siguiente:

Gracias a las ocurrencias de Ludovico la espera se les hacía menos aburrida, don. Que su boquita, que sus labios, que las estrellitas de sus dientes, que olía a rosas, que un cuerpo para sacudir a los muertos en sus tumbas: parecía templado de la señora, don. Pero si alguna vez estaba en su delante ni a mirarla se atrevía, por miedo a don Cayo. ¿Y a él le pasaba lo mismo? No, Ambrosio escuchaba las cosas de Ludovico y se reía, nomás, él no decía nada de la señora, tampoco le parecía cosa del otro mundo, él sólo pensaba en que fuera de día para irse a dormir.

Los rasgos que tipifican el discurso del personaje, como el empleo del vocativo («don»), las expresiones idiomáticas de la   —214→   región («templado», «en su delante»), las interrogaciones, el adverbio de negación como respuesta, se entremezclan con los rasgos propios del discurso del narrador: los personajes son nombrados con el pronombre de tercera persona o con su nombre propio, lo cual acusa la presencia de una voz ajena que relata las palabras del personaje. En estos casos, decimos que hay un narrador implícito con una voz ambivalente, puesto que tanto remite al propio narrador como al personaje.

En los relatos en segunda persona, hay también un narrador implícito pues su voz ambivalente remite, por un lado, al personaje en tanto actor de los acontecimientos, y por otro lado, esa voz proviene del narrador (en tanto el pronombre de segunda persona lo implica) y remite al narratario (representado por antonomasia mediante la segunda persona gramatical). La voz narrativa se halla desplazada al nivel de la historia. Así el narrador de Aura, de Carlos Fuentes (1984 [1962]), se expresa de la siguiente manera:

Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato.
(p. 11)  

La segunda persona, presente en las desinencias verbales y en el pronombre personal, por una parte, designa al personaje, en tanto actor de los hechos que se narran, y por otra, representa implícitamente la situación comunicativa, señalando al narrador y al narratario. Designa al personaje (como instancia del nivel de la historia) pues los enunciados, al poseer carácter asertivo, configuran el universo de ficción; y desplaza la situación comunicativa (del nivel de la narración al nivel de la historia) pues hay marcas de ambos participantes (saber, valoraciones y perspectiva del narrador, saber supuesto del narratario). Sin embargo, no podemos dejar de percibir la ambigüedad que provoca una narración en segunda persona, siendo ésta la persona gramatical del interlocutor por antonomasia. La voz narrativa, que proviene de la conciencia del personaje, sigue todos los movimientos de ésta y relata tanto sus percepciones y meditaciones como las acciones que el personaje lleva a cabo. Si la voz del yo de la narración se desplaza a ese yo que supone el uso del tú y que es, digamos así, una parte de la conciencia del personaje, el tú de la narración se desplaza y constituye la contrapartida del yo en ese desdoblamiento que implica todo diálogo consigo mismo. Se trata de la representación de un diálogo interior en la conciencia desdoblada de un personaje.

La presencia virtual del narrador se caracteriza por desempeñar su función de destinar a otro su discurso careciendo de una voz que lo manifieste. Se trata de un narrador cuyo silencio es elocuente. El narrador calla para que los personajes se expresen, pero su función narrativa permanece y se evidencia en el recorte de los discursos de los personajes, la perspectiva adoptada en la selección de los parlamentos, el saber limitado del narrador frente al de los personajes. El narrador no habla sino que muestra. Es el caso de aquellos relatos en los cuales, a la manera de la representación dramática, asistimos a los diálogos de los personajes sin mediación aparente del narrador. Una novela como El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (1976), es un claro ejemplo de este tipo de presencia del narrador.

También hallamos un narrador virtual en los relatos en primera persona, en los cuales el personaje realiza algún acto discursivo que suplanta la voz del narrador. Por ejemplo, El Periquillo Sarmiento (Fernández de Lizardi, 1972 [1832]), presenta a un personaje que escribe unos cuadernos destinados a moldear la conducta de sus hijos; en este caso, decimos que el personaje escribe y el narrador virtual muestra, sin hablar, a un personaje en el ejercicio de la escritura. (Excepto al final del relato, cuando el personaje ya no escribe sino que habla para hacer entrega de los cuadernos: de todos modos, el narrador sigue siendo de carácter virtual, pues es el personaje el que cita sus propias palabras: «… le dije: Toma estos cuadernos…»). Aquí el yo de la enunciación, el narrador, destina como relato la historia del Periquillo que él mismo escribe a sus hijos, a un narratario, el tú de la enunciación, que recibe esta historia como verídica y a la cual accede de manera furtiva por no estar dedicada a su conocimiento.

Lo mismo puede suceder en un relato en segunda persona, en el cual se presenta también al personaje realizando algún acto discursivo. En todos estos casos, diremos que el relato presenta un acto de enunciación compuesto: así como hay relatos con un acto de enunciación simple (aquel en el cual el narrador destina y verbaliza la historia para un narratario) hay también relatos que entrañan un acto de enunciación compuesto, pues el narrador efectúa el acto de destinar una historia al narratario, y es el personaje el que verbaliza la historia mediante la realización de algún acto discurivo como pensar, decir, escribir o dejar fluir su conciencia, actos que pueden estar dirigidos a otro personaje o a sí mismo.

La novela epistolar o aquella que asume la forma del diario íntimo de las memorias, sin intervención verbal del narrador, serían otros   —216→   tantos ejemplos de narrador virtual con un acto de enunciación compuesto.

 

  1. A modo de conclusión

A lo largo de este trabajo, hemos intentado mostrar que el yo de la enunciación ficcional no se confunde con el yo (explícito o implícito) de la enunciación literaria. El análisis detallado del problema nos ha permitido tanto discernir claramente los niveles literario y ficcional como considerar los casos de colisión entre ambos. En el interior del universo de ficción, el narrador adopta el lugar de sujeto de la enunciación, por fuera queda la función-autor cuya manifestación en el texto pertenece a otro dominio de estudios. Así, la estética, la estilística, la teoría de la recepción, han tomado como objeto de reflexión los aspectos implicados por lo que aquí hemos llamado la enunciación literaria. Para los fines de una perspectiva teórica del discurso narrativo -como la que aquí adoptamos- interesa fundamentalmente la enunciación ficcional, esto es, los modos de configuración del proceso enunciativo del universo de ficción. Si nos hemos referido a las figuras del autor y del lector es, por una parte, para deslindar un tanto el campo -de fronteras lábiles- entre las perspectivas estética y teórica del fenómeno literario; y por otra, para observar en qué medida ambas figuras pueden interferir en el universo de ficción.

 

Referencias bibliográficas

Obras literarias citadas

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  • FERNÁNDEZ DE LIZARDI, J. J. (1972 [1832]). El Periquillo Sarniento. México: Porrúa, 13ª ed.
  • FUENTES, C. (1984 [1962]). Aura. México: Era, 22ª ed.
  • PAYNO, M. (1991 [1959]). Los bandidos de Río Frío. México: Porrúa, 14ª ed.
  • PUIG, M. (1976). El beso de la mujer araña. Barcelona: Seix Barral.
  • VARGAS LLOSA, M. (1983 [1969]). Conversación en La Catedral. México: Seix Barral/Planeta, 2ª ed.

 

Bibliografía teórica

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  • FOUCAULT, M. (1984). Qué es un autor. México: Ediciones Populares.
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  • KURODA, S. Y. (1976). «Reflections on the Foundations of Narrative Theory from a Linguistic Point of View». En Pragmatics of Language and Literature, T. A. Van Dijk (ed.). Amsterdam: North Holland.
  • MARTÍNEZ BONATI, F. (1972). La estructura de la obra literaria. Barcelona: Seix Barral.
  • – (1978). «El acto de escribir ficciones», Dispositio III, 7-8.
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  • ULLMANN, S. (1968). Lenguaje y estilo. Madrid: Aguilar.

 

 

Cuentos


 

Bonetes azules

Lucía Berlin ( 1936-2004)

 

—Mamá, no puedo creer que hagas esto. No sales nunca con nadie, y ahora te vas a pasar una semana con un desconocido. Podría ser un asesino con un hacha, no sabes nada de él.

Nick, su hijo, estaba llevando a Maria al aeropuerto de Oakland. Dios, ¿por qué no había ido en taxi? Sus hijos, ya mayores todos, podían ser peor que unos padres, más intransigentes, más anticuados cuando se trataba de juzgarla a ella.

—No nos hemos visto en persona, pero no es exactamente un desconocido. Le gustó mi poesía, me pidió que tradujera su libro al español. Nos hemos escrito y hemos hablado por teléfono durante años. Tenemos mucho en común. Él crio a sus cuatro hijos solo, también. A mí me gusta la jardinería; él tiene una granja. Me halaga que me haya invitado… No creo que vea a mucha gente.

Maria le había preguntado sobre Dixon a una vieja amiga de Austin. Un excéntrico total, había dicho Ingeborg. Vida social cero. En lugar de un maletín, lleva un saco de arpillera. Sus alumnos, o lo idolatran o lo detestan. Debe de rondar los cincuenta, bastante atractivo. Ya me contarás…

—Ese es el libro más raro que he leído en mi vida —dijo Nick—. De hecho ni lo pude leer. Reconócelo… ¿tú pudiste? Disfrutarlo, me refiero.

—El estilo era magnífico. Claro y sencillo. Agradable de traducir. Habla de filosofía y lingüística, simplemente es muy abstracto.

—No te imagino haciendo esto… teniendo una especie de aventura… en Texas.

—Eso es lo que te molesta. La idea de que tu madre pueda acostarse con alguien, o que cualquiera de más de cincuenta lo haga. De todos modos él no me dijo: «Eh, vamos a tener una aventura». Me dijo: «¿Por qué no vienes a pasar una semana a la granja? Los bonetes azules justo empiezan a florecer. Podría enseñarte las notas para mi nuevo libro. Podemos ir a pescar, pasear por el bosque». Afloja un poco, Nick. Trabajo en un hospital público, en Oakland. ¿Cómo crees que suena para mí un paseo por el bosque? ¿Bonetes azules? Es casi como si me fuera al paraíso.

Aparcaron delante de United y Nick le bajó la bolsa del maletero. La abrazó, le dio un beso en la mejilla.

—Perdona si te he hecho pasar un mal rato. Disfruta del viaje, mamá. Eh, a lo mejor puedes ir a un partido de los Rangers.

Nieve en las Rocosas. Maria leyó, escuchó música, procuró no pensar. Por supuesto, en el fondo, fantaseaba con la posibilidad de una aventura.

No se había desnudado delante de nadie desde que había dejado de beber, la mera idea la aterraba. Bueno, tampoco él parecía muy desenvuelto, quizá se sintiera igual. Tómatelo con calma. Prueba simplemente a estar con un hombre, por el amor de Dios, disfruta la visita. Vas a Texas.

El aparcamiento olía a Texas. Polvo de caliche y adelfas. El hombre lanzó su equipaje en la caja de una vieja ranchera descubierta con arañazos de perro en las puertas.

—¿Conoces «Tennessee Border»? —le preguntó Maria.

—Cómo no.

La cantaron. «Picked her up in a pickup truck and she broke that heart of mine…». Dixon era alto y esbelto, con unas líneas de la sonrisa muy marcadas. Arrugas alrededor de los ojos, grises y atentos. Parecía completamente a sus anchas; empezó a hacerle preguntas personales, una tras otra, con un acento nasal y pausado que a Maria le recordó al de su tío John. ¿Cómo es que conocía Texas, y aquella vieja canción? ¿Por qué se divorció? ¿Cómo eran sus cuatro hijos? ¿Por qué no bebía? ¿Por qué era alcohólica? ¿Por qué traducía la obra de otra gente? Eran preguntas incómodas, avasalladoras, pero la atención era un bálsamo, como un masaje.

Dixon paró en una pescadería. Quédate aquí, enseguida vuelvo. Luego la autopista y ráfagas de aire caliente. Enfilaron una carretera de grava donde no vieron ningún otro coche. Solo un tractor rojo, lento. Molinos de viento, ganado hereford hundido hasta la canilla en las flores escarlatas del pincel indio. En el pueblo de Brewster, Dixon aparcó delante de la plaza. Corte de pelo. Ella lo siguió hacia la puerta de la barbería, con su poste tricolor, un pequeño establecimiento con una sola butaca, y se sentó a escuchar mientras Dixon y el viejo que le cortaba el pelo hablaban del calor, de las lluvias, de pesca. Jesse Jackson candidato a la presidencia, varias muertes y un matrimonio. Dixon se había limitado a sonreír cuando ella le preguntó si no pasaba nada por dejar el equipaje en la ranchera abierta. Maria miró por la ventana el centro de Brewster. Era primera hora de la tarde y en las calles no había nadie. Dos viejos estaban sentados en los escalones del juzgado, como figurantes en una película sureña, mascando tabaco, escupiendo.

La ausencia de ruido era lo que tanto le evocaba su infancia, otra época. Nada de sirenas, ni tráfico, ni radios. El zumbido de un tábano contra el vidrio, chasquidos de tijeras, la cadencia de las voces de los dos hombres, un ventilador eléctrico con unas cintas sucias que azotaban revistas viejas. El barbero la ignoró, no porque fuera grosero, sino por cortesía.

Al salir Dixon dijo: «Muy agradecido». Mientras cruzaban la plaza hacia la tienda de ultramarinos, Maria le habló de su abuela texana, Mamie. Una vez una señora pasó a visitarla. Mamie sirvió el té en una tetera con un azucarero y una jarrita para la crema, preparó unos bocadillos, galletas y tarta cortada en pedazos. «Por Dios, Mamie, no deberías haberte tomado tantas molestias». «Desde luego que sí —contestó Mamie—. Qué menos».

Dejaron la compra en la ranchera y condujeron hasta el almacén de los piensos, donde Dixon pidió salvado y pienso para las gallinas, dos balas de heno y una docena de polluelos. Le sonrió a Maria al percatarse de que lo miraba fijamente mientras hablaba sobre la alfalfa con dos granjeros.

—¿Qué estarías haciendo ahora en Oakland? —le preguntó cuando volvieron a la ranchera.

Hoy le tocaba pediatría. Hijos del crack, heridas de bala, bebés con sida. Hernias y tumores, pero sobre todo las heridas de los pobres de la ciudad, desesperados y llenos de rabia.

Pronto estuvieron fuera del pueblo, en una estrecha carretera de tierra. Los pollitos piaban dentro de la caja, en el suelo.

—Esto es lo que quería que vieras —dijo Dixon—, el camino a mi casa en esta época del año.

Avanzaron por la carretera desierta a través de colinas sinuosas, exuberantes y cargadas del aroma de flores rosas, azules, moradas, rojas. Fogonazos de amarillo y lila. El aire caliente, perfumado, envolvía la cabina. Se habían formado enormes nubes de tormenta y la luz se hizo más dorada, dándole a los miles de flores una luminosidad iridiscente. Alondras y zacateros, tordos alirrojos, volaban como flechas sobre las acequias junto a la carretera; el canto de los pájaros se oía por encima del ruido de la camioneta. Maria se asomó por la ventanilla, apoyó la cabeza sudorosa en los brazos. Estaban en abril, pero el calor bochornoso de Texas la sofocaba, el perfume de las flores la adormecía como una droga.

Una vieja granja con tejado de zinc y una mecedora en el porche, una docena de gatitos de distintas camadas. Guardaron la compra en una cocina con magníficas alfombras persas delante del fregadero y el fogón, otra quemada con las chispas de una estufa de leña. Dos butacas de cuero. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, con dos hileras de libros en cada balda. Una mesa maciza de roble, también cubierta de libros. En el suelo había columnas de libros apilados. Las ventanas eran antiguas, con aguas en los vidrios, y daban a un campo de abundantes pastos verdes, donde las cabritillas se amamantaban de sus madres. Dixon metió la comida en el frigorífico, puso a los polluelos en una caja más grande, en el suelo, con una bombilla dentro, a pesar de que hacía mucho calor. Su perro acababa de morir, dijo. Y entonces, por primera vez, pareció cohibido. Tengo que regar, dijo, y Maria lo siguió, pasando los gallineros y los cobertizos, hasta un campo grande con maíz, tomates, judías, calabacines y otras verduras sembradas. Se sentó en la cerca mientras él abría las compuertas de las acequias para que el agua llegara a los surcos. Más allá una yegua y un potro zainos galopaban en el prado de bonetes azules.

Caía la tarde cuando dieron de comer a los animales junto al granero, donde en un rincón oscuro se escurrían unos quesos envueltos en paños de lienzo, y más gatos correteaban por las vigas, indiferentes a los pájaros que entraban y salían a saltitos por las ventanas del altillo. Un mulo blanco viejo, Homer, avanzó con andar pesado al oír el tintineo del cubo de hojalata. Túmbate a mi lado, dijo Dixon. Pero nos pisarán. No, túmbate, tranquila. Un corro de cabras tapó el sol, mirándola fijamente a través de sus largas pestañas. La caricia del hocico aterciopelado de Homer en las mejillas de Maria. La yegua y el potro resoplaron, soltando vaharadas calientes mientras la examinaban.

Las demás habitaciones de la granja no estaban ni mucho menos abarrotadas como la cocina. Una sala con suelo de madera, donde solo había un piano de cola Steinway. El estudio de Dixon, sin más mobiliario que cuatro mesas grandes de madera cubiertas de cuartillas blancas de cartulina. Cada una tenía un párrafo o una frase escrita. Maria vio que Dixon las barajaba y las cambiaba de sitio, igual que otra gente mueve cosas en un ordenador. No las mires ahora, dijo él.

La sala de estar y el dormitorio eran una sola habitación, amplia, con altos ventanales a ambos lados. Lienzos fastuosos de gran formato en las otras dos paredes. Maria se sorprendió de que fueran obras suyas. Dixon parecía tan sereno… Los cuadros eran audaces, enérgicos. Había pintado un mural en el sofá de pana, compuesto de varias figuras sentadas. Una cama de latón con una vieja colcha de retales, cómodas y escritorios y consolas exquisitas, antigüedades de la época colonial que habían pertenecido a su padre. En esa habitación el suelo estaba pintado de blanco satinado bajo alfombras persas aún más lujosas. No te olvides de quitarte los zapatos, le dijo.

La habitación de Maria era una galería que recorría la parte posterior de la casa, con mamparas en los tres lados, de un plástico esmerilado que desdibujaba las flores rosas y verdes, los brotes de los árboles, el vuelo fugaz de un cardenal. Era como estar en el sótano de L’Orangerie contemplando los nenúfares de Monet. Dixon fue a llenarle la bañera en el cuarto de al lado. Seguro que te apetecerá echarte un rato. Aún me quedan algunas tareas por hacer.

Limpia, cansada, se tumbó rodeada por los tenues colores que se diluyeron aún más cuando empezó la lluvia y el viento arremolinó las hojas de los árboles. Lluvia sobre un tejado de zinc. Justo cuando se quedó dormida, Dixon entró y se estiró a su lado, se quedó junto a ella hasta que se despertó e hicieron el amor. Así de simple.

Dixon encendió la estufa de forja y ella se sentó al calor del fuego mientras él preparaba una sopa de cangrejo. Cocinaba en un hornillo, pero tenía lavaplatos. Comieron en el porche a la luz de un farol mientras amainaba la lluvia y cuando escampó apagaron el farol para mirar las estrellas.

Cada día daban de comer a los animales a la misma hora, pero por lo demás el día y la noche se invirtieron. Se quedaban en la cama todo el día, desayunaban cuando oscurecía, paseaban por el bosque a la luz de la luna. Vieron Mr. Lucky con Cary Grant a las tres de la madrugada. Adormilados por el calor del sol, se mecían en el bote de remos en la charca, pescando, leyendo a John Donne, a William Blake. Se tumbaban en la hierba húmeda, observando a los polluelos, hablando de la infancia, de sus hijos. Vieron a Nolan Ryan fulminar a los Atléticos de Oakland, pasaron la noche al raso en sacos de dormir junto a un lago a varias horas a pie campo a través. Hicieron el amor en la bañera con pies de garra, en el bote, en el bosque, pero sobre todo a la luz verdosa de la galería cuando llovía.

¿Qué era el amor?, se preguntaba Maria, estudiando las líneas limpias de la cara de Dixon mientras dormía. Qué nos impide hacerlo a ninguno de los dos, amar.

Ambos reconocían que rara vez hablaban con nadie, se reían por todo lo que ahora querían contarse, por cómo se interrumpían uno al otro para hablar, sí, pero… Era difícil cuando él hablaba de su nuevo libro, o se refería a Heidegger y Wittgenstein, Derrida, Chomsky y otros cuyos nombres Maria ni siquiera conocía de oídas.

—Perdona. Yo soy poeta. Trato con lo concreto. Me pierdo en la abstracción. Simplemente me faltan conocimientos para hablar de esas cosas contigo.

Dixon se puso furioso.

—¿Y cómo diablos tradujiste mi otro libro? Sé que hiciste un buen trabajo, por la acogida que tuvo. ¿Acaso lo leíste, maldita sea?

—Pues claro que hice un buen trabajo. No tergiversé una sola palabra. Alguien podría traducir mis poemas a la perfección, y aun así pensar que son íntimos y triviales. No llegué a… captar… el alcance filosófico del libro.

—Entonces esta visita es una farsa. Mis libros son todo lo que yo soy. Es inútil que hablemos de nada.

Maria empezó a sentirse dolida y molesta y no se movió cuando lo vio salir. Pero luego lo siguió, se sentó a su lado en el escalón del porche.

—No es inútil. Estoy aprendiendo a conocerte.

Él la abrazó, la besó, con cautela.

En sus épocas de estudiante Dixon había vivido en una cabaña cerca de allí, en el bosque. Entonces en esa casa vivía un anciano y Dixon le hacía los recados, le traía comida y provisiones del pueblo. Cuando el viejo murió le dejó la casa y algo más de una hectárea de tierra a Dixon, y el resto de la finca al Gobierno para crear una reserva de aves. A la mañana siguiente hicieron una caminata hasta la vieja cabaña. En aquellos tiempos tenía que llevar incluso el agua a cuestas, le contó a Maria. Fue la mejor época de su vida.

La cabaña de madera estaba en medio de una alameda. No había ningún sendero, y tampoco se veían mojones para orientarse entre las matas de encinillo y mezquite. Al acercarse, Dixon pegó un grito, como de dolor.

Alguien, probablemente chavales, había roto a tiros todas las ventanas de la cabaña, había destrozado el interior con hachas, había pintado obscenidades con espray en las paredes desnudas de pino. Costaba imaginar que alguien se adentrara tanto en la espesura para hacer una cosa así. Me recuerda a Oakland, dijo Maria. Dixon la fulminó con la mirada, dio media vuelta y echó a andar de nuevo a través de los árboles. Ella trataba de no perderlo de vista, pero era incapaz de alcanzarlo. El silencio resultaba turbador. De vez en cuando aparecía un enorme cebú, de pie a la sombra de un árbol. Inmóvil, ni siquiera pestañeaba, impasible, silencioso.

Dixon no habló en el trayecto de vuelta a casa. Saltamontes verdes chocaban en el parabrisas.

—Me sabe mal, lo de tu cabaña —dijo ella. Al ver que no contestaba, dijo—: Yo hago lo mismo, cuando estoy dolida. Me arrastro a mi casa y me escondo como un gato enfermo.

Dixon siguió callado. Cuando pararon delante de la casa, alargó el brazo y le abrió la puerta a Maria, con el motor aún en marcha.

—Voy a buscar el correo. Volveré dentro de un rato. Quizá podrías leer algo de mi libro.

Sabía que por «libro» se refería a los cientos de cuartillas esparcidas en las mesas. ¿Por qué le pedía justo ahora que lo leyera? Quizá porque no podía hablar. Ella a veces hacía lo mismo. Cuando le resultaba demasiado difícil contarle a alguien cómo se sentía, enseñaba un poema. Normalmente la gente no entendía lo que ella había pretendido insinuar.

Descorazonada, entró en la casa. Sería agradable vivir en un lugar donde ni siquiera tuvieras que cerrar las puertas. Fue a la sala a poner música, pero cambió de idea y entró en la habitación de las cartulinas. Se sentó en un taburete y se fue desplazando de una mesa a la otra a medida que leía y releía las frases escritas en las cuartillas.

—No tienes ni idea de lo que dicen, ¿verdad?

Dixon había entrado silenciosamente, estaba allí acechándola por la espalda. Maria no había tocado ninguna de las cuartillas.

Él empezó a moverlas por la mesa, con frenesí, como si jugara a colocar unas fichas en el orden correcto. Maria se levantó y salió al porche.

—Te pedí que no pisaras ese suelo con los zapatos puestos.

—¿Qué suelo? ¿De qué hablas?

—El suelo blanco.

—Ni siquiera me he acercado a esa habitación. Estás loco.

—No me mientas. Son tus huellas.

—Ah, perdona. Es verdad, iba a entrar, pero no pude haber dado más de dos pasos.

—Exactamente. Dos.

—Menos mal que vuelvo a mi casa mañana por la mañana. Ahora me voy a dar un paseo.

Maria caminó por el sendero hacia la charca, se metió en el bote de remos y se alejó de la orilla. Se rio por dentro cuando las libélulas le recordaron a los helicópteros de la policía de Oakland.

Dixon bajó por el sendero hasta la charca, se metió en el agua y con un impulso se izó hasta el bote. La besó, la sujetó contra el lecho de la barca mientras la penetraba. Se contorsionaron violentamente y el bote se balanceó y giró hasta que al final quedó varado en los juncos. Permanecieron allí tumbados, meciéndose bajo el sol caliente. Maria se preguntó si aquel arrebato de pasión había salido de la simple rabia o de cierto sentimiento de pérdida. Hicieron el amor sin mediar palabra durante casi toda la noche, en la galería al son de la lluvia. Antes de que empezara a llover habían oído el aullido de un coyote, los cacareos de las gallinas encaramadas a los árboles.i

Fueron hasta el aeropuerto en silencio, dejando atrás las praderas de bonetes azules y prímulas. Déjame en la puerta, dijo ella, no hay mucho tiempo de espera.

Maria fue en taxi desde el aeropuerto de Oakland hasta el bloque de pisos donde vivía. Saludó al guardia de seguridad, echó una ojeada al buzón. El ascensor estaba vacío, igual que los pasillos durante el día. Dejó la maleta al lado de la puerta y encendió el aire. Se quitó los zapatos, como hacía todo el mundo antes de pisar su moqueta. Entró en la habitación y se acostó en su propia cama.

 

 

El etnógrafo

Jorge Luis Borges
(1899–1986)
El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontecido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock. Era alto a la manera americana, ni rubio ni moreno, de perfil de hacha, de muy pocas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros.  Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo para entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, la aventuras de la guerra o del álgebra, el puritanismo o la orgía. En la universidad le aconsejaron el estudio de las lenguas indígenas. Hay ritos esotéricos que perduran en ciertas tribus del oeste; su profesor, un hombre entrado en años, le propuso que hiciera su habitación en una toldería, que observara los ritos y que descubriera el secreto que los brujos revelan al iniciado. A su vuelta, redactaría una tesis que las autoridades del instituto darían a la imprenta. Murdock aceptó con alacridad. Uno de sus mayores había muerto en las guerras de la frontera; esa antigua discordia de sus estirpes era un vínculo ahora. Previó, sin duda, las dificultades que lo aguardaban; tenía que lograr que los hombres rojos lo aceptaran como a uno de los suyos. Emprendió la larga aventura. Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba. Al término de un plazo prefijado por ciertos ejercicios, de índole moral y de índole física, el sacerdote le ordenó que fuera recordando sus sueños y que se los confiara al clarear el día. Comprobó que en las noches de luna llena soñaba con bisontes. Confió estos sueños repetidos a su maestro; éste acabó por revelarle su doctrina secreta. Una mañana, sin haberse despedido de nadie, Murdock se fue.
En la ciudad, sintió la nostalgia de aquellas tardes iniciales de la pradera en que había sentido, hace tiempo, la nostalgia de la ciudad. Se encaminó al despacho del profesor y le dijo que sabía el secreto y que había resuelto no publicarlo.
— ¿Lo ata su juramento? — preguntó el otro.
— No es ésa mi razón — dijo Murdock –. En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir.
— ¿Acaso el idioma inglés es insuficiente? — observaría el otro.
— Nada de eso, señor. Ahora que poseo el secreto, podría enunciarlo de cien modos distintos y aun contradictorios. No sé muy bien cómo decirle que el secreto es precioso y que ahora la ciencia, nuestra ciencia, me parece una mera frivolidad.
Agregó al cabo de una pausa:
— El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos.
El profesor le dijo con frialdad:
— Comunicaré su decisión al Concejo. ¿Usted piensa vivir entre los indios?
Murdock le contestó:
— No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia.
Tal fue, en esencia, el diálogo.
Fred se casó, se divorció y es ahora uno de los bibliotecarios de Yale.

 

 

Jorge Luis Borges
La forma de la espada
Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.
Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas… Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
—Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.
Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.
Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económicá’, profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C’est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.
El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza… Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.
Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.
Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.
—¿Y Moon? —le interrogué.
—Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.
Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.
—¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.

El sur

Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

 

 

 

Tres Rosas Amarillas

                                                                                                                               Por Raymond Carver (1938-1988)

 

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L’Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el “escándalo” del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave. “Reía y bromeaba como de costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía sangre en un aguamanil.”
Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.
“Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Maria en sus Memorias-. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones.” Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pulmones de Chejov (era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes puedan ver en qué consiste su dolencia). El contorno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. “Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas”, escribe Maria.
También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país (¿el hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al “núcleo de los allegados”, ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro (“¿Adónde le llevan sus personajes? -le preguntó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al trastero, y del trastero al diván”), apreciaba sus narraciones cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: “Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.” Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o dietario en aquel tiempo): “Estoy contento de amar… a Chejov.”
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov escribiría más tarde: “Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor…) cuya esencia y fines son algo arcano para nosotros… De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla.”
A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de “una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan”.
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: “Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: “No puedo hacer nada. Me iré en la primavera, con el deshielo.”” (El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba “engordando”, y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Badenweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba “mi poney”, y a veces “mi perrito” o “mi cachorro”. También le gustaba llamarla “mi pavita” o sencillamente “mi alegría”.
En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente despacho: “Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.” El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. “Chejov -escribe- subía a duras penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento.” De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con “una casi irreflexiva indiferencia”.
El doctor Schwohrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwohrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana. Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor Schwohrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: “Es probable que esté completamente curado dentro de una semana.” ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se encontraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir seis o siete líneas diarias. “Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.” Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó llamar al doctor Schwohrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del doctor Schwohrer . “Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio”, escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. “No debe ponerse hielo en un estómago vacío”, dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwohrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwohrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwohrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwohrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: “¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.”
El doctor Schwohrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwohrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. “¿Cuántas copas?”, preguntó el empleado. “¡Tres copas!”, gritó el médico en el micrófono. “Y dése prisa, ¿me oye?” Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moét a la habitación 211. “¡Y date prisa! ¿Me oyes?”
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwohrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwohrer . No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: “Hacía tanto tiempo que no bebía champaña… ” Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwohrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwohrer soltó la muñeca de Chejov. “Ha muerto”, dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwohrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schwohrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwohrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. “Ha sido un honor”, dijo el doctor Schwohrer . Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. “No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.”
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwohrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven- para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas. La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes extranjeros -dijo- podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas, dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto, ¿lo entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido… y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso… llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana -un jarrón lleno de rosas- destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un olor a formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Tomó el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.

 

 

El billete de lotería

Antón Chejov (1860 – Badenweiler, 1904)

 

Iván Dmitritch, un hombre de clase media que vivía con su familia y muy satisfecho con su suerte, se sentó en el sofá después de cenar y empezó a leer el periódico

-Hoy me olvidé de mirar el periódico -le dijo su esposa mientras levantaba la mesa-. Fíjate si están los resultados.

-Acá están -dijo Iván-, ¿pero no pasó ya el sorteo de ese billete?

-No, lo conseguí el martes.

-¿Cuál es el número?

-Serie 9.499, el número 26.

-Bueno… Vamos a ver… 9.499 y 26.

Iván Dmitritch no cree en el azar y no le interesa la lotería y, por lo general, no hubiera consentido revisar la lista de números premiados, pero ahora, como no tenía otra cosa que hacer y como el periódico estaba ante sus ojos, deslizó su dedo hacia abajo a lo largo de la columna de números. Y de inmediato, como una burla a su escepticismo, no más allá de la segunda línea, su mirada se fijó en la cifra 9.499. No pudo creer lo que veía, se apresuró a soltar la hoja en su regazo sin mirar el número del billete y, como si le hubieran tirado un balde de agua encima, sintió que el frío le llegó a la boca del estómago; una sensación terrible y dulce al mismo tiempo.

-¡Masha, 9.499, ahí está! -dijo con voz ahogada.

La mujer miró su gesto entre asombro y espanto, y se dio cuenta de que no estaba bromeando.

-¿9.499? -preguntó ella, palideciendo y dejando caer el mantel doblado sobre la mesa.

-Sí, sí…¡Realmente está ahí!

-¿Y el número del billete?

-¡Oh, sí! El número del billete también. No. ¡Espera! Quiero decir: de todos modos, ¡nuestro número de serie está allí! De todos modos, entiendes…

Mirando a su esposa, a Iván Dmitritch se le dibujó una sonrisa amplia, sin sentido, como un bebé cuando se le muestra algo brillante. Ella sonreída también. El hecho de anunciar la serie sin apurarse a encontrar el número del billete fue tan agradable para ella como para él. El tormento y la expectativa ante la esperanza de una posible fortuna es tan dulce, tan emocionante.

-Es nuestra serie -dijo por fin Iván, después de un largo silencio-. Así que es probable que hayamos ganado. Es sólo una probabilidad, ¡pero existe!

-Está bien, ahora míralo -reclamó ella.

-Espera un poco. Tenemos tiempo de sobra para decepcionarnos. Está en la segunda línea desde arriba, por lo que el premio es de setenta y cinco mil. Pero no solo es dinero, ¡es capital, poder! Y si en un momento miro la lista y ahí está el número 26… ¿qué me dices? ¿Oye, y si realmente hemos ganado?

Los esposos comenzaron a reírse, mirándose largamente el uno al otro en silencio. La posibilidad de ganar los desconcertaba. No podían ni siquiera soñar para qué necesitaban esos setenta y cinco mil, qué iban a comprar, a dónde irían. Sólo pensaban en las cifras 9.499 y 75.000, y en las imágenes que brotaban de su imaginación, pero por algún motivo no podían pensar en su propia felicidad, que era tan posible.

Iván Dmitritch caminó de un lado a otro, con el periódico en las manos, y sólo cuando se hubo recuperado de la primera impresión comenzó de a poco a dejarse llevar.

-¿Y si hemos ganado? -dijo- Será una nueva vida, un gran cambio. El billete es tuyo, pero si fuera mío, lo que haría en primer lugar, por supuesto, sería invertir veinticinco mil en una propiedad, como una finca. Diez mil para gastos inmediatos: muebles nuevos, pagar deudas y algún viaje. Los otros cuarenta mil irían al banco para ganar intereses.

-Sí, una finca, sería lindo -dijo su esposa, sentándose y dejando caer las manos en el regazo.

-En algún lugar en las provincias de Tula u  Oryol. Así no necesitaríamos una villa de verano, y además siempre supondrá algún ingreso.

En su imaginación comenzaban a amontonarse imágenes, cada una más agradable y poética que la anterior. Y en todas estas imágenes se veía satisfecho, sereno, sano, sentía calidez, incluso calor. Aquí está, después de comer un plato de verano, algo fresco, refrescante, se tiende de espaldas sobre la arena ardiente cerca de un arroyo o en el jardín bajo un árbol de limón.Hace calor.El niño y la niña juegan cerca, cavando en la arena o persiguiendo mariposas en la hierba. Él se duerme dulcemente, sin pensar en nada, sintiendo con todo el cuerpo que no necesita ir a la oficina hoy, mañana o pasado mañana. O, cansado de permanecer quieto, va al campo de heno, o al bosque de setas, o ve a los campesinos que capturan peces con una red. Cuando el sol se pone, él toma una toalla, jabón y va hasta el río por un baño, donde se desviste con parsimonia, frota largamente su torso desnudo con las manos, y finalmente se zambulle. Y en el agua, cerca de los opacos círculos jabonosos, pequeños peces revolotean y los nenúfares asienten con la cabeza. Después del baño hay té con crema de leche y panecillos. Por la tarde un paseo o una partida de cartas con los vecinos.

-Sí, sería bueno comprar una finca -dijo su esposa, soñando también, y su rostro revelaba que estaba sumergida en sus propios pensamientos.

Iván Dmitritch pensó en el otoño, con sus lluvias y sus noches frías, y también pensó en el verano. En esa época hace falta tomar paseos más largos por el jardín y a la vera del río, para refrescarse bien. Luego beber un gran vaso de vodka y comer una seta salada o un pepino en escabeche y después…beber otro trago. Los niños vienen corriendo de la huerta, trayendo zanahorias y rábanos con olor a tierra fresca.Y entonces puede estirarse en el sofá y hojear pausadamente una revista ilustrada, y cuando sienta somnolencia cubrir su rostro con la revista, desabrocharse el chaleco y entregarse al sueño.

El verano es seguido por un tiempo nublado y sombrío. Llueve día y la noche, los árboles desnudos lloran, el viento es húmedo y frío. Los perros, los caballos, las aves… todo está mojado, abatido, triste. Ya no hay paseos; por varios días no se puede salir y uno tiene que andar de un lado al otro de la habitación, mirando con desánimo en la ventana gris. Es deprimente.

Se detuvo un momento y miró a su esposa.

-Sabes, Masha, debería viajar al extranjero -le dijo.

Y comenzó a pensar en lo agradable que sería a finales de otoño visitar algún lugar al sur de Francia… Italia… la India.

-Sin duda, también me gustaría ir al extranjero -dijo su esposa-. ¡Pero mira el número del billete!

-Espera, espera.

Se paseó por la habitación y continuó pensando. Se dijo, ¿y si viajara con su mujer? Es agradable viajar solo o en compañía de mujeres sin preocupaciones y sin compromiso; esas que viven el momento presente, y no las que están continuamente pensando y hablando de los niños, temblando de consternación por cada céntimo. Iván Dmitritch imaginó a su esposa en el carro con una multitud de paquetes, cestos y bolsas. Todo el tiempo está suspirando por algo: quejándose de que el tren le produce dolor de cabeza, lamentando que ha gastado mucho dinero.En cada estación él tiene que correr por el agua caliente, el pan y la mantequilla.Almuerzo no hay porque es demasiado caro.

“Ella le reprocharía cada céntimo”, pensó mirando a su esposa, “porque el billete de lotería es suyo, no mío. Además, ¿para qué iría ella al extranjero? ¿Qué es lo que haría allí? Ella se encerraría en la habitación del hotel y no me quitaría la vista de encima. ¡Lo sé!”

Y por primera vez en su vida, vio que la mujer había envejecido, se había vuelto fea y estaba impregnada de olor a cocina; mientras que él era todavía joven, saludable, exuberante, incluso podría casarse de nuevo.

“Todo esto es absurdo, una tontería”, pensó. “¿Para qué iría ella al extranjero?  ¿Qué sabe ella de viajar? No importa, lo mismo iría… me lo imagino. Para ella sería lo mismo Nápoles que el pueblo de Klin. La tendría siempre en el medio, estorbando. Tendría que depender de ella para todo. Estoy seguro que en cuanto recibiera el dinero lo guardaría bajo siete llaves, como hacen las mujeres. Lo escondería de mí. Sería generosa con sus familiares y a mí me pediría cuentas de cada moneda.”

Iván Dmitritch se puso a pensar en esos parientes. Todos esos desdichados hermanos y hermanas, tías y tíos vendrían arrastrándose tan pronto como supieran del premio; llegarían lloriqueando como mendigos, adulando con sonrisas hipócritas y empalagosas. ¡Chusma desagradable! Si les das algo, pedirán más; si te niegas, maldecirán, jurarán y te desearán toda clase de desgracias. Iván imaginó a los parientes y sus caras, las que siempre había mirado con indiferencia, ahora le parecían odiosas, repugnantes. “Son canallas”, pensó.

Y el rostro de su esposa también le pareció irritante y repulsivo. En su corazón surgió un resentimiento contra ella, y pensó con malicia: “No entiende nada de dinero, por eso es mezquina. Si ganara el premio me daría cien rublos, y el resto quedaría bajo llave.”

Miró a su mujer, ya no con una sonrisa, sino con odio. Y ella lo miró a él y también en su mirada había ira y odio. Ella tenía sus propios sueños, sus propios planes, sus propios pensamientos y conocía perfectamente las ideas de su marido. Ella sabía que él sería el primero en avanzar sobre lo que había ganado. “Es agradable fantasear a costa de los demás”, se pudo leer en sus ojos. “¡No te atrevas!”

El marido entendió su mirada. El odio volvió a agitarse en su pecho y, para herir a su mujer, para desairarla, se apuró a buscar en la cuarta página del periódico y anunció triunfalmente:

-Serie 9.499, número 46. ¡No 26!

La esperanza y el odio desaparecieron de repente e inmediatamente Iván Dmitritch y su esposa encontraron la casa oscura, pequeña y sofocante; la cena que habían estado comiendo les hacía mal y pesaba en sus estómagos; las noches se tornaban largas y tediosas.

-¿Qué significa este infierno? -dijo Iván Dmitritch, con fastidio- Donde sea que piso hay trozos de papel, migas y cáscaras bajo mis suelas. ¡Nunca se barre este lugar! Necesito dejar esta casa y que el diablo me lleve de una vez. Voy a salir ahora mismo y donde encuentre el primer árbol, me colgaré.

 

 

Una bromita

Anton Chejov

 

Un claro mediodía de invierno… El frío es intenso, el hielo cruje, y a Nádeñka, que me tiene agarrado del brazo, la plateada escarcha le cubre los bucles en las sienes y el vello encima del labio superior. Estamos sobre una alta colina. Desde nuestros pies hasta el llano se extiende una pendiente, en la cual el sol se mira como en un espejo. A nuestro lado está un pequeño trineo, revestido con un llamativo paño rojo.

-Deslicémonos hasta abajo, Nadezhda Petrovna -le suplico-. ¡Siquiera una sola vez! Le aseguro que llegaremos sanos y salvos.

Pero Nádeñka tiene miedo. El espacio desde sus pequeñas galochas hasta el pie de la helada colina le parece un inmenso abismo, profundo y aterrador. Ya sólo al proponerle yo que se siente en el trineo o por mirar hacia abajo se le corta el aliento y está a punto de desmayarse; ¡qué no sucederá entonces cuando ella se arriesgue a lanzarse al abismo! Se morirá, perderá la razón.

-¡Le ruego! -le digo-. ¡No hay que tener miedo! ¡Comprenda, de una vez, que es una falta de valor, una simple cobardía!

Nádeñka cede al fin, y advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida. La acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo. El trineo vuela como una bala. El aire hendido nos golpea en la cara, brama, silba en los oídos, nos sacude y pellizca furibundo, quiere arrancar nuestras cabezas. La presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, afilando, nos arrastra al infierno. Los objetos que nos rodean se funden en una solo franja larga que corre vertiginosamente… Un instante más y llegará nuestro fin.

-¡La amo, Nadia! -digo a media voz.

El trineo comienza a correr más despacio, el bramido del viento y el chirriar de los patines ya no son tan terribles, la respiración no se corta más y, por fin, estamos abajo. Nádeñka llegó más muerta que viva. Está pálida y apenas respira… La ayudo a levantarse.

-¡Por nada del mundo haría otro viaje! -dice mirándome con ojos muy abiertos y llenos de horror-. ¡Por nada del mundo! ¡Casi me muero!

Al cabo de un rato vuelve en sí y me dirige miradas inquisitivas. ¿Fui yo quien dijo aquellas tres palabras o simplemente le pareció oírlas en el silbido del remolino? Yo fumo a su lado y examino mi guante con atención.

Me toma del brazo y comenzamos un largo paseo cerca de la colina. El misterio por lo visto no la deja en paz. ¿Fueron dichas aquellas palabras o no? ¿Sí o no? Es una cuestión de amor propio, de honor, de vida, de dicha; una cuestión muy importante, la más importante en el mundo. Nádeñka vuelve a dirigirme su mirada impaciente, triste, penetrante, y contesta fuera de propósito, esperando que yo diga algo. ¡Oh, qué juego de matices hay en este rostro simpático! Veo que está luchando consigo misma, que tiene necesidad de decir algo, de preguntar, pero no encuentra las palabras, se siente cohibida, atemorizada, confundida par la alegría…

-¿Sabes una cosa? -dice sin mirarme.

-¿Qué?- le pregunto.

-Hagamos… otro viajecito.

Subimos por la escalera. Vuelvo a acomodar a la temblorosa y pálida Nádeñka en el trineo y de nuevo nos lanzamos en el terrible abismo; de nuevo brama el viento y zumban los patines; y de nuevo, al alcanzar el trineo su impulso más fuerte y ruidoso, digo a media voz:

-¡La amo, Nadia!

Cuando el trineo se detiene, Nádeñka contempla la colina por la que acabamos de descender; luego clava su mirada en mi cara, escucha mi voz, indiferente y desapasionada, y toda su pequeña figura, junto con su manguito y su capucha, expresa un extremo desconcierto. Y su cara refleja una serie de preguntas: “¿Cómo es eso? ¿Quién ha pronunciado aquellas palabras? ¿Ha sido él o me ha parecido oírlas y nada más?”

La incertidumbre la torna inquieta, la pone nerviosa. La pobre muchacha no contesta mis preguntas, frunce el ceño, está a punto de llorar.

¿Será hora de irnos a casa? -le pregunto.

-A mi… a mi me gustan estos viajes en trineo -dice, ruborizándose-. ¿Haremos uno más?

Le “gustan” estos viajes, pero al sentarse en el trineo, palidece igual que antes, tiembla y contiene el aliento.

Descendemos por tercera vez, y noto cómo está observando mi cara y mis labios. Pero yo me cubro la boca con un pañuelo, y toso, y al llegar a la mitad de la colina alcanzo a musitar:

-¡La amo, Nadia!

Y el misterio sigue siendo misterio. Nádeñka guarda silencio, piensa en algo… Nos retiramos de la pista y ella trata de aminorar la marcha, esperando siempre que yo diga aquellas palabras. Veo cómo sufre su corazón y cómo ella se esfuerza para no decir en voz alta: “¡No puede ser que las haya dicho el viento! ¡Y no quiero que haya sido el viento!”

A la mañana siguiente recibo una esquela:

“Si usted va hoy a la pista de patinaje, venga a buscarme. N.”

Y a partir de ese día voy con Nádeñka a la pista todos los días y, al precipitarnos hacia abajo en el trineo, cada vez pronuncio a media voz siempre las mismos palabras:

-¡La amo, Nadia!

En poco tiempo, Nádeñka se habitúa a esta frase, como uno se habitúa al vino o a la morfina. Ya no puede vivir sin ella. Es verdad que siempre le da miedo deslizarse por la colina helada, pero ahora el miedo y el peligro otorgan un encanto especial a las palabras de amor, palabras que constituyen un misterio y oprimen dulcemente el corazón. Los sospechosos son siempre dos: el viento y yo… Ella no sabe quién de los dos le declara su amor, pero ello, por lo visto, ya la tiene sin cuidado; poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado.

Una vez, al mediodía, fui solo a la pista: mezclado con la multitud, vi a Nádeñka acercarse a la colina y buscarme con los ojos… Tímidamente sube a la escalera… Le da mucho miedo viajar sola, ¡oh, qué miedo! Está blanca como la nieve y tiembla como si se dirigiera a su propia ejecución. Pero va decidida, sin mirar para atrás. Por lo visto, ha decidido probar, al fin: ¿Se oyen aquellas sorprendentes y dulces palabras cuando yo no estoy? La veo colocarse en el trineo, pálida, con la boca abierta por el miedo, cerrar los ojos y emprender la marcha, después de despedirse para siempre de la tierra. “Zsh-zsh-zsh-zsh”… Zumban los patines. Si Nádeñka está oyendo aquellas palabras o no, no lo sé… La veo levantarse del trineo exhausta, débil. Y se ve por su cara que ella misma no sabe si ha oído algo o no. Mientras estuvo deslizándose hacia abajo, el miedo le quitó la capacidad de escuchar, de distinguir sonidos, de entender…

Y he aquí que llega el primaveral mes de marzo… El sol se torna más cariñoso. Nuestra montaña de hielo se oscurece, pierde su brillo y por fin se derrite. Nuestros viajes en trineo se interrumpen. La pobre Nádeñka ya no tiene dónde escuchar aquellas palabras y además no hay quien las pronuncie, puesto que el viento se ha aquietado y yo estoy por irme a Petersburgo por mucho tiempo, quizá para siempre.

Unos días antes de mi partida al anochecer, estoy sentado en el jardín. Este jardín está separado de la casa de Nádeñka por una alta palizada con clavos… Aún hace bastante frío, en los rincones del patio exterior hay nieve todavía, los árboles parecen muertos; pero ya huele a primavera y los grajos, acomodándose para dormir, desatan su último vocerío de la jornada. Me acerco a la empalizada y durante largo rato miro por una hendidura. Veo a Nádeñka salir al patio y alzar su triste y acongojada mirada al cielo… El viento de primavera sopla directamente en su pálido y sombrío rostro… Le hace recordar aquel otro viento que bramaba en la colina dejando oír aquellas tres palabras, y su cara se pone triste, muy triste, y una lágrima se desliza por su mejilla. La pobre muchacha extiende ambos brazos como suplicando al viento que le traiga una vez más aquellas palabras. Y yo, al llegar una ráfaga de viento, digo a media voz:

-¡La amo, Nadia!

¡Por Dios, hay que ver lo que sucede con Nádeñka! Deja escapar un grito y con amplia sonrisa tiende sus brazos hacia el viento, alegre, feliz, tan bella.

Y yo me voy a hacer las maletas. Esto sucedió hace tiempo. Ahora Nádeñka está casada con el secretario de una institución tutelar y tiene ya tres hijos. Pero nuestros viajes en trineo y las palabras “La amo, Nadia”, que le llevaba el viento, no están olvidadas, para ella son el recuerdo más feliz, más conmovedor y más bello de su vid. Mientras que yo, ahora que tengo más edad, ya no comprendo para qué decía aquellas palabras. Para qué hacía aquella broma…

 

 

Matar a un Niño

Stig Dagerman (1923-1954)

 

Es un día suave y el sol sale sobre los campos en el valle. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos niños encontraron una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos del valle brillan los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a espejos apoyados en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el desayuno, tarareando, y los niños están sentados en el suelo abrochándose las camisas. Es la mañana agradable de un día aciago, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Sin embargo el niño todavía está sentado en el suelo abrochándose la camisa. Y el hombre que se afeita todavía habla del día por delante, del paseo en bote por el riachuelo. Y la mujer que todavía tararea pone el pan, recién cortado, en un plato azul.

Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor de nafta en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira a través del lente de su cámara y encuadra un pequeño auto azul y una mujer joven parada al lado, riéndose. Mientras la mujer ríe y el hombre toma la encantadora fotografía, el empleado de la estación de servicio ajusta la tapa del tanque. Les dice que el día está bonito para pasear. La mujer entra al auto, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo. Le cuenta al empleado que están yendo al mar. Le dice que cuando lleguen al mar van a alquilar un bote y van a remar lejos, muy lejos. A través de la ventana abierta, la mujer en el asiento de copiloto escucha lo que él dice. Se reclina en el asiento y cierra los ojos. Y con los ojos cerrados ve el mar y al hombre que está a su lado en un bote. No es un hombre malo, es despreocupado y feliz. Antes de entrar en el auto se para un instante frente al radiador que centellea al sol, y disfruta del perfume mezclado a nafta y lilas. Ninguna sombra cae sobre el auto, y el brillante paragolpes no tiene ninguna abolladura, ni está rojo de sangre.
Pero justo cuando en el primer pueblo el hombre se sube al auto y cierra la puerta y se inclina para meter la llave en el arranque, la mujer del tercer pueblo abre su alacena y descubre que no tiene azúcar. El niño, que ya terminó de abrocharse la camisa y ya se ató los cordones, se arrodilla en el sofá y mira el riachuelo que serpentea entre los alisos, se imagina el bote negro varado en el pasto de la orilla. El hombre que perderá a su hijo ya terminó de afeitarse y está, en ese momento, plegando el espejo portátil. Las tazas de café, el pan, la crema y las moscas, todo tiene su lugar en la mesa. Sólo falta el azúcar.  Así que la madre le dice a su hijo que corra a lo de los Larsson y les pida prestada un poco. Mientras el niño abre la puerta, el hombre le grita que se apure, porque el bote los está esperando en la orilla del riachuelo, y hoy van a remar lejos, más lejos que nunca. Cuando el niño corre a través del jardín, no puede pensar en ninguna otra cosa que no sea el riachuelo y el bote y los peces que saltan. Y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote va a quedarse allí donde está todo el día y durante muchos días por venir.

No es lejos lo de los Larsson: es ahí nomás, del otro lado del camino. Y justo cuando el niño está cruzando el camino, el pequeño auto azul acelera atravesando el segundo pueblo. Es un pueblo pequeño con modestas casas rojas y gente recién levantada que está en su cocina con las tazas de café en la mano. Miran por sobre sus cercas y ven el auto que pasa a toda velocidad, dejando una nube de polvo tras de sí. El auto va  rápido, y el hombre al volante alcanza a ver destellos de manzanos y postes de teléfono recién alquitranados pasando a toda velocidad como sombras grises. El verano sopla a través de las ventanillas y mientras se alejan velozmente del segundo pueblo, el auto se aferra al camino, firme, seguro. Están solos en el camino, todavía. Es pacífico viajar completamente solos por un camino ancho. Y cuando entran en la planicie abierta, la sensación de paz es más profunda aún. El hombre está contento y se siente fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de la mujer. No es un hombre malo. Está apurado por llegar al mar. No lastimaría ni a la criatura más insignificante, sin embargo,  pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, la mujer otra vez cierra los ojos y juega a que no los abrirá hasta que puedan ver el mar. Al compás del suave balanceo del auto, sueña con la marea calma, con la superficie espejada del mar.
Porque la vida está construida de una manera tan cruel, hasta un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía puede estar totalmente relajado, y solo un minuto antes de que una mujer grite de horror puede cerrar los ojos y soñar con el mar, y durante el último minuto de la vida de ese niño sus padres pueden estar sentados en una cocina esperando el azúcar,  y hablar felizmente sobre los dientes blancos del niño y sobre el paseo en bote que tienen planeado, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a cruzar, con algunos terrones de azúcar envueltos en papel blanco en la mano derecha; y durante todo ese último minuto no ve otra cosa que un riachuelo limpio con grandes peces y un bote ancho con remos silenciosos.
Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un auto azul parado en la banquina, y una mujer que grita se saca la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un auto y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de horror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la grava, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara apretada pesadamente contra el camino. Después, dos personas lívidas que todavía no tomaron su café, se acercan corriendo a través de  la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán. Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada. Y cura igual de mal la angustia de un hombre que estuvo feliz y que mató un niño.

Porque el hombre que  mató a un niño, no va al mar. El hombre que mató a un niño maneja despacio de vuelta a su casa, en silencio. Y a su lado va sentada una mujer muda con la mano vendada.  Y mientras pasan de vuelta por los pueblos, no ven una sola cara amable —todas las sombras, en todas partes, son muy oscuras. Y cuando se separan lo hacen en el silencio más profundo. Y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero también sabe que esto es mentira. Y en los sueños interrumpidos de sus noches tratará, en vez, de recuperar un solo minuto de su vida, para de alguna manera cambiar ese único minuto.
Pero tan cruel es la vida con el hombre que mató a un niño, que después todo es demasiado tarde.

Traducido por Inés Garland

 

 

Gabriel García Márquez
(1928—2014)
La siesta del martes
El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
—Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
—Ponte los zapatos—dijo.
La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
—Péinate —dijo.
El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
—Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandecía en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
—Necesito al padre —dijo.
—Ahora está durmiendo.
—Es urgente —insistió la mujer.
—Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
—¿Qué se les ofrece? —preguntó.
—Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
—Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
—¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
—La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
—¿Quién?
—Carlos Centeno —repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
—Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
—De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
—Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
—Firme aquí.
La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
El párroco suspiró.
—¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
—Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó inalterable:
—Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
—Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
—Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.
—La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
—Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
—¿Qué fue? —preguntó el.
—La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
—Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
—Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
—Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
—Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

 

 

Evelyn

James Joyce (1882 – 1941)

 

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada. Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar. ¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso: -En la actualidad está en Melbourne. Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba. -Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando? -Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor. No lloraría mucho por tener que dejar la tienda. Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest,

porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable. Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones. -Conozco a esos marineros… -dijo. Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado. La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños. El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del

otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma. -¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz! Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas: -¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría. *** Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano. -¡Ven! Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro. -¡Ven! ¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia. -¡Eveline! ¡Evy! Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

 

 

 

 

El geranio

Flannery O¨Connor  ( 1925- 1964)

 

El viejo Dudley se tumbó en la silla, que poco a poco se iba moldeando a su figura, y miró por la ventana hacia otra ventana enmarcada por ladrillo rojo ennegrecido que había a medio metro de distancia. Estaba esperando el geranio. Lo sacaban todas las mañanas alrededor de las diez y lo volvía a meter a las cinco y media. La parte de atrás de la casa de la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Había muchos geranios en casa, y más bonitos. Los nuestros sí que son geranios, pensó el señor Dudley. Ninguno de ellos es de ese color rosa pálido, ni tiene lazos de papel verde. El geranio que ponía en la ventana le recordaba al chico de los Grisby de su pueblo, que tenía la polio y lo tenían que sacar todas las mañanas para que le diera el sol. Lutish podía haber cogido aquel geranio, plantarlo en la tierra y en unas pocas semanas sería un geranio digno de ser admirado. Aquella gente del otro lado del callejón no sabía cómo cuidar un geranio. Lo sacaban y dejaban que se achicharrara al sol todo el día, y lo ponían tan cerca del filo de la ventana, que el viento podría fácilmente tirarlo. No sabían cómo cuidar aun geranio. El viejo Dudley sintió un nudo en la garganta. Lutish podía hacer crecer cualquier cosa. Rabie también. La garganta se le quedó seca. Echó la cabeza hacia atrás e intentó aclarar su mente. No se le ocurrían muchas cosas que pensar que no le hicieran sentir su garganta de ese modo. Su hija entró en la habitación. — ¿No quieres salir a dar un paseo? —preguntó. Parecía irritada. Él no contestó. — ¿No quieres?

– No —respondió él. Él se preguntó cuánto tiempo se iba a quedar allí. Ella hizo que sintiera en los ojos lo mismo que en la garganta. Se le iban a poner lagrimosos y ella lo vería. Ya lo había visto antes así y se había compadecido de él. También se compadecía de sí misma; pero ella podía habérselo evitado a sí misma, pensó el viejo Dudley, si lo hubiera dejado solo o si lo dejara volver al lugar de donde había venido, a casa, y no estuviera tan obsesionada con su maldito deber. Ella salió de la habitación con un sonoro suspiro que lo hizo sentirse humillado al recordarle otra vez aquel momento –del que ella no tuvo ninguna culpa- en que de repente quiso ir a vivir con su hija. Podía no haber ido. Podía haberse puesto rejego y decirle que quería pasar su vida donde siempre la había pasado, aunque no le mandara dinero todos los meses. Podía haber continuado con su pensión y algunos trabajitos. Que se guardara su maldito dinero, ella lo necesitaba más que él. Su hija se hubiera alegrado de librarse así de esa obligación. Entonces, si se moría sin sus hijos cerca, ella hubiera podido decir que había sido sólo culpa de él; si se ponía enfermo y no había nadie que lo cuidara, pediría ayuda, habría dicho ella. Pero tenía dentro el deseo interior de ver Nueva York. Había estado una vez en Atlanta cuando era pequeño y había visto Nueva York en una película, “El ritmo de la gran ciudad”. Las ciudades grandes eran sitios importantes. El deseo interior que tenía lo dominó por un instante. ¡El lugar que había visto en la película tenía sitio para él! Era un lugar importante y “tenía sitio para él”. Dijo que sí, que sí iría. Debió de estar enfermo cuando lo dijo. No pudo haber estado bien y decirlo. Él estaba enfermo y ella estuvo tan obsesionada con su maldito deber que lo había convencido. En primer lugar, ¿por qué tuvo ella que ir allí a molestarlo? Él había obrado correctamente. Tenía su pensión para alimentarse y trabajitos que le permitían pagar su habitación. Por la ventana de aquella habitación podía ver el río, turbio y enrojecido cuando luchaba con las rocas alrededor de las curvas que encontraba en su recorrido. Trató de recordar cómo era, además de rojizo y lento. Recordó también las manchas verdes de los árboles a ambos lados del río y la pequeña zona marrón llena de basura que había en algún lugar río arriba. Él y Rabie iban a pescar en una chalana todos los miércoles. Rabie conocía de arriba abajo más de treinta kilómetros del río. No había en el condado de Coa ningún negro que lo conociera como él. A Rabie le encantaba el río, mientras que para el viejo Dudley no significaba nada. Lo que le interesaba al viejo Dudley eran los peces. Le gustaba llegar a casa por la noche con muchos peces y echarlos al fregadero. —Aquí traigo un poco de pescado —solía decir. Y las mujeres de la pensión siempre decían: —Sólo un “hombre” puede pescar todos esos peces. Él y Rabie salían los miércoles por la mañana temprano y se quedaban pescando todo el día. Rabie buscaba el sitio donde debían pescar y el viejo Dudley era el que lo hacía. A Rabie no le importaba mucho si conseguían o no atrapar a los peces; lo que le gustaba era el río.  -Es inútil que intente pescar usted, jefe —decía—. Por aquí no hay peces. Este viejo río no esconde ningún pez en este lugar. Es inútil. Y se reía tontamente y dirigía el bote río abajo. Así era Rabie. Con una mirada rápida podía saber dónde estaban los peces. El viejo Dudley siempre le daba los pequeños a él. El viejo Dudley había vivido en la habitación de la esquina de la planta de arriba de la pensión desde que murió su esposa en 1922. Él protegía a las señora

mayores. Era el hombre de la casa. Por la noche era un trabajo aburrido, cuando las ancianas parloteaban y hacían ganchillo en el salón y el hombre tenía que escuchar y juzgar las discusiones que solían entablar. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutish vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto; pero era un experto en escabullirse con el trabajo a medio hacer para irse a ayudar al viejo Dudley en el proyecto que tuviera en ese momento, como hacer un gallinero o pintar una puerta. Le gustaba escuchar, le gustaba escuchar cosas de Atlanta, de cuando en cuando el viejo Dudley estuvo allí, de cómo se montaban las escopetas y de todas las cosas que sabía el viejo Dudley. Algunas veces, por la noche, se iban a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ninguna, pero al viejo Dudley le gustaba librarse de estar con las señoras d vez en cuando, y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba la caza de zarigüeyas. Nunca había cazado ninguna; ni siquiera habían conseguido tener a ninguna cerca; y además era un negro de agua. —No vamos a ir a cazar zarigüeyas esta noche, ¿verdad, jefe? Tengo que atender un pequeño asunto —decía Rabie cuando el viejo Dudley empezaba a hablar de perros de caza y de escopetas. — ¿A quién vas robarle las gallinas esta noche? — solía decir el viejo Dudley con una sonrisa. — Creo que esta noche iré a cazar zarigüeyas —solía contestar Rabie suspirando. El viejo Dudley solía sacar su escopeta y desmontarla y, como era Rabie quien limpiaba las piezas, el viejo le explicaba el mecanismo. Después las montaba de nuevo. Rabie siempre se maravillaba de la forma en que las volvía a montar. Al viejo Dudley le habría gustado enseñarle a Rabie Nueva York. Si hubiera podido mostrársela, no le hubiera parecido tan grande, no se hubiera sentido aprisionado cada vez que salía. — No es tan grande —hubiera dicho—. No dejes que te desanime, Rabie. Es como cualquier otra ciudad, y las ciudades no son nada complicadas. Pero sí lo eran. Nueva York era ruidoso y lleno de atascos un minuto, y sucio y muerto al minuto siguiente. Su hija ni siquiera vivía en casa. Vivía en un edificio, a mitad de una fila de edificios todos iguales, todos de color rojo ennegrecido y gris, con gente que hacía un ruido desapacible, que se asomaban a las ventanas para ver las ventanas de otros, y esos otros, que eran también iguales, los miraban a su vez a ellos. Dentro podías subir y podías bajar, y sólo había pasillos que recordaban cintas métricas con una puerta cada tres centímetros. Recordaba que la primera semana el edificio le aturdía. Se despertaba temiendo que los pasillos hubieran cambiado durante la noche y se extendieran como canódromos mientras él buscaba su puerta. Las calles eran iguales. Él se preguntaba dónde llegaría si caminara hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que no terminaba en ningún sitio. A la semana siguiente de estar allí era más consciente de la presencia de su hija, de su yerno y del hijo: no había ningún sitio para poder estar lejos de ellos. Su yerno era un tipo raro. Conducía un camión y sólo volvía a casa sólo los fines de semana. Decía “na” en lugar de “no” y nunca había oído hablar de las zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en la habitación con el hijo, que tenía dieciséis años y al que no se le podía hablar. Pero algunas veces, cuando la hija y el viejo Dudley estaban solos en el departamento ella se sentaba con él y le hablaba. Primero ella tenía que pensar el algo que decirle. Normalmente empezaba diciéndole lo que consideraba que sería una hora razonable de levantarse o se hacer cualquier otra cosa, a lo que él se veía obligado a contestar. Él intentaba pensar en algo que no hubiera dicho antes, porque ella nunca lo escuchaba por segunda vez. Estaba contenta de que su padre pasara sus últimos días con su familia y no en una pensión ruinosa llena de viejas con las que a veces idas. Estaba cumpliendo con su deber y tenía hermanos y hermanas que no lo estaba haciendo. Una vez se lo llevó de compras con ella, peo era demasiado lento. Fueron en un “metro”, un tren que iba bajo tierra a través de lo que parecía una cueva

larga. La gente salía toda apretujada de los trenes, subía las escaleras y llegaba a la calle. Luego iba muy deprisa por la calles, bajaba las escaleras y se montaba de nuevo en los trenes – personas negras, amarillas, blancas, todos mezclados como la verdura de la sopa-. Todo hervía. Los trenes atravesaban túneles, iban por encima de canales y, de repente, paraban. La gente que bajaba abría camino a empujones entre la gente que subía, sonaba un ruido y luego el tren se ponía en marcha de nuevo. El viejo Dudley y su hija tuvieron que coger tres diferentes para llegar al lugar donde iban. Él se preguntaba por qué la gente salía de sus casas. Sentía como si la lengua se le deslizara hacia el estómago. Su hija lo tomaba de la manga del abrigo y tiraba de él para que se pudiera mover entre la gente. Se montaron también en un ferrocarril elevado. Tuvieron que subir a un andén alto para cogerlo. El viejo Dudley miró la vía y vio por debajo de él gente y coches que iban muy deprisa. Se sintió mareado. Puso una mano en la vía y se dejó caer en el suelo del andén .La hija chilló y tiró de él para separarlo del borde. — ¿Es que quieres caerte y matarte? — gritó. A través de una grieta de las tablas de madera, veía los coches dando vueltas en la calle. — No me importa —murmuró—. Me da igual si me muero o no. — Vamos —dijo ella—. Te sentirás mejor cuando lleguemos a casa. — ¿A casa? —repitió el viejo. Los coches se movían rápidamente debajo de él. — Vamos —dijo ella—. Aquí llega; tenemos el tiempo justo. Y se montaron. Regresaron al edificio y al apartamento. El apartamento era demasiado pequeño. No había sitio donde no hubiera alguien más. La cocina comunicaba con el cuarto de baño, y el cuarto de baño comunicaba con todo lo demás, y siempre estabas donde empezaste. En el pueblo había una parte de arriba y un sótano, y un río, y en el centro, delante de los Fraziers… condenada garganta suya. El geranio llegaba tarde. Eran ya las diez y media y normalmente lo sacaban a las diez y cuarto. Abajo, en algún lugar del pasillo, una mujer gritaba algo inteligible dirigiéndose a la calle; se oía un radio con la música anticuada de una novela radiofónica; un depósito de basura chocó con gran estrépito contra la escalera de incendios de algún edificio cercano. La puerta del apartamento de al lado dio un portazo y se oyeron unas fuetes pisadas recorriendo rápidamente el pasillo. — Ése debe de ser el negro —murmuró el viejo Dudley—. El negro de los zapatos brillantes. Él estaba ya allí la semana en que el negro se instaló. Ese jueves estaba asomado a la puerta mirando un perro que corría por el pasillo, cuando ese negro entró en el apartamento de al lado. Llevaba puesto un traje de rayas gris y una corbata marrón. El cuello de su camisa estaba almidonado y muy blanco, lo que marcaba una línea bien definida en contraste con el negro de la piel de su cuello. Sus zapatos eran marrones y muy brillantes y hacían juego con su corbata y con su piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No podía imaginar el tipo de persona que, viviendo en un edificio como ese, se pudiera permitir un lujo de tener criados. Se río entre dientes. ¡De cuanta utilidad le iba a ser un negro vestido de domingo! A lo mejor ese negro conocía el campo de los alrededores o al menos cómo se podía ir allí. Podrían ir a cazar. Podrían encontrar un arroyo en algún lugar cercano. Cerró la puerta y se dirigió a la

habitación de su hija. — ¡Oye! —gritó—. Los del apartamento de al lado tienen un negro. Debe de ser para que les limpie la casa. ¿Crees que trabajará aquí todos los días? Su hija estaba haciendo la cama y levantó la vista para mirarlo. — ¿De qué estás hablando? —preguntó. — Digo que los del apartamento de al lado tienen un criado, un negro, muy arreglado con un traje de domingo —dijo el viejo Dudley. Su hija se dirigió al otro lado de la cama. — Debes estar loco —dijo ella—. El apartamento de al lado está libre, y además nadie de por aquí se puede permitir el lujo de tener un criado. — Te digo que lo he visto —dijo riéndose disimuladamente—, yendo hacia la derecha, con una corbata, con una camisa con el cuello blanco y unos zapatos de puntera fina. — Si ha entrado allí, será que está viéndolo para ver si le gusta para él —murmuró su hija. Se dirigió al tocador y empezó a juguetear con algunas cosas. El viejo Dudley se rió. Cuando quería podía ser realmente divertida. — Bueno —dijo él—. Creo que iré a ver qué día tiene libre. A lo mejor lo convenzo de que le gusta pescar. Se dio una palmada en el bolsillo para hacer que sonaran las dos monedas de veinticinco centavos que tenía en él. Antes de que saliera al pasillo, ella se fue llorando detrás y tiró de él para adentro. — ¿Es que estás sordo? —gritó—. He hablado en serio. Si ha entrado ahí será para alquilarlo para él. No vayas allí a hacerle preguntas o decirle nada. No quiero ningún problema con los negros. — ¿Quieres decir que va a vivir en la puerta de al lado de la tuya? —murmuró el viejo Dudley. Ella se encogió de hombros. — Supongo que sí, Y tú ocúpate de tus asuntos —añadió—. No quiero que tengas ningún contacto con él. Así es como ella le habló, como si fuera un tonto. Pero entonces él la riñó .Le dijo lo que pensaba, y ella sabía lo que quería decir. — ¡Tú no has sido educada de esa manera!—dijo enfadado—. No has sido educada para vivir al lado de negros que piensen que son iguales que nosotros. ¡Y te crees que yo podría estar entreteniéndome con un negro de esa clase! Estás loca si piensas que yo quiero tener algo que ver con él. Tuvo que empezar a hablar más despacio porque la garganta le estaba molestando. Ella se puso muy derecha y dijo que vivían donde podía permitirse vivir y se conformaban. ¡A ella que no le sermoneara! Luego se fue muy digna, sin decir ni una palabra más. Así era ella. Intentando ser santa, con los hombros encorvados y el cuello levantado. Como si fuera tonta. Sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal de sus casas y dejaban que se sentaran en sus sofás, pero no sabía que su propia hija, que había sido educada adecuadamente, pudiera vivir en la puerta de al lado de donde vivían ellos, y además pensar que él no tenía el suficiente sentido común como para querer mezclarse con ellos. ¡Él!. Se levantó y cogió un periódico que había encima de otra silla. Quería que pareciera que estaba leyendo cuando su hija entrara de nuevo. Era inútil tenerla allí de pie mirándolo, pensando que tenía que inventar algo que él pudiera hacer. Miró por encima del periódico a la ventana del otro lado del callejón. El

geranio todavía no estaba allí. Nunca anteriormente lo habían sacado tan tarde. El primer día que lo vio, había estado sentado allí, mirando desde su ventana a la ventana de enfrente, y había mirado el reloj para ver cuánto tiempo quedaba para el desayuno. Cuando levantó la vista, estaba allí. Le sorprendió. A él no le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía al chico enfermo de los Grisby de su pueblo y tenía el color de las cortinas que las ancianas tenían en el salón de la pensión, y el lazo de papel que tenía el geranio se parecía al que tenía en la espalda Lutish en el uniforme de los domingos. Lutish era muy aficionada a los fajines. La mayoría de los negros lo eran, pensó el viejo Dudley. La hija entró otra vez en la habitación. Él hizo como si estuviera leyendo el periódico. — ¿Me puedes hacer un favor? —preguntó, como si se acabara de inventar un favor que él le pudiera hacer. Esperaba que no quisiera que fuera de nuevo a la tienda abarrotes. La vez anterior se había perdido. Todos los condenados edificios parecían iguales. Él asintió con la cabeza. — Baja a la tercera planta y dile a la señora Schmit que te preste el patrón de camisa que usa para Jake. ¿Por qué no podía dejarlo sentado? No necesitaba para nada el patrón de la camisa. — De acuerdo —dijo—. ¿Qué número es? El número 10, igual que éste. Tres plantas más abajo justo debajo de nosotros. El viejo Dudley siempre temía que al salir al canódromo se abriera de pronto una puerta y uno de los hombres de los que solían asomarse a la ventana en camiseta interior le gruñera; “¿Qué está haciendo aquí?” La puerta del apartamento del negro estaba abierta y pudo ver a una mujer sentada en una silla junto a la ventana. —Negros yanquis —murmuró. La mujer llevaba puestas unas gafas sin montura y tenía un libro sobre la falda. Los negros creen que no están bien vestidos si no se ponen unas gafas, pensó el viejo Dudley. Se acordó de las de Lutish. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Fue al oculista y le dijo que le examinara los ojos y que le dijera que tan gordos debía comprarse los lentes. El oculista la hizo mirar dibujos de animales a través de un cristal, le acercó una luz a los ojos y miró dentro de su cabeza. Luego le dijo que no necesitaba anteojos. Estaba tan furiosa que quemó el pan de maíz tres días seguidos, pero de todas formas se compró unas gafas en la tienda. Sólo le costaron un dólar noventa y ocho y las llevaba puestas todos los domingos. “Los negros eran así”, pensó el viejo Dudley soltando una risita. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se cubrió la boca con la mano. Alguien lo podía oír en alguno de los apartamentos. Bajó el primer tramo de escaleras. Cuando iba por el segundo, oyó pasos que subían. Miró por encima de la barandilla y vio que era una mujer, una mujer gorda con un delantal puesto. Desde arriba, se parecía a la señora Benson de su pueblo. Se preguntó si hablaría con él. Cuando estaban a cuatro escalones de distancia, él la miró, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en las escaleras, el viejo bajo la vista por un momento y vio que ella lo estaba mirando a la cara. Pasó por delante de él y no le dijo ni una palabra. Sintió una opresión en el estómago. Bajó cuatro tramos de escaleras en lugar de tres. Luego volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmit dijo que sí, que esperara un momento y le daría su patrón. En lugar de salir ella, mandó a la puerta a uno de sus hijos para que se lo diera. El niño no le dio nada. El viejo Dudley empezó a subir a escaleras. Tuvo que hacerlo más despacio porque se cansaba. Parecía que todo lo cansaba. No era cuando tenía a Rabie, que le hacía los recados. Rabie era un negro ligero de pies. Podía entrar a hurtadillas, y coger el pollo más gordo sin que los animales hicieran ningún ruido. Y

también era rápido. Dudley siempre había sido muy lento de pies. Pasaba eso con las personas gordas. Se acordó de una vez que él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Tenían un perro de caza que podía encontrar una bandada de codornices más rápidamente que ningún otro perro. Aunque no se le daba bien traerlas, podía encontrarlas siempre y luego se quedaba quieto como muerto mientras tú apuntabas a los pájaros. Esa vez el perro se quedó totalmente inmóvil. —Va a ser una bandada enorme —dijo Rabie—, lo presiento. El viejo Dudley levantó lentamente la escopeta mientras seguían caminando. Tenía que tener cuidado con las agujas de los pinos, que cubrían todo el suelo y lo hacía resbaladizo. Rabie se movía de un lado a otro, levantando los pies y posándolos de nuevo sobre las agujas con cuidado, de una manera inconsciente. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia el frente y con el otro hacia el suelo. Si se encontraba una pendiente, podía resbalar peligrosamente hacia delante y, si había una elevación del terreno, podía caer para atrás. — ¿No sería mejor que esta vez me encargara yo de matar a lo pájaros, jefe? —sugirió Rabie—. Nunca ha tenido usted mucha estabilidad en los pies los lunes. Si se cae en una de esas pendientes, se le a va disparar la escopeta y va a espantar a todos los pájaros. Pero el viejo Dudley quería encontrar la bandada. Podía cazar fácilmente cuatro de ellos. — los cazaré —murmuró, Se acercó la escopeta al ojo y se inclinó hacia delante. Pero resbaló con algo y cayó de espaldas. La escopeta se le disparó y la bandada se dispersó por el aire. — Esos pájaros eran unas buenas piezas y los hemos dejado escapar —dijo Rabie suspirando. — Encontraremos otra bandada — dijo el viejo Dudley—. Ahora sácame de este maldito hoyo. Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Les podría haber disparado como a latas colocadas encima de una valla. Se llevó una mano a la oreja y la otra la extendió hacia delante. Podía haberlos alcanzado como a pichones de barro. ¡Bang! Un crujido de la escalera lo hizo caer, sujetando todavía con las manos la invisible escopeta. El negro empezó a subir escalones en dirección a sonde estaba él, con una divertida sonrisa que agrandaba su cuidado bigote. Al viejo Dudley se le quedó la boca abierta. El negro tenía los labios encogidos como intentando aguantar la risa. El viejo Dudley no se podía mover. Miraba la clara línea que había entre la piel del negro y el cuello de su camisa. — ¿Qué está cazando, viejo? —preguntó el negro, con una voz que sonaba como la risa de un negro y la burla de un hombre blanco. El viejo Dudley se sintió como un niño con una pistola de aire comprimido. Tenía la boca abierta y la lengua totalmente rígida en el centro. Sintió que no había nada por debajo de sus rodillas. Se le resbalaron los pies y bajó tres escalones deslizándose, para terminar sentado en el suelo. — Será mejor que tenga cuidado —dijo el negro—. Se puede hacer daño muy fácilmente en estos escalones. Extendió la mano para levantar al viejo Dudley. Era una mano larga y estrecha, con las uñas limpias y cortadas en forma cuadrada. Parecía como si se las hubiera limado. El viejo Dudley tenía las manos entre las rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró hacia arriba. — ¡Vaya! —dijo jadeando—. ¡Cuánto pesa! ¡Ayúdeme un poco! El viejo Dudley desdobló las rodillas y se tambaleó al levantarse. El negro lo tenía agarrado del brazo. — De todos modos voy para arriba —dijo—, así que le voy a ayudar.

El viejo Dudley miraba a su alrededor desesperadamente. Parecía que los escalones que tenían detrás se juntaban. Iba subiendo las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón. — ¡Así que usted caza? —dijo el negro—. Bueno, yo fui a cazar ciervos una vez. Creo que utilicé una Dodson 38 para cazar aquellos ciervos. ¿Qué usa usted? El viejo Dudley estaba mirando fijamente los brillantes zapatos marrones del negro. — Yo uso una escopeta —refunfuñó. —A mí me gusta más juguetear con la escopeta para cazar —dijo el negro—. Nunca me dio bien matar nada. Me da un poco de pena reducir el coto de caza. Sin embargo, si yo tuviera tiempo y dinero, coleccionaría escopetas. Esperaba en cada escalón a que el viejo Dudley lo subiera. Hablaba de escopetas y de marcas. Le llevaba puestos unos calcetines grises con puntitos negros. Acabaron de subir las escaleras. El negro recorrió el pasillo con él, agarrándolo del brazo. Probablemente parecía que tenía su brazo unido al del negro. Llegaron justo a la puerta del viejo Dudley y entonces el negro le preguntó: — ¿Vive usted aquí? El viejo Dudley moví la cabeza mirando hacia la puerta. No había mirando todavía al negro. No lo había mirado mientras subían las escaleras. — Bueno —dijo el negro—, éste es un sitio fenomenal, una vez que te acostumbras a él. Le dio una palmadita en la espalda y se metió en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor que tenía en la garganta se le había extendido ahora a toda la cara, llegándole también a los ojos. Caminó arrastrando los pies hasta una silla que había cerca de la ventana y se dejó caer pesadamente en ella. La garganta le iba a estallar. Le iba a estallar por culpa de un negro, de un maldito negro que le había dado una palmada en la espalda y lo había llamado “viejo”.A él, que sabía que esas cosas no debían pasar. A él, que era de un buen lugar. Un buen lugar. Un lugar donde esas cosas no podían pasar. Sus ojos empezaron a sentirse extraños en sus órbitas. Se estaban hinchando, y dentro de un momento no tendrían sitio para ellos. Estaba atrapado en este lugar sonde los negros podían llamar “viejo”. No estaría atrapado. No lo estaría. Giró la cabeza en el respaldo de la silla para estirar el cuello, que tenía demasiado tenso. Un hombre lo estaba mirando. Había un hombre en la ventana del otro lado del callejón mirándolo directamente. El hombre lo estaba viendo llorar. Allí era donde debía estar el geranio, y había un hombre en camiseta viéndolo llorar, esperando para ver cómo estallaba su garganta. El viejo Dudley miró al hombre. Allí debía estar el geranio. El geranio pertenecía a ese lugar, no ese hombre. — ¿Dónde está el geranio? —gritó con su garganta seca. — ¿Por qué llora? —preguntó el hombre—. Nunca había visto llorar de esa manera a un hombre. — ¿Dónde está el geranio? Debía estar ahí en lugar de usted —dijo el viejo Dudley con voz temblorosa. — Ésta es mi ventana —dijo el hombre—. Tengo derecho a estar aquí si quiero. — ¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. Sólo quedaba un pequeño espacio en su garganta. — Se cayó, si es que tanto le interesa —dijo el hombre. El viejo Dudley se levantó y miró hacia abajo. En el callejón, seis pisos más abajo. En el callejón, seis pisos abajo, pudo ver el tiesto de una maceta rota

desparramado sobre la suciedad y una cosa rosa sobre un lazo de papel verde. Se había caído desde un sexto piso. El viejo Dudley miró al hombre, que masticaba chicle y esperaba ver cómo le estallaba la garganta. — No lo tenía que haber puesto tan cerca del borde de la ventana —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge? — ¿Por qué no lo recoge usted? —dijo el hombre. Lo haría. Bajaría y recogería el geranio. Lo pondría en su ventana y lo podría mirar durante todo el día siquiera. Se alejó de la ventana y salió de la habitación. Recorrió el pasillo muy despacio y llegó a las escaleras. Los escalones se separaban como una herida profunda en el suelo. Se abrían como un desfiladero, como una caverna, y bajaban y bajaban. Y él las había subido yendo un poco detrás del negro. Y el negro le había ayudado a levantarse y lo había llevado del brazo y había subido las escaleras con él. Le había dicho que había cazado ciervos y lo había llamado “viejo” y lo había visto sosteniendo una escopeta que no existía y sentado en las escaleras como un chiquillo. Llevaba unos zapatos marrones muy brillantes y había intentado aguantar la risa, aunque realmente todo lo que le había pasado era para reírse. Probablemente habría negros con calcetines de puntitos negros en cada escalón, tapándose la boca para no reírse. Los escalones se separaban más y más. No bajaría, porque no quería que los negros le dieran palmaditas en la espalda. Volvió a la habitación, se acercó a la ventana y miró hacia abajo, a donde estaba el geranio. El hombre estaba sentado donde debía haber estado el geranio. — No le he visto recogiendo el geranio—dijo. El viejo Dudley miró fijamente al hombre. — Le he visto antes —dijo el hombre—. Le he visto sentado en esa vieja silla todos los días, mirando por la ventana, mirando a mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿entiende? No me gusta que la gente se ponga a mirar lo que hago. Estaba allí en el callejón, con las raíces descubiertas. — Yo le digo las cosas a la gente sólo una vez— dijo el hombre; y se retiró de la ventana.

 

 

 

Horacio Quiroga(1879-1937)

La gallina degollada

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?…

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

  1. D. Salinger
    (1919 – 2010)
    Un día perfecto para el pez plátano

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé… el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá… ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
—¿Y…?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está…
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno… sí… más o menos…—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for…
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que…
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño…
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadernillo para Teóricos :

El análisis narratológico

 

La narración de ficción construye un modelo análogo del universo real, esto permite, como en todos los modelos, conocer la estructura

y los procesos internos de la realidad y manipularla cognitivamente.

 

 

 

 

 

 

 

“El cuento, como el poema, representa una experiencia única e irrepetible. El escritor de cuentos contemporáneos no narra sólo el placer de encadenar hechos de una manera más o menos casual, sino para revelar qué hay detrás de ellos; lo significativo no es lo que sucede, sino la manera de sentir, pensar, vivir esos hechos, es decir, su interpretación. El narrador de cuentos está en posesión de una clase de verdad que cobra forma significativa y estética a través de lo narrado. Mientras la novela transcurre en el tiempo, el cuento profundiza en él, o lo inmoviliza, lo suspende para penetrarlo. La función de un relato es agotar, por intensidad, una situación. La de la novela, desarrollar varias situaciones que, al yuxtaponerse, provocan la ilusión del tiempo sucesivo.

                        Horacio Quiroga,  “La retórica del cuento“

 

 

“ (…)  la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que en una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara.  Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento.

Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa “apertura” a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

                “ (…) Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chéjov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada. Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema.”

 

“ (…) A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros”. 

 

“ (…)  ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más basta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él

un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.”

 

“ (…) Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbalmente y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. 

 

                                                                            Julio, Cortázar, Algunos aspectos del cuento

 

 

* Leer en la página de la materia el texto: La metamorfosis del cuento de Cristina Peri Rossi.

                                                                             

 

 

 

Indice

 

I- Material Teórico

* Sobre Teoría y Narración: Teoría narrativa, A. Pimentel

* Sobre Historia:

“R. Barthes y el análisis del relato literario”, Rafael Nuñez Ramos

Análisis estructural del relato, R. Barthes  ( en la página de la materia)

 

* Sobre el análisis del relato desde la narratología:

“Cómo se analiza una novela”, I y II , Carolina Molina Fernández   ( en la página)

La escritura y la voz en la narración literaria, María Isabel Filinich

 

      II Cuentos

 

Berlin, L., Bonetes azules

Borges, J.L., El etnógrafo

El sur

La forma de la espada

Carver, R., Tres rosas amarillas

Chejov, El billete de lotería

Chejov, Una bromita

Dagerman, S.,  Matar un niño

García Márquez, La siesta del martes

Hemingway, E., El fin de algo

Joyce, J., Evelyn

O´Connor, Flannery, El geranio

Keegan, C., Hombres y mujeres  

Keegan, C., Nombre raro para un niño

Poissant , D., Lo que quiere el lobo

                        El hombre lagarto

                        El cielo de los animales

(todos estos en fotocopia)

Quiroga H. ,  La gallina degollada

Salinger. J.D., Un día perfecto para el pez banana

 

 

 

 

Material Teórico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La escritura y la voz en la narración literaria María Isabel Filinich

 

Como todo ejercicio de discurso, el relato literario está sostenido por una voz, un sujeto de la enunciación, cuya perspectiva configura la historia y, a la vez, modela una instancia equivalente en posición de oyente de su voz a la cual el sujeto dirige la narración.

El análisis de la representación de la situación comunicativa en el relato literario, cuyos interlocutores son narrador y narratario (Genette, 1972), remite, como toda situación ficcional de enunciación, al proceso «real» de enunciación cuyos realizadores son autor y lector.116

—204→

Este doble proceso de enunciación hace necesario distinguir las figuras implicadas en cada situación comunicativa.

Comencemos por el proceso real de enunciación, aquél que pone en escena a autor y lector.

 

  1. La enunciación literaria: autor y lector

La enunciación literaria comporta ciertas características que la distancian tanto de las enunciaciones coloquiales como de otras situaciones comunicativas escritas. Una de tales características, la más general, es que se trata de una enunciación en la cual no hay, estrictamente hablando, comunicación. Autor y lector no se comunican mediante el texto literario, la relación es más compleja y mediatizada. Martínez Bonati (1972), refiriéndose al carácter específico de las frases imaginarias que conforman la obra literaria, afirma que el autor no se comunica por medio del lenguaje, sino que nos comunica lenguaje. La relación del autor con su obra es diversa de la relación del hablante con sus frases: la obra no expresa al autor.

¿Cuál es, entonces, la relación del autor con la obra y con el lector? Evidentemente el autor es responsable del conjunto de la obra, y cada elección, temática y formal, cada decisión, sobre el destino de los personajes, sobre el curso de los acontecimientos, sobre la disposición gráfica de lo escrito, cada innovación o aceptación de las convenciones literarias, incluso cada giro expresivo, cada palabra, son atribuibles, en tanto manifestaciones de la escritura literaria, al autor. El autor, diríamos, no se expresa en la obra en tanto subjetividad, sino que se manifiesta en tanto escritor.

Aquello que hace de una individualidad polifacética algo específico como es ser, entre otras cosas, un autor, sólo puede ser la obra que se le atribuye, y lo que es pertinente asociar a un nombre propio de   —205→   autor se sustenta en el conjunto de rasgos de su escritura (Foucault, 1984).

En este sentido, la noción de autor no designa algo que va del interior del discurso al exterior de quien lo produce, pero tampoco se consuma en el interior de una obra. El autor es al mismo tiempo una exterioridad y una interioridad, se sitúa en la intersección entre hombre y obra, constituyéndose, autor y obra, de manera recíproca. Concebimos al autor, entonces, como una función, como una articulación entre dos términos (hombre-obra) que posibilita la emergencia de un tercero (autor).

La obra, sabemos, constituye un universo dotado de autonomía, un mundo con sus leyes propias, del cual quedan excluidos autor y lector, quienes no pueden interferir en el curso de los sucesos que configuran la obra. Esto no quiere decir, sin embargo, que la obra no presente manifestaciones de uno y otro. ¿De qué manera puede manifestarse el autor en la obra? ¿Cuáles son las posibilidades de hacer aparecer su figura en el universo creado?

Las manifestaciones del autor en la obra pueden ser de diversa naturaleza, ya sea que se trate de una manifestación explícita, implícita oficcionalizada.

Entendemos por manifestación explícita toda intervención mediante la cual el autor habla en su propio nombre, en tanto creador de un universo de ficción que reflexiona acerca del mismo. Diremos que son manifestaciones explícitas las dedicatorias, los prólogos, las notas al texto, los comentarios insertos en la obra que aluden a ésta como mundo ficcional, con un estatuto de existencia diferente a aquél en que vive su creador y que se refieren a los personajes como entes de ficción no como entidades reales.

Así por ejemplo, al abrir las páginas de la vigésima edición de El mundo es ancho y ajeno (Alegría, 1968 [1961]), encontramos un prólogo en el cual se vierten frases tales como:

La intención de llevar el indio a la novela, pese a las obras que ya tenía publicadas, me hacía confrontar dos problemas difíciles. El primero: mostrar el espíritu indígena, lo que implicaba un tratamiento novelístico de personajes. El segundo, según el tema que me había propuesto: presentar a un pueblo entero sin que se debilitaran los personajes.

Es claro que estas frases, en tanto enunciados metatextuales referidos al proceso de creación de la novela, no pueden sino ser proferidas  —206→   por el propio autor, quien hace explícitas sus intenciones y preocupaciones a la hora de bosquejar un relato literario. El autor, en este tipo de textos, habla de su propio quehacer, reflexiona sobre su práctica.

La segunda forma de manifestación del autor en la obra es la que hemos llamado manifestación implícita, adaptando el concepto de «autor implícito» de Booth (1983: 70 y ss.). Entendemos por manifestación implícita el conjunto de rasgos de la escritura, presentes en la configuración general de todos los textos: las elecciones estilísticas,117 el destino de los personajes, la disposición gráfica (las marcas de finalización y comienzo de capítulos, encabezados, numeración de partes, títulos, puntuación), las convenciones del género, en fin, todo aquello que dé cuenta de las estrategias de composición de la obra constituyen el autor implícito.

Este conjunto de rasgos de autor interiorizados en la obra, esta versión de sí que el autor ofrece, varía de una a otra obra dependiendo del propósito y necesidades específicas de cada obra. Booth se refiere a las diversas versiones del autor implícito como las «diferentes combinaciones ideales de normas» (1983: 71).

Una tercera forma de representación del autor es la que hemos denominado manifestación ficcionalizada. El autor puede introducirse en el universo por él creado a condición de asumir el mismo estatuto de existencia que los demás entes que pueblan ese universo. Así, el autor puedeficcionalizarse como narrador, como personaje o como narratario. Al asumir alguno de estos papeles podrá realizar las acciones propias de cada entidad ficcional: narrar (si se representa como narrador), dialogar con los demás personajes y efectuar otras acciones propias de su papel en tanto personaje-autor (si se ficcionaliza como personaje), o escuchar la historia que un narrador le cuenta (si se presenta como narratario).

Estas apariciones del nombre propio del autor atribuido a un narrador, a un personaje o a un narratario, no pueden confundirse ni con la figura del autor explícito ni con la del autor implícito. La ficcionalización del autor tiene la función de borrar las fronteras entre enunciación real o literaria, en la cual están implicados autor y lector, y enunciación ficticia, cuyos protagonistas son narrador y narratario. Como otros procesos de ficcionalización de entidades reales (piénsese en la mención de ciudades reales o de personas históricas en el interior de   —207→   un relato literario), el nombre propio del autor no tiene simplemente una función designativa sino que articula aquellos significados emanados del conocimiento previo que el lector posee del autor a través de otras obras.118

Así, por ejemplo, sucede frecuentemente en los textos de Borges, en los cuales Borges es receptor de una historia que él se limita a transcribir. Al final de «La forma de la espada» (Borges, 1989 [1944]), Vincent Moon, narrador de su propia historia, dice: «Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio.» Este Borges a quien Moon le cuenta la historia no puede ser confundido con el propio Borges, quien en tanto entidad perteneciente a un universo real no puede entablar un diálogo con sus personajes, los cuales pertenecen a otro universo, el de la ficción. Pero tampoco puede ser confundido con el autor implícito pues se le atribuyen frases y acciones que escapan a su competencia, tales como el encuentro con Moon, la conversación de sobremesa entablada con el Inglés de La Colorada, las preguntas formuladas. Aquí, el autor (o, mejor dicho su nombre) aparece ficcionalizado en la figura de un narratario, y en tanto tal es comprensible que dialogue con Moon y efectúe las acciones propias de un ente de ficción.

Estas tres posibles manifestaciones del autor en la obra, explícita, implícita y ficcionalizada, se diferencian también por otros rasgos.

Tanto en la forma de representación explícita como la ficcionalizada, el autor se expresa mediante una voz: en el primer caso, por ser un hablante que produce «frases auténticas reales», en el sentido que Martínez Bonati (1972) le atribuye, esto es, se trata de un hablante que realiza una comunicación efectiva; y en el segundo caso, por ser un ente de ficción, el cual sólo puede hacerse presente en el espacio narrativo mediante una voz propia.

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En cambio, en la forma de representación implícita, el autor no habla sino que escribe: son los rasgos de la escritura los que acusan la presencia de una inteligencia narrativa que dispone las partes de una obra, realiza elecciones estilísticas, selecciona estrategias narrativas, compone la obra entera.

El autor explícito y el autor implícito no intervienen en el mundo ficcional creado. Incluso cuando el autor explícito produce un comentario en el interior de un relato, su voz quiebra el universo de ficción, por no estar inmerso en él y ser una voz intrusa. Tampoco el autor implícito puede interferir en el mundo ficcional, puesto que la escritura es un nivel textual diferente, subyacente a lo largo de toda la obra, que no se confunde con las voces que configuran la historia.

En cambio, el autor ficcionalizado, en tanto ha asumido las características de un ente de ficción, interviene en el universo ficcional a la par de las otras entidades.

Por otra parte, pueden darse casos híbridos, esto es, que la figura del autor se manifieste mediante dos formas a la vez. Es lo que sucede, por ejemplo, en El Periquillo Sarmiento (Fernández de Lizardi, 1972 [1832]), al comienzo del segundo tomo, el cual se inicia con un «Prólogo en traje de cuento». El título que encabeza estas paginas ya enuncia la hibridez del texto: se trata de un prólogo (por lo tanto, está sostenido por la voz del autor explícito), pero revestido de una forma literaria, el cuento (por lo tanto, la voz del autor se ficcionalizará mediante voces de personajes).

Leemos al comienzo de este Prólogo:

Ha de estar Usted para saber, señor lector, y saber para contar, que estando yo la otra noche solo en casa, con la pluma en la mano anotando los cuadernos de esta obrilla, entró un amigo mío de los pocos que merecen este nombre, llamado Conocimiento…

El diálogo que a partir de aquí se desarrolla pone tanto en boca del autor como del Conocimiento, afirmaciones sobre los lectores, los problemas de edición, el estilo, las críticas de la obra, que manifiestan la actitud del autor explícito hacia su propia obra. Son una especie de enunciados metatextuales (en tanto se trata de un tipo de texto como es un prólogo referido a otro tipo de texto, la novela), reflexiones del autor acerca de su propio quehacer, presentadas, como aclara el título, «en traje de cuento». Como si fuera consciente el autor de que la presentación de sus propias preocupaciones, sin ningún ropaje literario, quiebran   —209→   demasiado la continuidad del universo de ficción y entonces necesita disfrazar su voz de autor con la máscara de la voz de los dos personajes del prólogo, el autor y el Conocimiento, desdoblamiento de una misma figura: el autor explícito. Éste, al asumir características de personaje, adopta el carácter híbrido de ser un autor explícito ficcionalizado.

Estas tres modalidades de manifestación del autor, explícita, implícita y ficcionalizada, nos permiten concebir, de manera análoga, la figura del lector.

Sin embargo, es necesario señalar que estas dos figuras no son simétricas. El autor siempre tendrá una posición en cierto modo privilegiada frente al lector, en el sentido que es él quien puede realizar operaciones de manipulación sobre el lector, y no a la inversa. El lector ocupará un lugar previsto por otro de antemano en el texto, y el rol que cumpla será aquél que le sea asignado. El autor, diríamos, adopta el lugar de sujeto, y en tanto tal, su posición, en términos de Benveniste (1978 [1971]), es trascendente con respecto al otro. En este sentido general, el lector siempre será un lector implícito, puesto que cualquiera sea la forma de manifestación que adopte el autor (explícita, implícita o ficcionalizada) siempre convocará al lector en tanto destinatario del texto literario por él creado.

Ahora bien, teniendo en cuenta que, en un sentido profundo, la presencia del lector es siempre implícita, podemos, sin embargo, considerar que hay diferentes modos de apelación, por parte del autor, de esa presencia.

Si el autor hace explícita su presencia en el texto (sea en la dedicatoria, el prólogo, las notas o los comentarios) las apelaciones al lector instaurarán una figura también explícita, y así como el autor, en estas intervenciones, habla en su propio nombre y se refiere a la historia como un universo de ficción, así también el lector es nombrado para explicitar el rol que se pretende que asuma en la lectura del texto.

Diferente es la presencia del lector supuesta por el autor implícito. El autor implícito postula un lector implícito, sin aludir explícitamente a él, en tanto modela un destinatario de sus estrategias de enunciación y composición.

Si el autor implícito ofrece una versión de sí y, con ella, una perspectiva desde la cual observa el mundo narrado, instaura un punto de mira que no sólo es el suyo sino también el del lector previsto por el texto (Iser, 1978).

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El lector implícito es, decíamos, el destinatario de las estrategias enunciativas del autor implícito, una competencia supuesta para descifrar los significados posibles del texto, un cómplice del autor implícito en la exhibición de discursos y perspectivas ajenas.

Y de manera análoga, así como el autor puede ficcionalizarse en el texto como narrador, personaje o narratario, así también el lector puede adquirir un carácter ficcional y asumir frente a un autor-narrador el papel de un lector-narratario, o bien, frente a un autor-personaje el papel de un lector-personaje.

En la novela de Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío (1991 [1959]), el autor aparece ficcionalizado como narrador y asume las funciones de éste último, situándose a la vez como autor del libro y como narrador testigo de la historia que narra. En su carácter de autor-narrador instala frente a sí a un lector-narratario, al cual dirige tanto el texto literario creado como la historia que narra. Veamos algunos pasajes:

De las fatigas, viajes y trabajos de tan apreciables publicistas, nos aprovechamos para dar a concer a los lectores el rancho de Santa María de la Ladrillera y la familia que lo habitaba; porque es muy posible que tengamos que volver, después de algunos años, a esta propiedad, que acontecimientos imprevistos hicieron hasta cierto punto célebre.
Mientras duermen, se levantan, se desayunan y don Espiridión va a la villa a buscar al canónigo, daremos a conocer al lector a las brujas, con las cuales, antes que don Espiridión, teníamos las mejores y más cordiales relaciones.
A las nueve de la mañana todo el mundo podía verla, dos o tres días por semana -y muchos de los que lean este libro la recordarán-, sentada junto al poste […].

 

Estas apelaciones al lector son proferidas por un autor-narrador que tanto alude a su narración como universo de ficción («daremos a conocer al lector», «familias enteras de personajes») que como historia de la cual ha sido testigo tanto él mismo como posiblemente el lector («las brujas, […] con las cuales teníamos las mejores y más cordiales relaciones», «y muchos de los que lean este libro la recordarán»). Al lector aquí aludido se le atribuye no sólo el papel de destinatario de la novela sino también de oyente de una historia de la cual pudo haber sido testigo.

Este autor-narrador se expresa mediante la forma pronominal de primera persona plural, involucrando en ella al destinatario de sus frases,  —211→   el cual, mediante la figura del itinerario recorrido bajo la guía del autor-narrador, es apelado para cumplir una doble función: realizar, por una parte, el recorrido de la lectura del texto, y, por otra, el recorrido ficcional, espacial y temporal, («… porque es muy posible que tengamos que volver, después de algunos años, a esta propiedad») en el interior de la historia.

El lector, entonces, si bien se define como una presencia implícita, puede ser objeto de apelaciones explícitas, implícitas o ficcionalizadas.

 

  1. La enunciación ficcional: narrador y narratario

La enunciación narrativa o el acto de narrar por el cual el narrador asume la posición de sujeto de la enunciación para dirigirse a otro, al narratario, determina la configuración del universo ficticio. Esta representación de la situación narrativa pone en escena a dos figuras: narrador y narratario.

Ambas figuras actualizan la relación polarizada de las personas gramaticales: la relación yo-tú, expresión lingüística de la subjetividad (Benveniste, 1978 [1971]). Para el narrador, como para todo hablante, sólo es posible hablar en primera persona: el ejercicio discursivo instala al hablante en el lugar del sujeto de la enunciacion y, como tal, es el que sostiene, mediante un Yo digo que…, todo discurso. El narrador, en tanto figura del sujeto de la enunciación, se reconoce, entonces, por ser quien asume el yo subyacente a todo enunciado, así como el narratario se reconoce por ser quien asume el  al cual se dirige implícitamente todo enunciado. En el nivel de la narración o enunciación ficcional sólo dos personas gramaticales entran en juego: yo, narrador, y , narratario. El nivel de la historia está ocupado por la tercera persona gramatical (él), la no-persona, el objeto del discurso. En el nivel del relato, en tanto discurso narrativo, virtualmente todas las personas gramaticales pueden aparecer; con todo, el relato canónico, por estar centrado en los acontecimientos, en la historia, ha privilegiado la tercera persona, de ahí que la aparición de la primera y de la segunda persona en el relato sean percibidas como variantes de la tercera personal.119

—212→

La distribución canónica de las personas en el relato reserva el yo para el narrador, el él para aquello de lo que se habla y el  para el destinatario de la narración. Sobre la base de este modelo el discurso narrativo literario realiza todo tipo de torsiones que hacen que el lugar de la tercera persona, inherente al relato tradicional, sea ocupado por la primera o la segunda, remitiendo así a otros tipos de texto en los cuales este modo de referir es dominante (la carta, el diario, la conversación íntima, el monólogo).

El yo de la enunciación ficcional no se confunde con el yo (explícito o implícito) de la enunciación literaria. El narrador adopta el lugar del sujeto de la enunciación en el interior del universo de ficción, por fuera queda la función-autor cuya manifestación en el texto pertenece a otro dominio de estudios.

Considerada en sí misma, la instancia narrativa puede realizar su función de narrar asumiendo diferentes grados de presencia en el relato, presencia marcada por aquellas huellas en su discurso que lo develan o lo ocultan. En este sentido, el narrador puede aparecer de maneraexplícita, implícita o virtual.

Para reconocer las diferencias entre estos tres modos de presencia nos basamos en dos rasgos que a nuestro juicio caracterizan la figura del narrador: la destinación (o función narrativa de dirigir a otro su discurso) y la verbalización (o voz). De estos dos rasgos, el primero es inalienable, permanece fijo asegurando la estructura narrativa de un texto; el segundo, en cambio, puede desplazarse, y entonces, la verbalización puede correr por cuenta del personaje.

Así, la presencia explícita del narrador se catacterizaría por dos rasgos: el primero, inherente a su estatuto de narrador, es el desempeño de su función de destinar a otro su discurso, y el segundo, la realización de tal función mediante una voz plena, identificable, distinta de las voces de los personajes. Por lo general, los relatos en tercera persona en los cuales el pronombre refiere de manera transparente a un tercero distinto de narrador y narratario, permiten distinguir claramente entre el discurso del narrador y el discurso de los personajes. Los segmentos pertenecientes a la voz del narrador manifiestan su estilo, su perspectiva, el grado de información. En la novela Los de abajo, de Mariano Azuela (1969 [1960]), por ejemplo, podemos observar claramente la distinción de voces:

—213→

– Señá Remigia, emprésteme unos blanquillos, mi gallina amaneció echada. Allí tengo unos siñores que queren almorzar.

Por el cambio de la viva luz del sol a la penumbra del jacalucho, más turbia todavía por la densa humareda que se alzaba del fogón, los ojos de la vecina se ensancharon. Pero al cabo de breves segundos comenzó a percibir distintamente el contorno de los objetos y la camilla del herido en un rincón, tocando por su cabecera el cobertizo tiznado y brilloso.

El estilo cuidado del narrador contrasta con las formas coloquiales del habla del personaje. Ambas voces se diferencian también por las marcas gráficas que separan los discursos: la voz del personaje, presentada en estilo directo, es introducida por el guión de diálogo, la voz del narrador, separada por un blanco de la del personaje, muestra su distancia y su independencia del discurso de este último. Cada vez que el narrador cede la voz al personaje hay marcas gráficas que señalan este tránsito. Los relatos que realizan el modelo canónico presentan una distinción clara entre las voces pues el narrador se muestra de manera explícita en su función de narrar.

La presencia implícita del narrador se caracteriza, por una parte, por desempeñar la función de destinar a otro su discurso, y por otra, por tener una voz ambivalente que tanto puede mezclarse con la del personaje como representar la supuesta voz del narratario. Una de las formas de narrador implícito es el llamado discurso indirecto libre, en el cual se funden las voces de narrador y personaje de tal suerte que no se puede señalar puntualmente dónde termina una y comienza la otra. El discurso del narrador se contagia de las formas expresivas del personaje, asume su perspectiva temporal y espacial (el aquí y el ahora del personaje) pero mantiene la tercera persona gramatical como marca de su distancia. Así, en Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa (1983 [1969]), frecuentemente la voz del narrador se funde con la de algún personaje, como en el pasaje siguiente:

Gracias a las ocurrencias de Ludovico la espera se les hacía menos aburrida, don. Que su boquita, que sus labios, que las estrellitas de sus dientes, que olía a rosas, que un cuerpo para sacudir a los muertos en sus tumbas: parecía templado de la señora, don. Pero si alguna vez estaba en su delante ni a mirarla se atrevía, por miedo a don Cayo. ¿Y a él le pasaba lo mismo? No, Ambrosio escuchaba las cosas de Ludovico y se reía, nomás, él no decía nada de la señora, tampoco le parecía cosa del otro mundo, él sólo pensaba en que fuera de día para irse a dormir.

Los rasgos que tipifican el discurso del personaje, como el empleo del vocativo («don»), las expresiones idiomáticas de la   —214→   región («templado», «en su delante»), las interrogaciones, el adverbio de negación como respuesta, se entremezclan con los rasgos propios del discurso del narrador: los personajes son nombrados con el pronombre de tercera persona o con su nombre propio, lo cual acusa la presencia de una voz ajena que relata las palabras del personaje. En estos casos, decimos que hay un narrador implícito con una voz ambivalente, puesto que tanto remite al propio narrador como al personaje.

En los relatos en segunda persona, hay también un narrador implícito pues su voz ambivalente remite, por un lado, al personaje en tanto actor de los acontecimientos, y por otro lado, esa voz proviene del narrador (en tanto el pronombre de segunda persona lo implica) y remite al narratario (representado por antonomasia mediante la segunda persona gramatical). La voz narrativa se halla desplazada al nivel de la historia. Así el narrador de Aura, de Carlos Fuentes (1984 [1962]), se expresa de la siguiente manera:

Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato.
(p. 11)  

La segunda persona, presente en las desinencias verbales y en el pronombre personal, por una parte, designa al personaje, en tanto actor de los hechos que se narran, y por otra, representa implícitamente la situación comunicativa, señalando al narrador y al narratario. Designa al personaje (como instancia del nivel de la historia) pues los enunciados, al poseer carácter asertivo, configuran el universo de ficción; y desplaza la situación comunicativa (del nivel de la narración al nivel de la historia) pues hay marcas de ambos participantes (saber, valoraciones y perspectiva del narrador, saber supuesto del narratario). Sin embargo, no podemos dejar de percibir la ambigüedad que provoca una narración en segunda persona, siendo ésta la persona gramatical del interlocutor por antonomasia. La voz narrativa, que proviene de la conciencia del personaje, sigue todos los movimientos de ésta y relata tanto sus percepciones y meditaciones como las acciones que el personaje lleva a cabo. Si la voz del yo de la narración se desplaza a ese yo que supone el uso del tú y que es, digamos así, una parte de la conciencia del personaje, el tú de la narración se desplaza y constituye la contrapartida del yo en ese desdoblamiento que implica todo diálogo consigo mismo. Se trata de la representación de un diálogo interior en la conciencia desdoblada de un personaje.

La presencia virtual del narrador se caracteriza por desempeñar su función de destinar a otro su discurso careciendo de una voz que lo manifieste. Se trata de un narrador cuyo silencio es elocuente. El narrador calla para que los personajes se expresen, pero su función narrativa permanece y se evidencia en el recorte de los discursos de los personajes, la perspectiva adoptada en la selección de los parlamentos, el saber limitado del narrador frente al de los personajes. El narrador no habla sino que muestra. Es el caso de aquellos relatos en los cuales, a la manera de la representación dramática, asistimos a los diálogos de los personajes sin mediación aparente del narrador. Una novela como El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (1976), es un claro ejemplo de este tipo de presencia del narrador.

También hallamos un narrador virtual en los relatos en primera persona, en los cuales el personaje realiza algún acto discursivo que suplanta la voz del narrador. Por ejemplo, El Periquillo Sarmiento (Fernández de Lizardi, 1972 [1832]), presenta a un personaje que escribe unos cuadernos destinados a moldear la conducta de sus hijos; en este caso, decimos que el personaje escribe y el narrador virtual muestra, sin hablar, a un personaje en el ejercicio de la escritura. (Excepto al final del relato, cuando el personaje ya no escribe sino que habla para hacer entrega de los cuadernos: de todos modos, el narrador sigue siendo de carácter virtual, pues es el personaje el que cita sus propias palabras: «… le dije: Toma estos cuadernos…»). Aquí el yo de la enunciación, el narrador, destina como relato la historia del Periquillo que él mismo escribe a sus hijos, a un narratario, el tú de la enunciación, que recibe esta historia como verídica y a la cual accede de manera furtiva por no estar dedicada a su conocimiento.

Lo mismo puede suceder en un relato en segunda persona, en el cual se presenta también al personaje realizando algún acto discursivo. En todos estos casos, diremos que el relato presenta un acto de enunciación compuesto: así como hay relatos con un acto de enunciación simple (aquel en el cual el narrador destina y verbaliza la historia para un narratario) hay también relatos que entrañan un acto de enunciación compuesto, pues el narrador efectúa el acto de destinar una historia al narratario, y es el personaje el que verbaliza la historia mediante la realización de algún acto discurivo como pensar, decir, escribir o dejar fluir su conciencia, actos que pueden estar dirigidos a otro personaje o a sí mismo.

La novela epistolar o aquella que asume la forma del diario íntimo de las memorias, sin intervención verbal del narrador, serían otros   —216→   tantos ejemplos de narrador virtual con un acto de enunciación compuesto.

 

  1. A modo de conclusión

A lo largo de este trabajo, hemos intentado mostrar que el yo de la enunciación ficcional no se confunde con el yo (explícito o implícito) de la enunciación literaria. El análisis detallado del problema nos ha permitido tanto discernir claramente los niveles literario y ficcional como considerar los casos de colisión entre ambos. En el interior del universo de ficción, el narrador adopta el lugar de sujeto de la enunciación, por fuera queda la función-autor cuya manifestación en el texto pertenece a otro dominio de estudios. Así, la estética, la estilística, la teoría de la recepción, han tomado como objeto de reflexión los aspectos implicados por lo que aquí hemos llamado la enunciación literaria. Para los fines de una perspectiva teórica del discurso narrativo -como la que aquí adoptamos- interesa fundamentalmente la enunciación ficcional, esto es, los modos de configuración del proceso enunciativo del universo de ficción. Si nos hemos referido a las figuras del autor y del lector es, por una parte, para deslindar un tanto el campo -de fronteras lábiles- entre las perspectivas estética y teórica del fenómeno literario; y por otra, para observar en qué medida ambas figuras pueden interferir en el universo de ficción.

 

Referencias bibliográficas

Obras literarias citadas

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Bibliografía teórica

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  • ULLMANN, S. (1968). Lenguaje y estilo. Madrid: Aguilar.

 

 

Cuentos


 

Bonetes azules

Lucía Berlin ( 1936-2004)

 

—Mamá, no puedo creer que hagas esto. No sales nunca con nadie, y ahora te vas a pasar una semana con un desconocido. Podría ser un asesino con un hacha, no sabes nada de él.

Nick, su hijo, estaba llevando a Maria al aeropuerto de Oakland. Dios, ¿por qué no había ido en taxi? Sus hijos, ya mayores todos, podían ser peor que unos padres, más intransigentes, más anticuados cuando se trataba de juzgarla a ella.

—No nos hemos visto en persona, pero no es exactamente un desconocido. Le gustó mi poesía, me pidió que tradujera su libro al español. Nos hemos escrito y hemos hablado por teléfono durante años. Tenemos mucho en común. Él crio a sus cuatro hijos solo, también. A mí me gusta la jardinería; él tiene una granja. Me halaga que me haya invitado… No creo que vea a mucha gente.

Maria le había preguntado sobre Dixon a una vieja amiga de Austin. Un excéntrico total, había dicho Ingeborg. Vida social cero. En lugar de un maletín, lleva un saco de arpillera. Sus alumnos, o lo idolatran o lo detestan. Debe de rondar los cincuenta, bastante atractivo. Ya me contarás…

—Ese es el libro más raro que he leído en mi vida —dijo Nick—. De hecho ni lo pude leer. Reconócelo… ¿tú pudiste? Disfrutarlo, me refiero.

—El estilo era magnífico. Claro y sencillo. Agradable de traducir. Habla de filosofía y lingüística, simplemente es muy abstracto.

—No te imagino haciendo esto… teniendo una especie de aventura… en Texas.

—Eso es lo que te molesta. La idea de que tu madre pueda acostarse con alguien, o que cualquiera de más de cincuenta lo haga. De todos modos él no me dijo: «Eh, vamos a tener una aventura». Me dijo: «¿Por qué no vienes a pasar una semana a la granja? Los bonetes azules justo empiezan a florecer. Podría enseñarte las notas para mi nuevo libro. Podemos ir a pescar, pasear por el bosque». Afloja un poco, Nick. Trabajo en un hospital público, en Oakland. ¿Cómo crees que suena para mí un paseo por el bosque? ¿Bonetes azules? Es casi como si me fuera al paraíso.

Aparcaron delante de United y Nick le bajó la bolsa del maletero. La abrazó, le dio un beso en la mejilla.

—Perdona si te he hecho pasar un mal rato. Disfruta del viaje, mamá. Eh, a lo mejor puedes ir a un partido de los Rangers.

Nieve en las Rocosas. Maria leyó, escuchó música, procuró no pensar. Por supuesto, en el fondo, fantaseaba con la posibilidad de una aventura.

No se había desnudado delante de nadie desde que había dejado de beber, la mera idea la aterraba. Bueno, tampoco él parecía muy desenvuelto, quizá se sintiera igual. Tómatelo con calma. Prueba simplemente a estar con un hombre, por el amor de Dios, disfruta la visita. Vas a Texas.

El aparcamiento olía a Texas. Polvo de caliche y adelfas. El hombre lanzó su equipaje en la caja de una vieja ranchera descubierta con arañazos de perro en las puertas.

—¿Conoces «Tennessee Border»? —le preguntó Maria.

—Cómo no.

La cantaron. «Picked her up in a pickup truck and she broke that heart of mine…». Dixon era alto y esbelto, con unas líneas de la sonrisa muy marcadas. Arrugas alrededor de los ojos, grises y atentos. Parecía completamente a sus anchas; empezó a hacerle preguntas personales, una tras otra, con un acento nasal y pausado que a Maria le recordó al de su tío John. ¿Cómo es que conocía Texas, y aquella vieja canción? ¿Por qué se divorció? ¿Cómo eran sus cuatro hijos? ¿Por qué no bebía? ¿Por qué era alcohólica? ¿Por qué traducía la obra de otra gente? Eran preguntas incómodas, avasalladoras, pero la atención era un bálsamo, como un masaje.

Dixon paró en una pescadería. Quédate aquí, enseguida vuelvo. Luego la autopista y ráfagas de aire caliente. Enfilaron una carretera de grava donde no vieron ningún otro coche. Solo un tractor rojo, lento. Molinos de viento, ganado hereford hundido hasta la canilla en las flores escarlatas del pincel indio. En el pueblo de Brewster, Dixon aparcó delante de la plaza. Corte de pelo. Ella lo siguió hacia la puerta de la barbería, con su poste tricolor, un pequeño establecimiento con una sola butaca, y se sentó a escuchar mientras Dixon y el viejo que le cortaba el pelo hablaban del calor, de las lluvias, de pesca. Jesse Jackson candidato a la presidencia, varias muertes y un matrimonio. Dixon se había limitado a sonreír cuando ella le preguntó si no pasaba nada por dejar el equipaje en la ranchera abierta. Maria miró por la ventana el centro de Brewster. Era primera hora de la tarde y en las calles no había nadie. Dos viejos estaban sentados en los escalones del juzgado, como figurantes en una película sureña, mascando tabaco, escupiendo.

La ausencia de ruido era lo que tanto le evocaba su infancia, otra época. Nada de sirenas, ni tráfico, ni radios. El zumbido de un tábano contra el vidrio, chasquidos de tijeras, la cadencia de las voces de los dos hombres, un ventilador eléctrico con unas cintas sucias que azotaban revistas viejas. El barbero la ignoró, no porque fuera grosero, sino por cortesía.

Al salir Dixon dijo: «Muy agradecido». Mientras cruzaban la plaza hacia la tienda de ultramarinos, Maria le habló de su abuela texana, Mamie. Una vez una señora pasó a visitarla. Mamie sirvió el té en una tetera con un azucarero y una jarrita para la crema, preparó unos bocadillos, galletas y tarta cortada en pedazos. «Por Dios, Mamie, no deberías haberte tomado tantas molestias». «Desde luego que sí —contestó Mamie—. Qué menos».

Dejaron la compra en la ranchera y condujeron hasta el almacén de los piensos, donde Dixon pidió salvado y pienso para las gallinas, dos balas de heno y una docena de polluelos. Le sonrió a Maria al percatarse de que lo miraba fijamente mientras hablaba sobre la alfalfa con dos granjeros.

—¿Qué estarías haciendo ahora en Oakland? —le preguntó cuando volvieron a la ranchera.

Hoy le tocaba pediatría. Hijos del crack, heridas de bala, bebés con sida. Hernias y tumores, pero sobre todo las heridas de los pobres de la ciudad, desesperados y llenos de rabia.

Pronto estuvieron fuera del pueblo, en una estrecha carretera de tierra. Los pollitos piaban dentro de la caja, en el suelo.

—Esto es lo que quería que vieras —dijo Dixon—, el camino a mi casa en esta época del año.

Avanzaron por la carretera desierta a través de colinas sinuosas, exuberantes y cargadas del aroma de flores rosas, azules, moradas, rojas. Fogonazos de amarillo y lila. El aire caliente, perfumado, envolvía la cabina. Se habían formado enormes nubes de tormenta y la luz se hizo más dorada, dándole a los miles de flores una luminosidad iridiscente. Alondras y zacateros, tordos alirrojos, volaban como flechas sobre las acequias junto a la carretera; el canto de los pájaros se oía por encima del ruido de la camioneta. Maria se asomó por la ventanilla, apoyó la cabeza sudorosa en los brazos. Estaban en abril, pero el calor bochornoso de Texas la sofocaba, el perfume de las flores la adormecía como una droga.

Una vieja granja con tejado de zinc y una mecedora en el porche, una docena de gatitos de distintas camadas. Guardaron la compra en una cocina con magníficas alfombras persas delante del fregadero y el fogón, otra quemada con las chispas de una estufa de leña. Dos butacas de cuero. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, con dos hileras de libros en cada balda. Una mesa maciza de roble, también cubierta de libros. En el suelo había columnas de libros apilados. Las ventanas eran antiguas, con aguas en los vidrios, y daban a un campo de abundantes pastos verdes, donde las cabritillas se amamantaban de sus madres. Dixon metió la comida en el frigorífico, puso a los polluelos en una caja más grande, en el suelo, con una bombilla dentro, a pesar de que hacía mucho calor. Su perro acababa de morir, dijo. Y entonces, por primera vez, pareció cohibido. Tengo que regar, dijo, y Maria lo siguió, pasando los gallineros y los cobertizos, hasta un campo grande con maíz, tomates, judías, calabacines y otras verduras sembradas. Se sentó en la cerca mientras él abría las compuertas de las acequias para que el agua llegara a los surcos. Más allá una yegua y un potro zainos galopaban en el prado de bonetes azules.

Caía la tarde cuando dieron de comer a los animales junto al granero, donde en un rincón oscuro se escurrían unos quesos envueltos en paños de lienzo, y más gatos correteaban por las vigas, indiferentes a los pájaros que entraban y salían a saltitos por las ventanas del altillo. Un mulo blanco viejo, Homer, avanzó con andar pesado al oír el tintineo del cubo de hojalata. Túmbate a mi lado, dijo Dixon. Pero nos pisarán. No, túmbate, tranquila. Un corro de cabras tapó el sol, mirándola fijamente a través de sus largas pestañas. La caricia del hocico aterciopelado de Homer en las mejillas de Maria. La yegua y el potro resoplaron, soltando vaharadas calientes mientras la examinaban.

Las demás habitaciones de la granja no estaban ni mucho menos abarrotadas como la cocina. Una sala con suelo de madera, donde solo había un piano de cola Steinway. El estudio de Dixon, sin más mobiliario que cuatro mesas grandes de madera cubiertas de cuartillas blancas de cartulina. Cada una tenía un párrafo o una frase escrita. Maria vio que Dixon las barajaba y las cambiaba de sitio, igual que otra gente mueve cosas en un ordenador. No las mires ahora, dijo él.

La sala de estar y el dormitorio eran una sola habitación, amplia, con altos ventanales a ambos lados. Lienzos fastuosos de gran formato en las otras dos paredes. Maria se sorprendió de que fueran obras suyas. Dixon parecía tan sereno… Los cuadros eran audaces, enérgicos. Había pintado un mural en el sofá de pana, compuesto de varias figuras sentadas. Una cama de latón con una vieja colcha de retales, cómodas y escritorios y consolas exquisitas, antigüedades de la época colonial que habían pertenecido a su padre. En esa habitación el suelo estaba pintado de blanco satinado bajo alfombras persas aún más lujosas. No te olvides de quitarte los zapatos, le dijo.

La habitación de Maria era una galería que recorría la parte posterior de la casa, con mamparas en los tres lados, de un plástico esmerilado que desdibujaba las flores rosas y verdes, los brotes de los árboles, el vuelo fugaz de un cardenal. Era como estar en el sótano de L’Orangerie contemplando los nenúfares de Monet. Dixon fue a llenarle la bañera en el cuarto de al lado. Seguro que te apetecerá echarte un rato. Aún me quedan algunas tareas por hacer.

Limpia, cansada, se tumbó rodeada por los tenues colores que se diluyeron aún más cuando empezó la lluvia y el viento arremolinó las hojas de los árboles. Lluvia sobre un tejado de zinc. Justo cuando se quedó dormida, Dixon entró y se estiró a su lado, se quedó junto a ella hasta que se despertó e hicieron el amor. Así de simple.

Dixon encendió la estufa de forja y ella se sentó al calor del fuego mientras él preparaba una sopa de cangrejo. Cocinaba en un hornillo, pero tenía lavaplatos. Comieron en el porche a la luz de un farol mientras amainaba la lluvia y cuando escampó apagaron el farol para mirar las estrellas.

Cada día daban de comer a los animales a la misma hora, pero por lo demás el día y la noche se invirtieron. Se quedaban en la cama todo el día, desayunaban cuando oscurecía, paseaban por el bosque a la luz de la luna. Vieron Mr. Lucky con Cary Grant a las tres de la madrugada. Adormilados por el calor del sol, se mecían en el bote de remos en la charca, pescando, leyendo a John Donne, a William Blake. Se tumbaban en la hierba húmeda, observando a los polluelos, hablando de la infancia, de sus hijos. Vieron a Nolan Ryan fulminar a los Atléticos de Oakland, pasaron la noche al raso en sacos de dormir junto a un lago a varias horas a pie campo a través. Hicieron el amor en la bañera con pies de garra, en el bote, en el bosque, pero sobre todo a la luz verdosa de la galería cuando llovía.

¿Qué era el amor?, se preguntaba Maria, estudiando las líneas limpias de la cara de Dixon mientras dormía. Qué nos impide hacerlo a ninguno de los dos, amar.

Ambos reconocían que rara vez hablaban con nadie, se reían por todo lo que ahora querían contarse, por cómo se interrumpían uno al otro para hablar, sí, pero… Era difícil cuando él hablaba de su nuevo libro, o se refería a Heidegger y Wittgenstein, Derrida, Chomsky y otros cuyos nombres Maria ni siquiera conocía de oídas.

—Perdona. Yo soy poeta. Trato con lo concreto. Me pierdo en la abstracción. Simplemente me faltan conocimientos para hablar de esas cosas contigo.

Dixon se puso furioso.

—¿Y cómo diablos tradujiste mi otro libro? Sé que hiciste un buen trabajo, por la acogida que tuvo. ¿Acaso lo leíste, maldita sea?

—Pues claro que hice un buen trabajo. No tergiversé una sola palabra. Alguien podría traducir mis poemas a la perfección, y aun así pensar que son íntimos y triviales. No llegué a… captar… el alcance filosófico del libro.

—Entonces esta visita es una farsa. Mis libros son todo lo que yo soy. Es inútil que hablemos de nada.

Maria empezó a sentirse dolida y molesta y no se movió cuando lo vio salir. Pero luego lo siguió, se sentó a su lado en el escalón del porche.

—No es inútil. Estoy aprendiendo a conocerte.

Él la abrazó, la besó, con cautela.

En sus épocas de estudiante Dixon había vivido en una cabaña cerca de allí, en el bosque. Entonces en esa casa vivía un anciano y Dixon le hacía los recados, le traía comida y provisiones del pueblo. Cuando el viejo murió le dejó la casa y algo más de una hectárea de tierra a Dixon, y el resto de la finca al Gobierno para crear una reserva de aves. A la mañana siguiente hicieron una caminata hasta la vieja cabaña. En aquellos tiempos tenía que llevar incluso el agua a cuestas, le contó a Maria. Fue la mejor época de su vida.

La cabaña de madera estaba en medio de una alameda. No había ningún sendero, y tampoco se veían mojones para orientarse entre las matas de encinillo y mezquite. Al acercarse, Dixon pegó un grito, como de dolor.

Alguien, probablemente chavales, había roto a tiros todas las ventanas de la cabaña, había destrozado el interior con hachas, había pintado obscenidades con espray en las paredes desnudas de pino. Costaba imaginar que alguien se adentrara tanto en la espesura para hacer una cosa así. Me recuerda a Oakland, dijo Maria. Dixon la fulminó con la mirada, dio media vuelta y echó a andar de nuevo a través de los árboles. Ella trataba de no perderlo de vista, pero era incapaz de alcanzarlo. El silencio resultaba turbador. De vez en cuando aparecía un enorme cebú, de pie a la sombra de un árbol. Inmóvil, ni siquiera pestañeaba, impasible, silencioso.

Dixon no habló en el trayecto de vuelta a casa. Saltamontes verdes chocaban en el parabrisas.

—Me sabe mal, lo de tu cabaña —dijo ella. Al ver que no contestaba, dijo—: Yo hago lo mismo, cuando estoy dolida. Me arrastro a mi casa y me escondo como un gato enfermo.

Dixon siguió callado. Cuando pararon delante de la casa, alargó el brazo y le abrió la puerta a Maria, con el motor aún en marcha.

—Voy a buscar el correo. Volveré dentro de un rato. Quizá podrías leer algo de mi libro.

Sabía que por «libro» se refería a los cientos de cuartillas esparcidas en las mesas. ¿Por qué le pedía justo ahora que lo leyera? Quizá porque no podía hablar. Ella a veces hacía lo mismo. Cuando le resultaba demasiado difícil contarle a alguien cómo se sentía, enseñaba un poema. Normalmente la gente no entendía lo que ella había pretendido insinuar.

Descorazonada, entró en la casa. Sería agradable vivir en un lugar donde ni siquiera tuvieras que cerrar las puertas. Fue a la sala a poner música, pero cambió de idea y entró en la habitación de las cartulinas. Se sentó en un taburete y se fue desplazando de una mesa a la otra a medida que leía y releía las frases escritas en las cuartillas.

—No tienes ni idea de lo que dicen, ¿verdad?

Dixon había entrado silenciosamente, estaba allí acechándola por la espalda. Maria no había tocado ninguna de las cuartillas.

Él empezó a moverlas por la mesa, con frenesí, como si jugara a colocar unas fichas en el orden correcto. Maria se levantó y salió al porche.

—Te pedí que no pisaras ese suelo con los zapatos puestos.

—¿Qué suelo? ¿De qué hablas?

—El suelo blanco.

—Ni siquiera me he acercado a esa habitación. Estás loco.

—No me mientas. Son tus huellas.

—Ah, perdona. Es verdad, iba a entrar, pero no pude haber dado más de dos pasos.

—Exactamente. Dos.

—Menos mal que vuelvo a mi casa mañana por la mañana. Ahora me voy a dar un paseo.

Maria caminó por el sendero hacia la charca, se metió en el bote de remos y se alejó de la orilla. Se rio por dentro cuando las libélulas le recordaron a los helicópteros de la policía de Oakland.

Dixon bajó por el sendero hasta la charca, se metió en el agua y con un impulso se izó hasta el bote. La besó, la sujetó contra el lecho de la barca mientras la penetraba. Se contorsionaron violentamente y el bote se balanceó y giró hasta que al final quedó varado en los juncos. Permanecieron allí tumbados, meciéndose bajo el sol caliente. Maria se preguntó si aquel arrebato de pasión había salido de la simple rabia o de cierto sentimiento de pérdida. Hicieron el amor sin mediar palabra durante casi toda la noche, en la galería al son de la lluvia. Antes de que empezara a llover habían oído el aullido de un coyote, los cacareos de las gallinas encaramadas a los árboles.i

Fueron hasta el aeropuerto en silencio, dejando atrás las praderas de bonetes azules y prímulas. Déjame en la puerta, dijo ella, no hay mucho tiempo de espera.

Maria fue en taxi desde el aeropuerto de Oakland hasta el bloque de pisos donde vivía. Saludó al guardia de seguridad, echó una ojeada al buzón. El ascensor estaba vacío, igual que los pasillos durante el día. Dejó la maleta al lado de la puerta y encendió el aire. Se quitó los zapatos, como hacía todo el mundo antes de pisar su moqueta. Entró en la habitación y se acostó en su propia cama.

 

 

El etnógrafo

Jorge Luis Borges
(1899–1986)
El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontecido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock. Era alto a la manera americana, ni rubio ni moreno, de perfil de hacha, de muy pocas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros.  Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo para entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, la aventuras de la guerra o del álgebra, el puritanismo o la orgía. En la universidad le aconsejaron el estudio de las lenguas indígenas. Hay ritos esotéricos que perduran en ciertas tribus del oeste; su profesor, un hombre entrado en años, le propuso que hiciera su habitación en una toldería, que observara los ritos y que descubriera el secreto que los brujos revelan al iniciado. A su vuelta, redactaría una tesis que las autoridades del instituto darían a la imprenta. Murdock aceptó con alacridad. Uno de sus mayores había muerto en las guerras de la frontera; esa antigua discordia de sus estirpes era un vínculo ahora. Previó, sin duda, las dificultades que lo aguardaban; tenía que lograr que los hombres rojos lo aceptaran como a uno de los suyos. Emprendió la larga aventura. Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba. Al término de un plazo prefijado por ciertos ejercicios, de índole moral y de índole física, el sacerdote le ordenó que fuera recordando sus sueños y que se los confiara al clarear el día. Comprobó que en las noches de luna llena soñaba con bisontes. Confió estos sueños repetidos a su maestro; éste acabó por revelarle su doctrina secreta. Una mañana, sin haberse despedido de nadie, Murdock se fue.
En la ciudad, sintió la nostalgia de aquellas tardes iniciales de la pradera en que había sentido, hace tiempo, la nostalgia de la ciudad. Se encaminó al despacho del profesor y le dijo que sabía el secreto y que había resuelto no publicarlo.
— ¿Lo ata su juramento? — preguntó el otro.
— No es ésa mi razón — dijo Murdock –. En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir.
— ¿Acaso el idioma inglés es insuficiente? — observaría el otro.
— Nada de eso, señor. Ahora que poseo el secreto, podría enunciarlo de cien modos distintos y aun contradictorios. No sé muy bien cómo decirle que el secreto es precioso y que ahora la ciencia, nuestra ciencia, me parece una mera frivolidad.
Agregó al cabo de una pausa:
— El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos.
El profesor le dijo con frialdad:
— Comunicaré su decisión al Concejo. ¿Usted piensa vivir entre los indios?
Murdock le contestó:
— No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia.
Tal fue, en esencia, el diálogo.
Fred se casó, se divorció y es ahora uno de los bibliotecarios de Yale.

 

 

Jorge Luis Borges
La forma de la espada
Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.
Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas… Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
—Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.
Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.
Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económicá’, profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C’est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.
El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza… Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.
Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.
Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.
—¿Y Moon? —le interrogué.
—Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.
Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.
—¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.

El sur

Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.

El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).

El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.

Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.

El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.

En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.

Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

 

 

 

Tres Rosas Amarillas

                                                                                                                               Por Raymond Carver (1938-1988)

 

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L’Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el “escándalo” del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave. “Reía y bromeaba como de costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía sangre en un aguamanil.”
Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.
“Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Maria en sus Memorias-. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones.” Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pulmones de Chejov (era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes puedan ver en qué consiste su dolencia). El contorno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. “Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas”, escribe Maria.
También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país (¿el hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al “núcleo de los allegados”, ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro (“¿Adónde le llevan sus personajes? -le preguntó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al trastero, y del trastero al diván”), apreciaba sus narraciones cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: “Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.” Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o dietario en aquel tiempo): “Estoy contento de amar… a Chejov.”
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov escribiría más tarde: “Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor…) cuya esencia y fines son algo arcano para nosotros… De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla.”
A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de “una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan”.
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: “Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: “No puedo hacer nada. Me iré en la primavera, con el deshielo.”” (El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba “engordando”, y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Badenweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba “mi poney”, y a veces “mi perrito” o “mi cachorro”. También le gustaba llamarla “mi pavita” o sencillamente “mi alegría”.
En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente despacho: “Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.” El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. “Chejov -escribe- subía a duras penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento.” De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con “una casi irreflexiva indiferencia”.
El doctor Schwohrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwohrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana. Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor Schwohrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: “Es probable que esté completamente curado dentro de una semana.” ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se encontraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir seis o siete líneas diarias. “Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.” Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó llamar al doctor Schwohrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del doctor Schwohrer . “Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio”, escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. “No debe ponerse hielo en un estómago vacío”, dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwohrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwohrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwohrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwohrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: “¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.”
El doctor Schwohrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwohrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. “¿Cuántas copas?”, preguntó el empleado. “¡Tres copas!”, gritó el médico en el micrófono. “Y dése prisa, ¿me oye?” Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moét a la habitación 211. “¡Y date prisa! ¿Me oyes?”
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwohrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwohrer . No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: “Hacía tanto tiempo que no bebía champaña… ” Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwohrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwohrer soltó la muñeca de Chejov. “Ha muerto”, dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwohrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schwohrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwohrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. “Ha sido un honor”, dijo el doctor Schwohrer . Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. “No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.”
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwohrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven- para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas. La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes extranjeros -dijo- podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas, dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto, ¿lo entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido… y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso… llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana -un jarrón lleno de rosas- destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un olor a formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Tomó el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.

 

 

El billete de lotería

Antón Chejov (1860 – Badenweiler, 1904)

 

Iván Dmitritch, un hombre de clase media que vivía con su familia y muy satisfecho con su suerte, se sentó en el sofá después de cenar y empezó a leer el periódico

-Hoy me olvidé de mirar el periódico -le dijo su esposa mientras levantaba la mesa-. Fíjate si están los resultados.

-Acá están -dijo Iván-, ¿pero no pasó ya el sorteo de ese billete?

-No, lo conseguí el martes.

-¿Cuál es el número?

-Serie 9.499, el número 26.

-Bueno… Vamos a ver… 9.499 y 26.

Iván Dmitritch no cree en el azar y no le interesa la lotería y, por lo general, no hubiera consentido revisar la lista de números premiados, pero ahora, como no tenía otra cosa que hacer y como el periódico estaba ante sus ojos, deslizó su dedo hacia abajo a lo largo de la columna de números. Y de inmediato, como una burla a su escepticismo, no más allá de la segunda línea, su mirada se fijó en la cifra 9.499. No pudo creer lo que veía, se apresuró a soltar la hoja en su regazo sin mirar el número del billete y, como si le hubieran tirado un balde de agua encima, sintió que el frío le llegó a la boca del estómago; una sensación terrible y dulce al mismo tiempo.

-¡Masha, 9.499, ahí está! -dijo con voz ahogada.

La mujer miró su gesto entre asombro y espanto, y se dio cuenta de que no estaba bromeando.

-¿9.499? -preguntó ella, palideciendo y dejando caer el mantel doblado sobre la mesa.

-Sí, sí…¡Realmente está ahí!

-¿Y el número del billete?

-¡Oh, sí! El número del billete también. No. ¡Espera! Quiero decir: de todos modos, ¡nuestro número de serie está allí! De todos modos, entiendes…

Mirando a su esposa, a Iván Dmitritch se le dibujó una sonrisa amplia, sin sentido, como un bebé cuando se le muestra algo brillante. Ella sonreída también. El hecho de anunciar la serie sin apurarse a encontrar el número del billete fue tan agradable para ella como para él. El tormento y la expectativa ante la esperanza de una posible fortuna es tan dulce, tan emocionante.

-Es nuestra serie -dijo por fin Iván, después de un largo silencio-. Así que es probable que hayamos ganado. Es sólo una probabilidad, ¡pero existe!

-Está bien, ahora míralo -reclamó ella.

-Espera un poco. Tenemos tiempo de sobra para decepcionarnos. Está en la segunda línea desde arriba, por lo que el premio es de setenta y cinco mil. Pero no solo es dinero, ¡es capital, poder! Y si en un momento miro la lista y ahí está el número 26… ¿qué me dices? ¿Oye, y si realmente hemos ganado?

Los esposos comenzaron a reírse, mirándose largamente el uno al otro en silencio. La posibilidad de ganar los desconcertaba. No podían ni siquiera soñar para qué necesitaban esos setenta y cinco mil, qué iban a comprar, a dónde irían. Sólo pensaban en las cifras 9.499 y 75.000, y en las imágenes que brotaban de su imaginación, pero por algún motivo no podían pensar en su propia felicidad, que era tan posible.

Iván Dmitritch caminó de un lado a otro, con el periódico en las manos, y sólo cuando se hubo recuperado de la primera impresión comenzó de a poco a dejarse llevar.

-¿Y si hemos ganado? -dijo- Será una nueva vida, un gran cambio. El billete es tuyo, pero si fuera mío, lo que haría en primer lugar, por supuesto, sería invertir veinticinco mil en una propiedad, como una finca. Diez mil para gastos inmediatos: muebles nuevos, pagar deudas y algún viaje. Los otros cuarenta mil irían al banco para ganar intereses.

-Sí, una finca, sería lindo -dijo su esposa, sentándose y dejando caer las manos en el regazo.

-En algún lugar en las provincias de Tula u  Oryol. Así no necesitaríamos una villa de verano, y además siempre supondrá algún ingreso.

En su imaginación comenzaban a amontonarse imágenes, cada una más agradable y poética que la anterior. Y en todas estas imágenes se veía satisfecho, sereno, sano, sentía calidez, incluso calor. Aquí está, después de comer un plato de verano, algo fresco, refrescante, se tiende de espaldas sobre la arena ardiente cerca de un arroyo o en el jardín bajo un árbol de limón.Hace calor.El niño y la niña juegan cerca, cavando en la arena o persiguiendo mariposas en la hierba. Él se duerme dulcemente, sin pensar en nada, sintiendo con todo el cuerpo que no necesita ir a la oficina hoy, mañana o pasado mañana. O, cansado de permanecer quieto, va al campo de heno, o al bosque de setas, o ve a los campesinos que capturan peces con una red. Cuando el sol se pone, él toma una toalla, jabón y va hasta el río por un baño, donde se desviste con parsimonia, frota largamente su torso desnudo con las manos, y finalmente se zambulle. Y en el agua, cerca de los opacos círculos jabonosos, pequeños peces revolotean y los nenúfares asienten con la cabeza. Después del baño hay té con crema de leche y panecillos. Por la tarde un paseo o una partida de cartas con los vecinos.

-Sí, sería bueno comprar una finca -dijo su esposa, soñando también, y su rostro revelaba que estaba sumergida en sus propios pensamientos.

Iván Dmitritch pensó en el otoño, con sus lluvias y sus noches frías, y también pensó en el verano. En esa época hace falta tomar paseos más largos por el jardín y a la vera del río, para refrescarse bien. Luego beber un gran vaso de vodka y comer una seta salada o un pepino en escabeche y después…beber otro trago. Los niños vienen corriendo de la huerta, trayendo zanahorias y rábanos con olor a tierra fresca.Y entonces puede estirarse en el sofá y hojear pausadamente una revista ilustrada, y cuando sienta somnolencia cubrir su rostro con la revista, desabrocharse el chaleco y entregarse al sueño.

El verano es seguido por un tiempo nublado y sombrío. Llueve día y la noche, los árboles desnudos lloran, el viento es húmedo y frío. Los perros, los caballos, las aves… todo está mojado, abatido, triste. Ya no hay paseos; por varios días no se puede salir y uno tiene que andar de un lado al otro de la habitación, mirando con desánimo en la ventana gris. Es deprimente.

Se detuvo un momento y miró a su esposa.

-Sabes, Masha, debería viajar al extranjero -le dijo.

Y comenzó a pensar en lo agradable que sería a finales de otoño visitar algún lugar al sur de Francia… Italia… la India.

-Sin duda, también me gustaría ir al extranjero -dijo su esposa-. ¡Pero mira el número del billete!

-Espera, espera.

Se paseó por la habitación y continuó pensando. Se dijo, ¿y si viajara con su mujer? Es agradable viajar solo o en compañía de mujeres sin preocupaciones y sin compromiso; esas que viven el momento presente, y no las que están continuamente pensando y hablando de los niños, temblando de consternación por cada céntimo. Iván Dmitritch imaginó a su esposa en el carro con una multitud de paquetes, cestos y bolsas. Todo el tiempo está suspirando por algo: quejándose de que el tren le produce dolor de cabeza, lamentando que ha gastado mucho dinero.En cada estación él tiene que correr por el agua caliente, el pan y la mantequilla.Almuerzo no hay porque es demasiado caro.

“Ella le reprocharía cada céntimo”, pensó mirando a su esposa, “porque el billete de lotería es suyo, no mío. Además, ¿para qué iría ella al extranjero? ¿Qué es lo que haría allí? Ella se encerraría en la habitación del hotel y no me quitaría la vista de encima. ¡Lo sé!”

Y por primera vez en su vida, vio que la mujer había envejecido, se había vuelto fea y estaba impregnada de olor a cocina; mientras que él era todavía joven, saludable, exuberante, incluso podría casarse de nuevo.

“Todo esto es absurdo, una tontería”, pensó. “¿Para qué iría ella al extranjero?  ¿Qué sabe ella de viajar? No importa, lo mismo iría… me lo imagino. Para ella sería lo mismo Nápoles que el pueblo de Klin. La tendría siempre en el medio, estorbando. Tendría que depender de ella para todo. Estoy seguro que en cuanto recibiera el dinero lo guardaría bajo siete llaves, como hacen las mujeres. Lo escondería de mí. Sería generosa con sus familiares y a mí me pediría cuentas de cada moneda.”

Iván Dmitritch se puso a pensar en esos parientes. Todos esos desdichados hermanos y hermanas, tías y tíos vendrían arrastrándose tan pronto como supieran del premio; llegarían lloriqueando como mendigos, adulando con sonrisas hipócritas y empalagosas. ¡Chusma desagradable! Si les das algo, pedirán más; si te niegas, maldecirán, jurarán y te desearán toda clase de desgracias. Iván imaginó a los parientes y sus caras, las que siempre había mirado con indiferencia, ahora le parecían odiosas, repugnantes. “Son canallas”, pensó.

Y el rostro de su esposa también le pareció irritante y repulsivo. En su corazón surgió un resentimiento contra ella, y pensó con malicia: “No entiende nada de dinero, por eso es mezquina. Si ganara el premio me daría cien rublos, y el resto quedaría bajo llave.”

Miró a su mujer, ya no con una sonrisa, sino con odio. Y ella lo miró a él y también en su mirada había ira y odio. Ella tenía sus propios sueños, sus propios planes, sus propios pensamientos y conocía perfectamente las ideas de su marido. Ella sabía que él sería el primero en avanzar sobre lo que había ganado. “Es agradable fantasear a costa de los demás”, se pudo leer en sus ojos. “¡No te atrevas!”

El marido entendió su mirada. El odio volvió a agitarse en su pecho y, para herir a su mujer, para desairarla, se apuró a buscar en la cuarta página del periódico y anunció triunfalmente:

-Serie 9.499, número 46. ¡No 26!

La esperanza y el odio desaparecieron de repente e inmediatamente Iván Dmitritch y su esposa encontraron la casa oscura, pequeña y sofocante; la cena que habían estado comiendo les hacía mal y pesaba en sus estómagos; las noches se tornaban largas y tediosas.

-¿Qué significa este infierno? -dijo Iván Dmitritch, con fastidio- Donde sea que piso hay trozos de papel, migas y cáscaras bajo mis suelas. ¡Nunca se barre este lugar! Necesito dejar esta casa y que el diablo me lleve de una vez. Voy a salir ahora mismo y donde encuentre el primer árbol, me colgaré.

 

 

Una bromita

Anton Chejov

 

Un claro mediodía de invierno… El frío es intenso, el hielo cruje, y a Nádeñka, que me tiene agarrado del brazo, la plateada escarcha le cubre los bucles en las sienes y el vello encima del labio superior. Estamos sobre una alta colina. Desde nuestros pies hasta el llano se extiende una pendiente, en la cual el sol se mira como en un espejo. A nuestro lado está un pequeño trineo, revestido con un llamativo paño rojo.

-Deslicémonos hasta abajo, Nadezhda Petrovna -le suplico-. ¡Siquiera una sola vez! Le aseguro que llegaremos sanos y salvos.

Pero Nádeñka tiene miedo. El espacio desde sus pequeñas galochas hasta el pie de la helada colina le parece un inmenso abismo, profundo y aterrador. Ya sólo al proponerle yo que se siente en el trineo o por mirar hacia abajo se le corta el aliento y está a punto de desmayarse; ¡qué no sucederá entonces cuando ella se arriesgue a lanzarse al abismo! Se morirá, perderá la razón.

-¡Le ruego! -le digo-. ¡No hay que tener miedo! ¡Comprenda, de una vez, que es una falta de valor, una simple cobardía!

Nádeñka cede al fin, y advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida. La acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo. El trineo vuela como una bala. El aire hendido nos golpea en la cara, brama, silba en los oídos, nos sacude y pellizca furibundo, quiere arrancar nuestras cabezas. La presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, afilando, nos arrastra al infierno. Los objetos que nos rodean se funden en una solo franja larga que corre vertiginosamente… Un instante más y llegará nuestro fin.

-¡La amo, Nadia! -digo a media voz.

El trineo comienza a correr más despacio, el bramido del viento y el chirriar de los patines ya no son tan terribles, la respiración no se corta más y, por fin, estamos abajo. Nádeñka llegó más muerta que viva. Está pálida y apenas respira… La ayudo a levantarse.

-¡Por nada del mundo haría otro viaje! -dice mirándome con ojos muy abiertos y llenos de horror-. ¡Por nada del mundo! ¡Casi me muero!

Al cabo de un rato vuelve en sí y me dirige miradas inquisitivas. ¿Fui yo quien dijo aquellas tres palabras o simplemente le pareció oírlas en el silbido del remolino? Yo fumo a su lado y examino mi guante con atención.

Me toma del brazo y comenzamos un largo paseo cerca de la colina. El misterio por lo visto no la deja en paz. ¿Fueron dichas aquellas palabras o no? ¿Sí o no? Es una cuestión de amor propio, de honor, de vida, de dicha; una cuestión muy importante, la más importante en el mundo. Nádeñka vuelve a dirigirme su mirada impaciente, triste, penetrante, y contesta fuera de propósito, esperando que yo diga algo. ¡Oh, qué juego de matices hay en este rostro simpático! Veo que está luchando consigo misma, que tiene necesidad de decir algo, de preguntar, pero no encuentra las palabras, se siente cohibida, atemorizada, confundida par la alegría…

-¿Sabes una cosa? -dice sin mirarme.

-¿Qué?- le pregunto.

-Hagamos… otro viajecito.

Subimos por la escalera. Vuelvo a acomodar a la temblorosa y pálida Nádeñka en el trineo y de nuevo nos lanzamos en el terrible abismo; de nuevo brama el viento y zumban los patines; y de nuevo, al alcanzar el trineo su impulso más fuerte y ruidoso, digo a media voz:

-¡La amo, Nadia!

Cuando el trineo se detiene, Nádeñka contempla la colina por la que acabamos de descender; luego clava su mirada en mi cara, escucha mi voz, indiferente y desapasionada, y toda su pequeña figura, junto con su manguito y su capucha, expresa un extremo desconcierto. Y su cara refleja una serie de preguntas: “¿Cómo es eso? ¿Quién ha pronunciado aquellas palabras? ¿Ha sido él o me ha parecido oírlas y nada más?”

La incertidumbre la torna inquieta, la pone nerviosa. La pobre muchacha no contesta mis preguntas, frunce el ceño, está a punto de llorar.

¿Será hora de irnos a casa? -le pregunto.

-A mi… a mi me gustan estos viajes en trineo -dice, ruborizándose-. ¿Haremos uno más?

Le “gustan” estos viajes, pero al sentarse en el trineo, palidece igual que antes, tiembla y contiene el aliento.

Descendemos por tercera vez, y noto cómo está observando mi cara y mis labios. Pero yo me cubro la boca con un pañuelo, y toso, y al llegar a la mitad de la colina alcanzo a musitar:

-¡La amo, Nadia!

Y el misterio sigue siendo misterio. Nádeñka guarda silencio, piensa en algo… Nos retiramos de la pista y ella trata de aminorar la marcha, esperando siempre que yo diga aquellas palabras. Veo cómo sufre su corazón y cómo ella se esfuerza para no decir en voz alta: “¡No puede ser que las haya dicho el viento! ¡Y no quiero que haya sido el viento!”

A la mañana siguiente recibo una esquela:

“Si usted va hoy a la pista de patinaje, venga a buscarme. N.”

Y a partir de ese día voy con Nádeñka a la pista todos los días y, al precipitarnos hacia abajo en el trineo, cada vez pronuncio a media voz siempre las mismos palabras:

-¡La amo, Nadia!

En poco tiempo, Nádeñka se habitúa a esta frase, como uno se habitúa al vino o a la morfina. Ya no puede vivir sin ella. Es verdad que siempre le da miedo deslizarse por la colina helada, pero ahora el miedo y el peligro otorgan un encanto especial a las palabras de amor, palabras que constituyen un misterio y oprimen dulcemente el corazón. Los sospechosos son siempre dos: el viento y yo… Ella no sabe quién de los dos le declara su amor, pero ello, por lo visto, ya la tiene sin cuidado; poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado.

Una vez, al mediodía, fui solo a la pista: mezclado con la multitud, vi a Nádeñka acercarse a la colina y buscarme con los ojos… Tímidamente sube a la escalera… Le da mucho miedo viajar sola, ¡oh, qué miedo! Está blanca como la nieve y tiembla como si se dirigiera a su propia ejecución. Pero va decidida, sin mirar para atrás. Por lo visto, ha decidido probar, al fin: ¿Se oyen aquellas sorprendentes y dulces palabras cuando yo no estoy? La veo colocarse en el trineo, pálida, con la boca abierta por el miedo, cerrar los ojos y emprender la marcha, después de despedirse para siempre de la tierra. “Zsh-zsh-zsh-zsh”… Zumban los patines. Si Nádeñka está oyendo aquellas palabras o no, no lo sé… La veo levantarse del trineo exhausta, débil. Y se ve por su cara que ella misma no sabe si ha oído algo o no. Mientras estuvo deslizándose hacia abajo, el miedo le quitó la capacidad de escuchar, de distinguir sonidos, de entender…

Y he aquí que llega el primaveral mes de marzo… El sol se torna más cariñoso. Nuestra montaña de hielo se oscurece, pierde su brillo y por fin se derrite. Nuestros viajes en trineo se interrumpen. La pobre Nádeñka ya no tiene dónde escuchar aquellas palabras y además no hay quien las pronuncie, puesto que el viento se ha aquietado y yo estoy por irme a Petersburgo por mucho tiempo, quizá para siempre.

Unos días antes de mi partida al anochecer, estoy sentado en el jardín. Este jardín está separado de la casa de Nádeñka por una alta palizada con clavos… Aún hace bastante frío, en los rincones del patio exterior hay nieve todavía, los árboles parecen muertos; pero ya huele a primavera y los grajos, acomodándose para dormir, desatan su último vocerío de la jornada. Me acerco a la empalizada y durante largo rato miro por una hendidura. Veo a Nádeñka salir al patio y alzar su triste y acongojada mirada al cielo… El viento de primavera sopla directamente en su pálido y sombrío rostro… Le hace recordar aquel otro viento que bramaba en la colina dejando oír aquellas tres palabras, y su cara se pone triste, muy triste, y una lágrima se desliza por su mejilla. La pobre muchacha extiende ambos brazos como suplicando al viento que le traiga una vez más aquellas palabras. Y yo, al llegar una ráfaga de viento, digo a media voz:

-¡La amo, Nadia!

¡Por Dios, hay que ver lo que sucede con Nádeñka! Deja escapar un grito y con amplia sonrisa tiende sus brazos hacia el viento, alegre, feliz, tan bella.

Y yo me voy a hacer las maletas. Esto sucedió hace tiempo. Ahora Nádeñka está casada con el secretario de una institución tutelar y tiene ya tres hijos. Pero nuestros viajes en trineo y las palabras “La amo, Nadia”, que le llevaba el viento, no están olvidadas, para ella son el recuerdo más feliz, más conmovedor y más bello de su vid. Mientras que yo, ahora que tengo más edad, ya no comprendo para qué decía aquellas palabras. Para qué hacía aquella broma…

 

 

Matar a un Niño

Stig Dagerman (1923-1954)

 

Es un día suave y el sol sale sobre los campos en el valle. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos niños encontraron una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos del valle brillan los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a espejos apoyados en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el desayuno, tarareando, y los niños están sentados en el suelo abrochándose las camisas. Es la mañana agradable de un día aciago, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Sin embargo el niño todavía está sentado en el suelo abrochándose la camisa. Y el hombre que se afeita todavía habla del día por delante, del paseo en bote por el riachuelo. Y la mujer que todavía tararea pone el pan, recién cortado, en un plato azul.

Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor de nafta en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira a través del lente de su cámara y encuadra un pequeño auto azul y una mujer joven parada al lado, riéndose. Mientras la mujer ríe y el hombre toma la encantadora fotografía, el empleado de la estación de servicio ajusta la tapa del tanque. Les dice que el día está bonito para pasear. La mujer entra al auto, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo. Le cuenta al empleado que están yendo al mar. Le dice que cuando lleguen al mar van a alquilar un bote y van a remar lejos, muy lejos. A través de la ventana abierta, la mujer en el asiento de copiloto escucha lo que él dice. Se reclina en el asiento y cierra los ojos. Y con los ojos cerrados ve el mar y al hombre que está a su lado en un bote. No es un hombre malo, es despreocupado y feliz. Antes de entrar en el auto se para un instante frente al radiador que centellea al sol, y disfruta del perfume mezclado a nafta y lilas. Ninguna sombra cae sobre el auto, y el brillante paragolpes no tiene ninguna abolladura, ni está rojo de sangre.
Pero justo cuando en el primer pueblo el hombre se sube al auto y cierra la puerta y se inclina para meter la llave en el arranque, la mujer del tercer pueblo abre su alacena y descubre que no tiene azúcar. El niño, que ya terminó de abrocharse la camisa y ya se ató los cordones, se arrodilla en el sofá y mira el riachuelo que serpentea entre los alisos, se imagina el bote negro varado en el pasto de la orilla. El hombre que perderá a su hijo ya terminó de afeitarse y está, en ese momento, plegando el espejo portátil. Las tazas de café, el pan, la crema y las moscas, todo tiene su lugar en la mesa. Sólo falta el azúcar.  Así que la madre le dice a su hijo que corra a lo de los Larsson y les pida prestada un poco. Mientras el niño abre la puerta, el hombre le grita que se apure, porque el bote los está esperando en la orilla del riachuelo, y hoy van a remar lejos, más lejos que nunca. Cuando el niño corre a través del jardín, no puede pensar en ninguna otra cosa que no sea el riachuelo y el bote y los peces que saltan. Y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote va a quedarse allí donde está todo el día y durante muchos días por venir.

No es lejos lo de los Larsson: es ahí nomás, del otro lado del camino. Y justo cuando el niño está cruzando el camino, el pequeño auto azul acelera atravesando el segundo pueblo. Es un pueblo pequeño con modestas casas rojas y gente recién levantada que está en su cocina con las tazas de café en la mano. Miran por sobre sus cercas y ven el auto que pasa a toda velocidad, dejando una nube de polvo tras de sí. El auto va  rápido, y el hombre al volante alcanza a ver destellos de manzanos y postes de teléfono recién alquitranados pasando a toda velocidad como sombras grises. El verano sopla a través de las ventanillas y mientras se alejan velozmente del segundo pueblo, el auto se aferra al camino, firme, seguro. Están solos en el camino, todavía. Es pacífico viajar completamente solos por un camino ancho. Y cuando entran en la planicie abierta, la sensación de paz es más profunda aún. El hombre está contento y se siente fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de la mujer. No es un hombre malo. Está apurado por llegar al mar. No lastimaría ni a la criatura más insignificante, sin embargo,  pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, la mujer otra vez cierra los ojos y juega a que no los abrirá hasta que puedan ver el mar. Al compás del suave balanceo del auto, sueña con la marea calma, con la superficie espejada del mar.
Porque la vida está construida de una manera tan cruel, hasta un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía puede estar totalmente relajado, y solo un minuto antes de que una mujer grite de horror puede cerrar los ojos y soñar con el mar, y durante el último minuto de la vida de ese niño sus padres pueden estar sentados en una cocina esperando el azúcar,  y hablar felizmente sobre los dientes blancos del niño y sobre el paseo en bote que tienen planeado, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a cruzar, con algunos terrones de azúcar envueltos en papel blanco en la mano derecha; y durante todo ese último minuto no ve otra cosa que un riachuelo limpio con grandes peces y un bote ancho con remos silenciosos.
Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un auto azul parado en la banquina, y una mujer que grita se saca la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un auto y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de horror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la grava, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara apretada pesadamente contra el camino. Después, dos personas lívidas que todavía no tomaron su café, se acercan corriendo a través de  la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán. Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada. Y cura igual de mal la angustia de un hombre que estuvo feliz y que mató un niño.

Porque el hombre que  mató a un niño, no va al mar. El hombre que mató a un niño maneja despacio de vuelta a su casa, en silencio. Y a su lado va sentada una mujer muda con la mano vendada.  Y mientras pasan de vuelta por los pueblos, no ven una sola cara amable —todas las sombras, en todas partes, son muy oscuras. Y cuando se separan lo hacen en el silencio más profundo. Y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero también sabe que esto es mentira. Y en los sueños interrumpidos de sus noches tratará, en vez, de recuperar un solo minuto de su vida, para de alguna manera cambiar ese único minuto.
Pero tan cruel es la vida con el hombre que mató a un niño, que después todo es demasiado tarde.

Traducido por Inés Garland

 

 

Gabriel García Márquez
(1928—2014)
La siesta del martes
El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
—Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
—Ponte los zapatos—dijo.
La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
—Péinate —dijo.
El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
—Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandecía en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
—Necesito al padre —dijo.
—Ahora está durmiendo.
—Es urgente —insistió la mujer.
—Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
—¿Qué se les ofrece? —preguntó.
—Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
—Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
—¿Qué tumba van a visitar? —preguntó.
—La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
—¿Quién?
—Carlos Centeno —repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
—Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
—De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
—Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único varón.
—Firme aquí.
La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
El párroco suspiró.
—¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
—Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó inalterable:
—Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
—Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
—Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.
—La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
—Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
—¿Qué fue? —preguntó el.
—La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
—Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
—Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
—Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
—Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
—Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

 

 

Evelyn

James Joyce (1882 – 1941)

 

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada. Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar. ¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso: -En la actualidad está en Melbourne. Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba. -Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando? -Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor. No lloraría mucho por tener que dejar la tienda. Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest,

porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable. Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones. -Conozco a esos marineros… -dijo. Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado. La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños. El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del

otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma. -¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz! Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas: -¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría. *** Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano. -¡Ven! Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro. -¡Ven! ¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia. -¡Eveline! ¡Evy! Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

 

 

 

 

El geranio

Flannery O¨Connor  ( 1925- 1964)

 

El viejo Dudley se tumbó en la silla, que poco a poco se iba moldeando a su figura, y miró por la ventana hacia otra ventana enmarcada por ladrillo rojo ennegrecido que había a medio metro de distancia. Estaba esperando el geranio. Lo sacaban todas las mañanas alrededor de las diez y lo volvía a meter a las cinco y media. La parte de atrás de la casa de la señora Carson tenía un geranio en la ventana. Había muchos geranios en casa, y más bonitos. Los nuestros sí que son geranios, pensó el señor Dudley. Ninguno de ellos es de ese color rosa pálido, ni tiene lazos de papel verde. El geranio que ponía en la ventana le recordaba al chico de los Grisby de su pueblo, que tenía la polio y lo tenían que sacar todas las mañanas para que le diera el sol. Lutish podía haber cogido aquel geranio, plantarlo en la tierra y en unas pocas semanas sería un geranio digno de ser admirado. Aquella gente del otro lado del callejón no sabía cómo cuidar un geranio. Lo sacaban y dejaban que se achicharrara al sol todo el día, y lo ponían tan cerca del filo de la ventana, que el viento podría fácilmente tirarlo. No sabían cómo cuidar aun geranio. El viejo Dudley sintió un nudo en la garganta. Lutish podía hacer crecer cualquier cosa. Rabie también. La garganta se le quedó seca. Echó la cabeza hacia atrás e intentó aclarar su mente. No se le ocurrían muchas cosas que pensar que no le hicieran sentir su garganta de ese modo. Su hija entró en la habitación. — ¿No quieres salir a dar un paseo? —preguntó. Parecía irritada. Él no contestó. — ¿No quieres?

– No —respondió él. Él se preguntó cuánto tiempo se iba a quedar allí. Ella hizo que sintiera en los ojos lo mismo que en la garganta. Se le iban a poner lagrimosos y ella lo vería. Ya lo había visto antes así y se había compadecido de él. También se compadecía de sí misma; pero ella podía habérselo evitado a sí misma, pensó el viejo Dudley, si lo hubiera dejado solo o si lo dejara volver al lugar de donde había venido, a casa, y no estuviera tan obsesionada con su maldito deber. Ella salió de la habitación con un sonoro suspiro que lo hizo sentirse humillado al recordarle otra vez aquel momento –del que ella no tuvo ninguna culpa- en que de repente quiso ir a vivir con su hija. Podía no haber ido. Podía haberse puesto rejego y decirle que quería pasar su vida donde siempre la había pasado, aunque no le mandara dinero todos los meses. Podía haber continuado con su pensión y algunos trabajitos. Que se guardara su maldito dinero, ella lo necesitaba más que él. Su hija se hubiera alegrado de librarse así de esa obligación. Entonces, si se moría sin sus hijos cerca, ella hubiera podido decir que había sido sólo culpa de él; si se ponía enfermo y no había nadie que lo cuidara, pediría ayuda, habría dicho ella. Pero tenía dentro el deseo interior de ver Nueva York. Había estado una vez en Atlanta cuando era pequeño y había visto Nueva York en una película, “El ritmo de la gran ciudad”. Las ciudades grandes eran sitios importantes. El deseo interior que tenía lo dominó por un instante. ¡El lugar que había visto en la película tenía sitio para él! Era un lugar importante y “tenía sitio para él”. Dijo que sí, que sí iría. Debió de estar enfermo cuando lo dijo. No pudo haber estado bien y decirlo. Él estaba enfermo y ella estuvo tan obsesionada con su maldito deber que lo había convencido. En primer lugar, ¿por qué tuvo ella que ir allí a molestarlo? Él había obrado correctamente. Tenía su pensión para alimentarse y trabajitos que le permitían pagar su habitación. Por la ventana de aquella habitación podía ver el río, turbio y enrojecido cuando luchaba con las rocas alrededor de las curvas que encontraba en su recorrido. Trató de recordar cómo era, además de rojizo y lento. Recordó también las manchas verdes de los árboles a ambos lados del río y la pequeña zona marrón llena de basura que había en algún lugar río arriba. Él y Rabie iban a pescar en una chalana todos los miércoles. Rabie conocía de arriba abajo más de treinta kilómetros del río. No había en el condado de Coa ningún negro que lo conociera como él. A Rabie le encantaba el río, mientras que para el viejo Dudley no significaba nada. Lo que le interesaba al viejo Dudley eran los peces. Le gustaba llegar a casa por la noche con muchos peces y echarlos al fregadero. —Aquí traigo un poco de pescado —solía decir. Y las mujeres de la pensión siempre decían: —Sólo un “hombre” puede pescar todos esos peces. Él y Rabie salían los miércoles por la mañana temprano y se quedaban pescando todo el día. Rabie buscaba el sitio donde debían pescar y el viejo Dudley era el que lo hacía. A Rabie no le importaba mucho si conseguían o no atrapar a los peces; lo que le gustaba era el río.  -Es inútil que intente pescar usted, jefe —decía—. Por aquí no hay peces. Este viejo río no esconde ningún pez en este lugar. Es inútil. Y se reía tontamente y dirigía el bote río abajo. Así era Rabie. Con una mirada rápida podía saber dónde estaban los peces. El viejo Dudley siempre le daba los pequeños a él. El viejo Dudley había vivido en la habitación de la esquina de la planta de arriba de la pensión desde que murió su esposa en 1922. Él protegía a las señora

mayores. Era el hombre de la casa. Por la noche era un trabajo aburrido, cuando las ancianas parloteaban y hacían ganchillo en el salón y el hombre tenía que escuchar y juzgar las discusiones que solían entablar. Pero durante el día estaba Rabie. Rabie y Lutish vivían en el sótano. Lutish cocinaba y Rabie se ocupaba de la limpieza y del huerto; pero era un experto en escabullirse con el trabajo a medio hacer para irse a ayudar al viejo Dudley en el proyecto que tuviera en ese momento, como hacer un gallinero o pintar una puerta. Le gustaba escuchar, le gustaba escuchar cosas de Atlanta, de cuando en cuando el viejo Dudley estuvo allí, de cómo se montaban las escopetas y de todas las cosas que sabía el viejo Dudley. Algunas veces, por la noche, se iban a cazar zarigüeyas. Nunca cazaban ninguna, pero al viejo Dudley le gustaba librarse de estar con las señoras d vez en cuando, y la caza era una buena excusa. A Rabie no le gustaba la caza de zarigüeyas. Nunca había cazado ninguna; ni siquiera habían conseguido tener a ninguna cerca; y además era un negro de agua. —No vamos a ir a cazar zarigüeyas esta noche, ¿verdad, jefe? Tengo que atender un pequeño asunto —decía Rabie cuando el viejo Dudley empezaba a hablar de perros de caza y de escopetas. — ¿A quién vas robarle las gallinas esta noche? — solía decir el viejo Dudley con una sonrisa. — Creo que esta noche iré a cazar zarigüeyas —solía contestar Rabie suspirando. El viejo Dudley solía sacar su escopeta y desmontarla y, como era Rabie quien limpiaba las piezas, el viejo le explicaba el mecanismo. Después las montaba de nuevo. Rabie siempre se maravillaba de la forma en que las volvía a montar. Al viejo Dudley le habría gustado enseñarle a Rabie Nueva York. Si hubiera podido mostrársela, no le hubiera parecido tan grande, no se hubiera sentido aprisionado cada vez que salía. — No es tan grande —hubiera dicho—. No dejes que te desanime, Rabie. Es como cualquier otra ciudad, y las ciudades no son nada complicadas. Pero sí lo eran. Nueva York era ruidoso y lleno de atascos un minuto, y sucio y muerto al minuto siguiente. Su hija ni siquiera vivía en casa. Vivía en un edificio, a mitad de una fila de edificios todos iguales, todos de color rojo ennegrecido y gris, con gente que hacía un ruido desapacible, que se asomaban a las ventanas para ver las ventanas de otros, y esos otros, que eran también iguales, los miraban a su vez a ellos. Dentro podías subir y podías bajar, y sólo había pasillos que recordaban cintas métricas con una puerta cada tres centímetros. Recordaba que la primera semana el edificio le aturdía. Se despertaba temiendo que los pasillos hubieran cambiado durante la noche y se extendieran como canódromos mientras él buscaba su puerta. Las calles eran iguales. Él se preguntaba dónde llegaría si caminara hasta el final de alguna de ellas. Una noche soñó que lo hacía y que no terminaba en ningún sitio. A la semana siguiente de estar allí era más consciente de la presencia de su hija, de su yerno y del hijo: no había ningún sitio para poder estar lejos de ellos. Su yerno era un tipo raro. Conducía un camión y sólo volvía a casa sólo los fines de semana. Decía “na” en lugar de “no” y nunca había oído hablar de las zarigüeyas. El viejo Dudley dormía en la habitación con el hijo, que tenía dieciséis años y al que no se le podía hablar. Pero algunas veces, cuando la hija y el viejo Dudley estaban solos en el departamento ella se sentaba con él y le hablaba. Primero ella tenía que pensar el algo que decirle. Normalmente empezaba diciéndole lo que consideraba que sería una hora razonable de levantarse o se hacer cualquier otra cosa, a lo que él se veía obligado a contestar. Él intentaba pensar en algo que no hubiera dicho antes, porque ella nunca lo escuchaba por segunda vez. Estaba contenta de que su padre pasara sus últimos días con su familia y no en una pensión ruinosa llena de viejas con las que a veces idas. Estaba cumpliendo con su deber y tenía hermanos y hermanas que no lo estaba haciendo. Una vez se lo llevó de compras con ella, peo era demasiado lento. Fueron en un “metro”, un tren que iba bajo tierra a través de lo que parecía una cueva

larga. La gente salía toda apretujada de los trenes, subía las escaleras y llegaba a la calle. Luego iba muy deprisa por la calles, bajaba las escaleras y se montaba de nuevo en los trenes – personas negras, amarillas, blancas, todos mezclados como la verdura de la sopa-. Todo hervía. Los trenes atravesaban túneles, iban por encima de canales y, de repente, paraban. La gente que bajaba abría camino a empujones entre la gente que subía, sonaba un ruido y luego el tren se ponía en marcha de nuevo. El viejo Dudley y su hija tuvieron que coger tres diferentes para llegar al lugar donde iban. Él se preguntaba por qué la gente salía de sus casas. Sentía como si la lengua se le deslizara hacia el estómago. Su hija lo tomaba de la manga del abrigo y tiraba de él para que se pudiera mover entre la gente. Se montaron también en un ferrocarril elevado. Tuvieron que subir a un andén alto para cogerlo. El viejo Dudley miró la vía y vio por debajo de él gente y coches que iban muy deprisa. Se sintió mareado. Puso una mano en la vía y se dejó caer en el suelo del andén .La hija chilló y tiró de él para separarlo del borde. — ¿Es que quieres caerte y matarte? — gritó. A través de una grieta de las tablas de madera, veía los coches dando vueltas en la calle. — No me importa —murmuró—. Me da igual si me muero o no. — Vamos —dijo ella—. Te sentirás mejor cuando lleguemos a casa. — ¿A casa? —repitió el viejo. Los coches se movían rápidamente debajo de él. — Vamos —dijo ella—. Aquí llega; tenemos el tiempo justo. Y se montaron. Regresaron al edificio y al apartamento. El apartamento era demasiado pequeño. No había sitio donde no hubiera alguien más. La cocina comunicaba con el cuarto de baño, y el cuarto de baño comunicaba con todo lo demás, y siempre estabas donde empezaste. En el pueblo había una parte de arriba y un sótano, y un río, y en el centro, delante de los Fraziers… condenada garganta suya. El geranio llegaba tarde. Eran ya las diez y media y normalmente lo sacaban a las diez y cuarto. Abajo, en algún lugar del pasillo, una mujer gritaba algo inteligible dirigiéndose a la calle; se oía un radio con la música anticuada de una novela radiofónica; un depósito de basura chocó con gran estrépito contra la escalera de incendios de algún edificio cercano. La puerta del apartamento de al lado dio un portazo y se oyeron unas fuetes pisadas recorriendo rápidamente el pasillo. — Ése debe de ser el negro —murmuró el viejo Dudley—. El negro de los zapatos brillantes. Él estaba ya allí la semana en que el negro se instaló. Ese jueves estaba asomado a la puerta mirando un perro que corría por el pasillo, cuando ese negro entró en el apartamento de al lado. Llevaba puesto un traje de rayas gris y una corbata marrón. El cuello de su camisa estaba almidonado y muy blanco, lo que marcaba una línea bien definida en contraste con el negro de la piel de su cuello. Sus zapatos eran marrones y muy brillantes y hacían juego con su corbata y con su piel. El viejo Dudley se rascó la cabeza. No podía imaginar el tipo de persona que, viviendo en un edificio como ese, se pudiera permitir un lujo de tener criados. Se río entre dientes. ¡De cuanta utilidad le iba a ser un negro vestido de domingo! A lo mejor ese negro conocía el campo de los alrededores o al menos cómo se podía ir allí. Podrían ir a cazar. Podrían encontrar un arroyo en algún lugar cercano. Cerró la puerta y se dirigió a la

habitación de su hija. — ¡Oye! —gritó—. Los del apartamento de al lado tienen un negro. Debe de ser para que les limpie la casa. ¿Crees que trabajará aquí todos los días? Su hija estaba haciendo la cama y levantó la vista para mirarlo. — ¿De qué estás hablando? —preguntó. — Digo que los del apartamento de al lado tienen un criado, un negro, muy arreglado con un traje de domingo —dijo el viejo Dudley. Su hija se dirigió al otro lado de la cama. — Debes estar loco —dijo ella—. El apartamento de al lado está libre, y además nadie de por aquí se puede permitir el lujo de tener un criado. — Te digo que lo he visto —dijo riéndose disimuladamente—, yendo hacia la derecha, con una corbata, con una camisa con el cuello blanco y unos zapatos de puntera fina. — Si ha entrado allí, será que está viéndolo para ver si le gusta para él —murmuró su hija. Se dirigió al tocador y empezó a juguetear con algunas cosas. El viejo Dudley se rió. Cuando quería podía ser realmente divertida. — Bueno —dijo él—. Creo que iré a ver qué día tiene libre. A lo mejor lo convenzo de que le gusta pescar. Se dio una palmada en el bolsillo para hacer que sonaran las dos monedas de veinticinco centavos que tenía en él. Antes de que saliera al pasillo, ella se fue llorando detrás y tiró de él para adentro. — ¿Es que estás sordo? —gritó—. He hablado en serio. Si ha entrado ahí será para alquilarlo para él. No vayas allí a hacerle preguntas o decirle nada. No quiero ningún problema con los negros. — ¿Quieres decir que va a vivir en la puerta de al lado de la tuya? —murmuró el viejo Dudley. Ella se encogió de hombros. — Supongo que sí, Y tú ocúpate de tus asuntos —añadió—. No quiero que tengas ningún contacto con él. Así es como ella le habló, como si fuera un tonto. Pero entonces él la riñó .Le dijo lo que pensaba, y ella sabía lo que quería decir. — ¡Tú no has sido educada de esa manera!—dijo enfadado—. No has sido educada para vivir al lado de negros que piensen que son iguales que nosotros. ¡Y te crees que yo podría estar entreteniéndome con un negro de esa clase! Estás loca si piensas que yo quiero tener algo que ver con él. Tuvo que empezar a hablar más despacio porque la garganta le estaba molestando. Ella se puso muy derecha y dijo que vivían donde podía permitirse vivir y se conformaban. ¡A ella que no le sermoneara! Luego se fue muy digna, sin decir ni una palabra más. Así era ella. Intentando ser santa, con los hombros encorvados y el cuello levantado. Como si fuera tonta. Sabía que los yanquis dejaban entrar a los negros por la puerta principal de sus casas y dejaban que se sentaran en sus sofás, pero no sabía que su propia hija, que había sido educada adecuadamente, pudiera vivir en la puerta de al lado de donde vivían ellos, y además pensar que él no tenía el suficiente sentido común como para querer mezclarse con ellos. ¡Él!. Se levantó y cogió un periódico que había encima de otra silla. Quería que pareciera que estaba leyendo cuando su hija entrara de nuevo. Era inútil tenerla allí de pie mirándolo, pensando que tenía que inventar algo que él pudiera hacer. Miró por encima del periódico a la ventana del otro lado del callejón. El

geranio todavía no estaba allí. Nunca anteriormente lo habían sacado tan tarde. El primer día que lo vio, había estado sentado allí, mirando desde su ventana a la ventana de enfrente, y había mirado el reloj para ver cuánto tiempo quedaba para el desayuno. Cuando levantó la vista, estaba allí. Le sorprendió. A él no le gustaban las flores, pero el geranio no parecía una flor. Se parecía al chico enfermo de los Grisby de su pueblo y tenía el color de las cortinas que las ancianas tenían en el salón de la pensión, y el lazo de papel que tenía el geranio se parecía al que tenía en la espalda Lutish en el uniforme de los domingos. Lutish era muy aficionada a los fajines. La mayoría de los negros lo eran, pensó el viejo Dudley. La hija entró otra vez en la habitación. Él hizo como si estuviera leyendo el periódico. — ¿Me puedes hacer un favor? —preguntó, como si se acabara de inventar un favor que él le pudiera hacer. Esperaba que no quisiera que fuera de nuevo a la tienda abarrotes. La vez anterior se había perdido. Todos los condenados edificios parecían iguales. Él asintió con la cabeza. — Baja a la tercera planta y dile a la señora Schmit que te preste el patrón de camisa que usa para Jake. ¿Por qué no podía dejarlo sentado? No necesitaba para nada el patrón de la camisa. — De acuerdo —dijo—. ¿Qué número es? El número 10, igual que éste. Tres plantas más abajo justo debajo de nosotros. El viejo Dudley siempre temía que al salir al canódromo se abriera de pronto una puerta y uno de los hombres de los que solían asomarse a la ventana en camiseta interior le gruñera; “¿Qué está haciendo aquí?” La puerta del apartamento del negro estaba abierta y pudo ver a una mujer sentada en una silla junto a la ventana. —Negros yanquis —murmuró. La mujer llevaba puestas unas gafas sin montura y tenía un libro sobre la falda. Los negros creen que no están bien vestidos si no se ponen unas gafas, pensó el viejo Dudley. Se acordó de las de Lutish. Había ahorrado trece dólares para comprárselas. Fue al oculista y le dijo que le examinara los ojos y que le dijera que tan gordos debía comprarse los lentes. El oculista la hizo mirar dibujos de animales a través de un cristal, le acercó una luz a los ojos y miró dentro de su cabeza. Luego le dijo que no necesitaba anteojos. Estaba tan furiosa que quemó el pan de maíz tres días seguidos, pero de todas formas se compró unas gafas en la tienda. Sólo le costaron un dólar noventa y ocho y las llevaba puestas todos los domingos. “Los negros eran así”, pensó el viejo Dudley soltando una risita. Se dio cuenta de que había hecho ruido y se cubrió la boca con la mano. Alguien lo podía oír en alguno de los apartamentos. Bajó el primer tramo de escaleras. Cuando iba por el segundo, oyó pasos que subían. Miró por encima de la barandilla y vio que era una mujer, una mujer gorda con un delantal puesto. Desde arriba, se parecía a la señora Benson de su pueblo. Se preguntó si hablaría con él. Cuando estaban a cuatro escalones de distancia, él la miró, pero ella no lo estaba mirando. Cuando se cruzaron en las escaleras, el viejo bajo la vista por un momento y vio que ella lo estaba mirando a la cara. Pasó por delante de él y no le dijo ni una palabra. Sintió una opresión en el estómago. Bajó cuatro tramos de escaleras en lugar de tres. Luego volvió a subir uno y encontró el número 10. La señora Schmit dijo que sí, que esperara un momento y le daría su patrón. En lugar de salir ella, mandó a la puerta a uno de sus hijos para que se lo diera. El niño no le dio nada. El viejo Dudley empezó a subir a escaleras. Tuvo que hacerlo más despacio porque se cansaba. Parecía que todo lo cansaba. No era cuando tenía a Rabie, que le hacía los recados. Rabie era un negro ligero de pies. Podía entrar a hurtadillas, y coger el pollo más gordo sin que los animales hicieran ningún ruido. Y

también era rápido. Dudley siempre había sido muy lento de pies. Pasaba eso con las personas gordas. Se acordó de una vez que él y Rabie estaban cazando codornices cerca de Molton. Tenían un perro de caza que podía encontrar una bandada de codornices más rápidamente que ningún otro perro. Aunque no se le daba bien traerlas, podía encontrarlas siempre y luego se quedaba quieto como muerto mientras tú apuntabas a los pájaros. Esa vez el perro se quedó totalmente inmóvil. —Va a ser una bandada enorme —dijo Rabie—, lo presiento. El viejo Dudley levantó lentamente la escopeta mientras seguían caminando. Tenía que tener cuidado con las agujas de los pinos, que cubrían todo el suelo y lo hacía resbaladizo. Rabie se movía de un lado a otro, levantando los pies y posándolos de nuevo sobre las agujas con cuidado, de una manera inconsciente. El viejo Dudley miraba con un ojo hacia el frente y con el otro hacia el suelo. Si se encontraba una pendiente, podía resbalar peligrosamente hacia delante y, si había una elevación del terreno, podía caer para atrás. — ¿No sería mejor que esta vez me encargara yo de matar a lo pájaros, jefe? —sugirió Rabie—. Nunca ha tenido usted mucha estabilidad en los pies los lunes. Si se cae en una de esas pendientes, se le a va disparar la escopeta y va a espantar a todos los pájaros. Pero el viejo Dudley quería encontrar la bandada. Podía cazar fácilmente cuatro de ellos. — los cazaré —murmuró, Se acercó la escopeta al ojo y se inclinó hacia delante. Pero resbaló con algo y cayó de espaldas. La escopeta se le disparó y la bandada se dispersó por el aire. — Esos pájaros eran unas buenas piezas y los hemos dejado escapar —dijo Rabie suspirando. — Encontraremos otra bandada — dijo el viejo Dudley—. Ahora sácame de este maldito hoyo. Podría haber cazado cinco de esos pájaros si no se hubiera caído. Les podría haber disparado como a latas colocadas encima de una valla. Se llevó una mano a la oreja y la otra la extendió hacia delante. Podía haberlos alcanzado como a pichones de barro. ¡Bang! Un crujido de la escalera lo hizo caer, sujetando todavía con las manos la invisible escopeta. El negro empezó a subir escalones en dirección a sonde estaba él, con una divertida sonrisa que agrandaba su cuidado bigote. Al viejo Dudley se le quedó la boca abierta. El negro tenía los labios encogidos como intentando aguantar la risa. El viejo Dudley no se podía mover. Miraba la clara línea que había entre la piel del negro y el cuello de su camisa. — ¿Qué está cazando, viejo? —preguntó el negro, con una voz que sonaba como la risa de un negro y la burla de un hombre blanco. El viejo Dudley se sintió como un niño con una pistola de aire comprimido. Tenía la boca abierta y la lengua totalmente rígida en el centro. Sintió que no había nada por debajo de sus rodillas. Se le resbalaron los pies y bajó tres escalones deslizándose, para terminar sentado en el suelo. — Será mejor que tenga cuidado —dijo el negro—. Se puede hacer daño muy fácilmente en estos escalones. Extendió la mano para levantar al viejo Dudley. Era una mano larga y estrecha, con las uñas limpias y cortadas en forma cuadrada. Parecía como si se las hubiera limado. El viejo Dudley tenía las manos entre las rodillas. El negro lo agarró del brazo y tiró hacia arriba. — ¡Vaya! —dijo jadeando—. ¡Cuánto pesa! ¡Ayúdeme un poco! El viejo Dudley desdobló las rodillas y se tambaleó al levantarse. El negro lo tenía agarrado del brazo. — De todos modos voy para arriba —dijo—, así que le voy a ayudar.

El viejo Dudley miraba a su alrededor desesperadamente. Parecía que los escalones que tenían detrás se juntaban. Iba subiendo las escaleras con el negro. El negro lo esperaba en cada escalón. — ¡Así que usted caza? —dijo el negro—. Bueno, yo fui a cazar ciervos una vez. Creo que utilicé una Dodson 38 para cazar aquellos ciervos. ¿Qué usa usted? El viejo Dudley estaba mirando fijamente los brillantes zapatos marrones del negro. — Yo uso una escopeta —refunfuñó. —A mí me gusta más juguetear con la escopeta para cazar —dijo el negro—. Nunca me dio bien matar nada. Me da un poco de pena reducir el coto de caza. Sin embargo, si yo tuviera tiempo y dinero, coleccionaría escopetas. Esperaba en cada escalón a que el viejo Dudley lo subiera. Hablaba de escopetas y de marcas. Le llevaba puestos unos calcetines grises con puntitos negros. Acabaron de subir las escaleras. El negro recorrió el pasillo con él, agarrándolo del brazo. Probablemente parecía que tenía su brazo unido al del negro. Llegaron justo a la puerta del viejo Dudley y entonces el negro le preguntó: — ¿Vive usted aquí? El viejo Dudley moví la cabeza mirando hacia la puerta. No había mirando todavía al negro. No lo había mirado mientras subían las escaleras. — Bueno —dijo el negro—, éste es un sitio fenomenal, una vez que te acostumbras a él. Le dio una palmadita en la espalda y se metió en su apartamento. El viejo Dudley entró en el suyo. El dolor que tenía en la garganta se le había extendido ahora a toda la cara, llegándole también a los ojos. Caminó arrastrando los pies hasta una silla que había cerca de la ventana y se dejó caer pesadamente en ella. La garganta le iba a estallar. Le iba a estallar por culpa de un negro, de un maldito negro que le había dado una palmada en la espalda y lo había llamado “viejo”.A él, que sabía que esas cosas no debían pasar. A él, que era de un buen lugar. Un buen lugar. Un lugar donde esas cosas no podían pasar. Sus ojos empezaron a sentirse extraños en sus órbitas. Se estaban hinchando, y dentro de un momento no tendrían sitio para ellos. Estaba atrapado en este lugar sonde los negros podían llamar “viejo”. No estaría atrapado. No lo estaría. Giró la cabeza en el respaldo de la silla para estirar el cuello, que tenía demasiado tenso. Un hombre lo estaba mirando. Había un hombre en la ventana del otro lado del callejón mirándolo directamente. El hombre lo estaba viendo llorar. Allí era donde debía estar el geranio, y había un hombre en camiseta viéndolo llorar, esperando para ver cómo estallaba su garganta. El viejo Dudley miró al hombre. Allí debía estar el geranio. El geranio pertenecía a ese lugar, no ese hombre. — ¿Dónde está el geranio? —gritó con su garganta seca. — ¿Por qué llora? —preguntó el hombre—. Nunca había visto llorar de esa manera a un hombre. — ¿Dónde está el geranio? Debía estar ahí en lugar de usted —dijo el viejo Dudley con voz temblorosa. — Ésta es mi ventana —dijo el hombre—. Tengo derecho a estar aquí si quiero. — ¿Dónde está? —chilló el viejo Dudley. Sólo quedaba un pequeño espacio en su garganta. — Se cayó, si es que tanto le interesa —dijo el hombre. El viejo Dudley se levantó y miró hacia abajo. En el callejón, seis pisos más abajo. En el callejón, seis pisos abajo, pudo ver el tiesto de una maceta rota

desparramado sobre la suciedad y una cosa rosa sobre un lazo de papel verde. Se había caído desde un sexto piso. El viejo Dudley miró al hombre, que masticaba chicle y esperaba ver cómo le estallaba la garganta. — No lo tenía que haber puesto tan cerca del borde de la ventana —murmuró—. ¿Por qué no lo recoge? — ¿Por qué no lo recoge usted? —dijo el hombre. Lo haría. Bajaría y recogería el geranio. Lo pondría en su ventana y lo podría mirar durante todo el día siquiera. Se alejó de la ventana y salió de la habitación. Recorrió el pasillo muy despacio y llegó a las escaleras. Los escalones se separaban como una herida profunda en el suelo. Se abrían como un desfiladero, como una caverna, y bajaban y bajaban. Y él las había subido yendo un poco detrás del negro. Y el negro le había ayudado a levantarse y lo había llevado del brazo y había subido las escaleras con él. Le había dicho que había cazado ciervos y lo había llamado “viejo” y lo había visto sosteniendo una escopeta que no existía y sentado en las escaleras como un chiquillo. Llevaba unos zapatos marrones muy brillantes y había intentado aguantar la risa, aunque realmente todo lo que le había pasado era para reírse. Probablemente habría negros con calcetines de puntitos negros en cada escalón, tapándose la boca para no reírse. Los escalones se separaban más y más. No bajaría, porque no quería que los negros le dieran palmaditas en la espalda. Volvió a la habitación, se acercó a la ventana y miró hacia abajo, a donde estaba el geranio. El hombre estaba sentado donde debía haber estado el geranio. — No le he visto recogiendo el geranio—dijo. El viejo Dudley miró fijamente al hombre. — Le he visto antes —dijo el hombre—. Le he visto sentado en esa vieja silla todos los días, mirando por la ventana, mirando a mi apartamento. Lo que yo hago en mi apartamento es asunto mío, ¿entiende? No me gusta que la gente se ponga a mirar lo que hago. Estaba allí en el callejón, con las raíces descubiertas. — Yo le digo las cosas a la gente sólo una vez— dijo el hombre; y se retiró de la ventana.

 

 

 

Horacio Quiroga(1879-1937)

La gallina degollada

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!

—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste?…

—¡Nada!

—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

  1. D. Salinger
    (1919 – 2010)
    Un día perfecto para el pez plátano

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé… el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá… ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
—¿Y…?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está…
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno… sí… más o menos…—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for…
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que…
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño…
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.